El patriarca Iaakov regresa a la tierra de sus padres sabiendo, que deberá enfrentar a su rencoroso hermano Esav. Prepara estrategia: reza, envía regalos con palabras conciliadoras y se dispone para la lucha física. La noche anterior, tiene un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con un misterioso mensajero, que algunos suponen un ángel, otros un espía de su hermano, otros una metáfora, otros una pelea interna con su propia conciencia y así otras interpretaciones. De ese combate, sale herido en un muslo, lo cual lo deja rengo, pero también surge bendecido y renombrado como Israel, el que persevera, el que no se rinde. Luego ocurre el reencuentro con su hermano, que sucede sin violencia, mantiene su integridad y sigue adelante construyendo su familia y su destino.
A veces la vida nos golpea justo antes del amanecer. Nos toca pelear con miedos, recuerdos, inseguridades. Pero la parashá nos enseña que no hay identidad más fuerte que la que se forja en la lucha honesta. Si uno se mantiene firme, con emuná inteligente, con estrategia y con humildad, incluso las heridas se vuelven coronas, y los reencuentros que temíamos se convierten en pasos hacia una vida más plena y más nuestra.
Por ello, mantén esta frase motivadora como una brújula ante tus ojos y pasos:
“No huyas del desafío: abrázalo, porque ahí es donde nace tu nombre (identidad) verdadero.”
Profundizaremos en este tema en el próximo artículo, con ayuda de Dios: https://wp.me/p3cYr1-5Dv
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