Dos hermanos vivÃan en sus campos, una al lado del otro, separando sus propiedades habÃa un arroyo.
Un dÃa, vaya uno a saber el motivo, surgió una diferencia entre ellos.
La controversia fue ganando terreno hasta que finalmente culminó en una amarga ruptura.
Brotó el odio gratuito, ya ni podÃan verse una al otro.
Cuando por casualidad se cruzaban en algún lugar, se evitaban.
A menudo ocurrÃa que estaban ambos, cada uno en su orilla del rÃo, y entonces se miraban con desprecio, hasta con asco.
Un dÃa llegó a casa del mayor un carpintero itinerante preguntando si precisaba algún trabajo.
El hermano primero meneó con la cabeza, porque no se le ocurrÃa ninguna tarea para el artesano, hasta que se le encendió la lamparita y le dijo: Quiero que levantes una valla, bien alta, para que no tenga que ver al mugroso de mi hermano, ese que vive del otro lado del arroyo.
Quedó el carpintero en sus cosas mientras el dueño de casa se iba al campo a hacer las suyas.
Al atardecer regresó a casa y cual fue su sorpresa al descubrir que el carpintero no habÃa levantado una empalizada sino tendido un lindo puente de madera que unÃa ambas riveras.
¡Ah, como se enojó el hermano! Se puso a buscar al carpintero para cantarle las cuarenta y demandarle que quite esa obra molesta y cumpla con la tarea para la que fue contratado.
Estaba en eso cuando de repente ve llegar a su hermano cruzando el recién estrenado puente.
Ya estaba a punto de estallar en insultos y otras agresiones cuando ve que su hermano menea la mano amablemente y reconoce un pastel en la otra mano. Entonces escucha el grito de su hermano: Hermano querido, hermano querido. Te vengo a pedir perdón, sé que estuve muy mal y comprendo que te hayas enojado conmigo. Y ahora agradezco infinitamente tu bondad, tu generosidad, porque hiciste que construyeran este puente y me diste la chance para que me dé cuenta de mi error y te pida sinceramente perdón. ¡Cómo te extrañé y cuánto aprecio tu maravilloso gesto!
Entonces le abraza con fuerza.
En ese momento el hermano de este lado del arroyo ya no quiso derribar el puente, ya no entendÃa porqué habÃa estado alejado tanto tiempo de su hermano.
Finalmente compartÃan el pastel horneado con la vieja receta familiar, que tan bien le quedaba a su hermano menor.
A todo esto, ¿qué fue del carpintero?
Apareció dos dÃas después para disculparse, él también, porque habÃa confundido el pedido y en lugar de levantar el muro habÃa tendido el puente. Ya mismo subsanarÃa el error, sin costo para el dueño.
Por supuesto que no hubo necesidad y sin saber el motivo recibió una paga duplicada.
Una gran moraleja para corregir el mal que sigue haciendo que Tishá beAv siga siendo un dÃa de duelo, ayuno y lamentos.