Santidad de Jerusalén

El concepto santidad se define especialmente como aquello que está conectado al Creador.
La sorpresa podría resultar en que no hay ni un átomo en todo el universo que no esté en esa situación.
Por tanto, no existe contrario a la santidad.
Lo que sí se encuentran son grados de cercanía con ella.

Cuando Dios a los judíos les manda que “sean santos porque Yo soy Santo(Vaikrá/Levítico 19:2)

y les encarga una cantidad de mandamientos para conseguirlo, nos está enseñando que el humano (el judío en este precepto en particular) está capacitado para avanzar en la escala de la santidad.
Pero por ello mismo, es también su conducta la que lo puede alejar; pero NUNCA desconectar o desligar del Padre.

Como acabas de leer, es una cuestión de conducta, NO de “fe”, ni de pensamientos, ni buenas intenciones, tampoco de opiniones o de repetir alabanzas y ensalmos. Todo se reduce a aquello que hacemos.
No es una idea personal, ni siquiera es una enseñanza de Sabios o visión de profetas; sino que es lo que el Creador ha afirmado y no lo cambia:

«No pondréis a prueba al Eterno vuestro Elohim, como lo hicisteis en Masá [‘Tentación’].
Guardad cuidadosamente los mandamientos del Eterno vuestro Elohim y sus testimonios y leyes que te ha mandado.
Harás lo recto y bueno ante los ojos del Eterno, a fin de que te vaya bien, y entres y tomes posesión de la buena tierra que el Eterno juró a tus padres;»
(Devarim/Deuteronomio 6:16-18)

De aquí nuestro insistente mensaje de construir SHALOM por medio de la conducta de bondad y justicia, en pensamientos, palabras y actos.
Porque es la síntesis de los mandamientos, el norte que no debemos de perder de vista si queremos avanzar por la senda correcta y alcanzar el máximo potencial que nos corresponde.
Tenemos los mandamientos para guardar, esto es, para cumplir.
El Creador selló un pacto con la humanidad entera, que impone el cumplimiento de siete mandamientos para cada persona.
Pero con los judío cerró otro pacto, uno mucho más pesado y complejo, que requiere muchísimo más esfuerzo, dedicación y compromiso. NO ES un beneficio, sino una tarea ardua, dificultosa pero que alguien tiene que realizar. Ese alguien es el pueblo judío.
Este pacto no tiene solamente siete mandamientos, sino que suma 613 para toda la nación judía, a los que se le añaden multitud de normas, reglamentos, detalles para poder realizar correctamente cada mandamientos que compete a cada persona judía.

Cuando nos dedicamos a vivir de acuerdo a los mandamientos que nos tocan, como noájidas (gentiles que conocen y cumplen los Siete mandamientos), o como judíos, entonces estamos escalando en nuestra propia escalera de santidad, aproximándonos al Eterno.

Estamos sincronizando nuestro Yo Vivido con el Yo Esencial.
Es decir, espiritualizando nuestra vida; llenando de trascendencia y eternidad a lo mundano.
NO ES a través de ritos, volteretas religiosas, bobadas de fe, ni palabrería hueca pero que arrebata la pasión; sino que es con el cumplimiento de los mandamientos que nos toca vivir.

Tenlo bien en claro, esto no es lo que dice un rabino, un grupo de sabios o de payasos disfrazados; ES lo que el Creador ha decretado.
Te guste o no, te parezca que es así o no.

La escala de santidad también se manifiesta en los lugares del universo, porque «¡Toda la tierra está llena de su gloria!» (Ieshaiá/Isaías 6:3).

Por más que el hombre llene con su podredumbre idolátrica los espacios, la santidad no desaparece.
Las costras del pecado perjudican nuestra conciencia de la santidad presente, pero en modo alguno la invalidan o eliminan.
Hasta en La Meca o en El Vaticano se puede encontrar santidad, muy apabullada por las manifestaciones ajenas al Creador, escondida y olvidada, pero también allí hay santidad.

Pero la cúspide de santidad en lo espacial se encuentra en Jerusalén, dentro de ella en el Monte del Templo, y cuando el Templo estaba en pie se encontraba en el sitio del Santo de los Santos.
Aunque las idolatrías hayan usurpado porciones del territorio sagrado, la santidad no ha desaparecido.
Allí está, dormitando para cuando se haga la limpieza necesaria, se descorran los velos y la luminosidad espiritual atraiga nuevamente mentes y corazones a este lugar.

Los encargados de señorear sobre Jerusalén son los judíos, porque es la tierra que el Creador escogió para que repose Su Nombre allí y que sean Sus emisarios (los judíos) los encargados de preservar la memoria y realizar la enseñanza a todas las gentes de los asuntos espirituales.

Cuando la politiquería producto del EGO deje de dominar sobre las mentes y corazones, será el momento en que además de embajadas de otros Estados se muden a Jerusalén.
Será la época en que la humanidad busque a su Creador y encuentre Sus enseñanzas dictadas desde Jerusalén, por medio de los maestros de la Verdad.

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