Lej Lejá 5778–unas cuentas enseñanzas para la vida cotidiana

El Eterno se comunica proféticamente con Abram, tras muchos años que el hombre había estado en soledad a causa de su tarea de demostrar la falacia de las creencias de su entorno, firme en su convicción de que la idolatría no tiene realidad. Anteriormente había analizado el asunto con los monoteístas que le precedieron, entre ellos sus antepasados Noaj, Shem y Eber, igualmente sentía que sus ideas y obra se basaban en creencias y relatos pero no en la certeza. Es decir, no tenía algo que demostrara con seguridad lo que él creía. Pero ahora, por primera vez, sabía sin dudas que Dios existe y está en relación directa con Su creación. Por tanto, no había necesidad de recurrir a la fe o a malabarismos mentales que lo justificaran. Por éste y otros motivos aquel fue un día trascendental para la historia de la humanidad.
De una u otra forma, Abram venía activando desde mucho antes en la difusión de las Siete Leyes Universales (las que nosotros llamamos actualmente Mandamientos Noájicos), por lo que había un grupo de personas que le consideraban su guía espiritual y consejero para la vida.

Ahora, Abram se enfrentaba a un nuevo reto, el dado directamente por Dios, que era dejar TODO lo conocido, salir de su extensa zona de confort, para dirigirse a una misteriosa tierra, la que por derecho le pertenecía a él y a sus descendientes. Allí debería reiniciar la historia de la humanidad, en una nueva etapa que superaría la comenzada por Noaj.
Emprende así el retorno a la tierra propiedad de su ancestro Eber, la que conocemos como Eretz Israel, que en aquella época había sido usurpada por el extranjero canaanita. Lo hace por un deseo personal, así como por un compromiso familiar, pero también porque es la Divina Voluntad, ya que esa tierra guarda una permanente y especial relación con los hebreos, de todas las épocas. Si bien tenía que ir solo y sin bienes materiales, finalmente parte acompañado por su esposa Sarai, el sobrino Lot, los empleados que cuidaban el ganado, éste, otras posesiones y la gente que había abandonado la religión para seguirle a él y sus enseñanzas espirituales.
Así llegan a la Tierra de Promisión y se comienzan a relacionar con los habitantes en ella. Abram va y viene a lo largo y ancho de la tierra, sin asentarse en ningún sitio, conociendo y haciéndose conocer, manifestando con su conducta que no es un extranjero, ni un extraño que viene a usurpar el lugar, sino el propietario que está tomando posesión de su patrimonio. Aunque esto efectivamente se concretaría en el futuro.
Luego de un tiempo, el hambre azota la región por lo que deben emigrar temporalmente a Egipto, donde pasan algunas circunstancias angustiosas, que finalmente sortean para regresar a Israel con mayores riquezas y renombre.
El estar lleno de fortuna no siempre es sinónimo de bienestar, en este caso provocó que se pelearan sus empleados y los de su sobrino Lot, porque cada uno tenía tantos animales que encontraban dificultades para compartir el terreno de pastoreo. Esto llevó a que Lot se separe y se vaya a vivir a la zona más fértil que corresponde a lo que hoy conocemos como el mar Muerto.
Más adelante se relata una gran guerra entre varios reyes, en la cual Lot es capturado y llevado como cautivo, lo que motiva que Abram entre a la guerra y establezca pronto la paz.
Vemos que no era solamente un filósofo, un líder espiritual, un comerciante, un empresario, un visionario, un sionista, sino también alguien con la capacidad de enfrentar a los enemigos para luchar por establecer la paz y el orden.
El tiempo pasa y Abram no tiene hijos con Sarai, por lo cual a instancias de ella tiene un hijo con su sirvienta egipcia, Agar. Así es como nace Ishmael, el que es considerado habitualmente como el patriarca de los árabes.
A los 99 años de edad, Dios le cambia el nombre a Abram, pasándose a llamar ahora Abraham. En tanto Sarai será conocida como Sará.
Ahí mismo Dios establece un pacto con Abraham el cual queda signado por la circuncisión del prepucio, lo cual hará en ese momento Abraham y los varones de su casa. Además queda como mandato que al octavo día después del nacimiento de un varón de la casa de Israel se realice este acto que manifiesta el pacto perpetuo entre Dios e Israel.

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