La santidad que da sentido Divino a tu vida

Recordarás que en la parashá pasada, Kedoshim, y en particular en el video que publicamos de la misma, mencionamos que Dios requiere a todos los integrantes del pueblo judío que seamos santos, y explicamos qué significa y cómo se lograba.
Si quieres recordarlo, este es el link al video: https://youtu.be/UNoPSK5ZEl8

Ahora bien, si la Torá pide que todos los judíos y judías seamos santos, y es algo factible para todos alcanzarlo, entonces: ¿cómo se explica el siguiente pasaje en la parashá de esta semana?

«lo tendrás [al cohén, sacerdote, descendiente de Aarón hermano de Moshé] por santo, pues él ofrece el pan de tu Elohim.
Será santo para ti, porque santo soy Yo, el Eterno, que os santifico

(Vaikrá/Levítico 21:8)

Surge de inmediato la pregunta: ¿podemos ser cualquiera de nosotros santos por medio de nuestras acciones, como nos dijo la Torá la semana pasada; o solamente lo es un descendiente de Aarón que sirve en el Templo?

¿Qué opinas tú?
Sería interesante conocer tu opinión al respecto, que puedes compartir con nosotros enviando tu comentario de la forma habitual aquí.

Mientras esperamos leer tu respuesta, yo te brindo una que proviene de la Tradición, y en especial si atendemos a Maimónides: la santidad no es una cualidad esencial de lugares, tiempos y personas, sino que son circunstanciales, pues dependen de las reglas que la Torá ha dictado acerca de ellos y su relación con esas reglas.
Paso a explicarlo brevemente.

Una persona no es más santa que otra por alguna gracia sobrenatural, ni por herencia, ni por su parentela o por alguna característica espiritual especial.
Lo único que marca la diferencia es su compromiso con las cosas del Eterno, por tanto su conducta.
Entonces, cada uno de nosotros podemos ser extremadamente santos, porque con nuestras acciones estamos manifestando la presencia de Dios. Cuando comemos, hablamos, negociamos, estudiamos, paseamos, dormimos, disfrutamos, sufrimos, etc. En cada oportunidad tenemos la chance de actuar de manera santa, o no hacerlo. Por tanto, no hay un algo mágico que nos puede distinguir del prójimo en cuanto a nuestro nivel de santidad, tan solo lo qué hacemos y cómo lo hacemos. Si estamos conscientes de la conexión que tenemos con Dios y por tanto llevamos una vida que lo pone en evidencia, estamos siendo portadores de santidad. Si buscamos la chispa Divina en cada persona, objeto, lugar y tiempo de la creación, para conectarnos con esa chispa, entonces estamos viviendo de manera santa.
No es cuestión de “ser religioso”, ni de cuántos rituales prescritos realizamos al pie de la letra, ni cuantas anécdotas de sabios e ilustres memorizamos para contar, ni de nuestra ascendencia, ni de otra cosa más que nuestra conducta en cada momento.

Lo cual nos lleva a los cohanim, los cuales por su servicio en el Templo debían prepararse con esmero, entrenarse, estar enfocados y realizar las tareas que Dios les encomendó.
Todas esas labores tenían un solo propósito: evidenciar a los presentes la Divina Presencia, llenarlos de claridad mental y emocional para que pudieran tomar conciencia de la chispa Divina en el interior de su ser así como en el resto de la creación.
Es decir, no eran meros rituales religiosos lo que se realizaban en el Templo, porque de ser así, de poco servían. Sino que eran mecanismos para liberar a los participantes de sus estrecheces mentales y opresiones emocionales, las cuales bloquean la conciencia de nuestra conexión espiritual.

Entonces, los cohanim eran todos descendientes de Aarón, hermano de Moshé, pero no era esta consanguinidad su virtud por la cual eran santos, sino su total dedicación a las cosas del Eterno la cual era servía como instrumento para el fortalecimiento de sus hermanos que no eran cohanim en la conciencia espiritual.

Algo similar pasa con lugares, objetos y tiempos que son “más santos” que otros.
Te lo ejemplificaré rápidamente.
Shabat es el día santo, porque es cuando tenemos la oportunidad de desconectarnos de las cosas triviales y dedicarnos con más detenimiento a descubrir al Eterno en nuestra vida, en cada rincón de la creación. Porque se supone que no estamos corriendo detrás de la paga diaria para cubrir necesidades, ni estamos dedicados a edificar la materialidad, sino que nos abstenemos por un rato de creernos dueños del mundo y atendemos al que en verdad es el Dueño del universo.
El lugar del Templo en Ierushalaim es santo, no porque sus piedras sean mágicas o sea un lugar histórico de relevancia exclusiva para la nación judía, sino porque los hechos históricos que allí se dieron siguen conectándonos con el Creador de manera especial.
El rollo de Torá es santo, no porque su cuero sea de origen sobrenatural, sino porque ha sido elaborado siguiendo determinados criterios, es usado y tratado de determinada forma, que por ello nos habilita a conectarnos con el Señor de una forma que no se logra leyendo el mismo texto pero en un libro impreso, por ejemplo.

En resumen, volviendo a la santidad de la persona simple de Israel y al de la casa sacerdotal: no quiere decir que uno sea más santo que el otro, sino que su llave de santidad abre una puerta diferente que la tuya, las que finalmente abren paso al mismo “sitio”, que es a Dios. La santidad del cohén se enlaza con la de su servicio en el Templo, por tanto, con las cosas que directamente evocan al Creador. Por tu parte, tu propia santidad como judío/judía no de la estirpe sacerdotal, remite al Creador que está embozado en todo lo que Él ha creado.
¿Cuál es más santo?
¡Pues, no uno sobre el otro!
Pero, ante la valoración popular pudiera resultar que el de estirpe sacerdotal lo es porque cumple un rol social mucho más encumbrado, al menos en los tiempos que el Templo estaba edificado y en funciones.

En síntesis, encontremos la senda para vivir a diario nuestra santidad, para que Dios esté presente en nuestras vidas. No con ello esperando magia alguna, ni milagros repentinos, sino para fortalecernos en confianza, en esperanza, en ética, en responsabilidad, en un trabajo que eleve a toda la creación.
Así pues, la santidad da sentido Divino a tu vida.

Antes de terminar, mi agradecimiento por su colaboración económica a Mario de Texas, a Cristóbal, Elena y Matilde. Dios les siga bendiciendo y dándoles chances de seguir haciendo bondades, con salud y prosperidad.
Tú también puedes ser parte de esta obra sagrada y con recompensas eternas para ti y tu familia: https://serjudio.com/apoyo

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