Parashat Miketz, 5783

La parashá Miketz («Al cabo de») es la décima sidrá de la Torá; la encontramos en el sefer Bereshit (41:1 a 44:17). Suele caer en Januca, por lo cual, su haftará, que estaría en I Melajim 3:15: – 4:21, es  reemplazada por un texto acorde a la festividad.

Nos encontramos que Iosef sigue en la cárcel.
Ya han pasado dos años desde que fuera liberado el ministro de bebidas de Paró, y Iosef no ha tenido ninguna noticia de él.
Grave desilusión por confiar en la generosidad y agradecimiento de ese hombre, corrompido por el EGO, advenedizo del poder.
Hasta que ocurre un hecho singular, pues Faraón es perturbado por dos sueños una misma noche. Queda conmocionado, porque siente que tienen mensajes para revelar alguna importante cuestión, pero, no halla interpretación que le satisfaga.
No logra conciliar la paz consigo mismo, por lo cual recurre al ministro de bebidas, a ver si algún elixir lo hace olvidar. Entonces, el malagradecido ministro recuerda al joven hebreo que en la cárcel le interpretó certeramente su sueño, así como el del otro ministro, aquel que fuera ejecutado, tal y como había revelado Iosef al descubrir el significado de sus sueños.

Faraón ordena que Iosef sea traído de inmediato, sin dilación. Es así, que Iosef fue liberado de la prisión, le mejoraron su aspecto y luego lo llevaron ante el faraón. Éste le narra lo que recuerda de su sueño, aquellas famosas imágenes de las siete vacas rellenas comidas por las vacas famélicas, y las siete espigas regordetas que desaparecen dentro de siete espigas magras.
Iosef se presenta como intermediario entre la narración de faraón y la interpretación que provendrá de Dios. Es decir, Iosef con mucha sapiencia, humildad y quizás picardía, no se erige como el que sabe y revela, sino como el que recibe de parte de un poder supremo aquello que tiene que ser dicho.

La visión es que habrá siete años de abundancia intensa, pero inmediatamente vendrán siete años de hambre y miseria extrema, hasta límites nunca llegados antes.
Tanto será el padecimiento, que ni siquiera quedará el recuerdo del derroche que ostentaban hasta el día anterior.
Su trabajo estaba terminado, pues fue convocado para dar interpretación a lo soñado, sin embargo, se aventura a brindar un consejo al rey, le recomienda que consiga un hombre entendido y de confianza para que administre sabiamente la inmensa riqueza que vendrá, para que pueda resguardar y gestionar para los años de angustia.

Tal vez sea que la historia es muy conocida; quizás hemos progresado mucho conociendo acerca de sueños y economía; por ahí, la humanidad ha avanzado en muchos aspectos; pero realmente, no parece muy difícil de interpretar esos sueños, por alguien que sepa hacerlo, ni tan genial y extraordinario el consejo del hebreo.
Sin embargo, el faraón queda extasiado por el análisis de Iosef, así como por su orientación y reconoce que una fuerza superior lo está guiando, quizás porque es sabio y prudente.
Razona, el rey, que no hay persona más idónea para ocupar el importante cargo que le describió el hebreo, por lo cual lo designa como virrey, a partir de ese momento, no habrá en todo Egipto nadie superior a Iosef, excepto el rey.
Faraón quiere dar una nueva vida a su nueva adquisición, entre los regalos que le da está el nombre «Tzafnat Paneaj», que en hebreo significa el que descifra misterios, aunque quizás estuviera dicho en idioma egipcio, o tal vez sonaba algo parecido a Tazfnat Paneaj con un sentido completamente diferente. Como el caso del nombre Moshé, que lo da la hija del faraón, mucho tiempo más tarde, pero ese ya, es otro tema.
Iosef se casa con Asnat, la hija de Potifera, que según el midrash era su sobrina, la hija de Dina, que había sido raptada de chica.
De este matrimonio nacen dos hijos famosos, Menashe y Efraim.
La obra de Iosef es bendecida, administra con eficiencia y capacidad la riqueza, va preparando todo para la llegada de la hambruna. Gracias a su labor, Egipto pasa por uno de sus mejores momentos económicos, se consolida como imperio principal, mientras la región entera se debatirá en años de grave crisis junto al hambre más cruel.

En la tierra prometida también padecen la escasez, por ello, Iaacov manda a sus diez hijos (excepto el menor, Biniamín) a comprar provisiones a Egipto. Iosef ya había previsto también esta posibilidad, por lo cual, había alertado a los guarda frontera para que trajera a los hebreos, ni bien llegaran a Egipto.
Los hermanos son transportados ante Iosef, y se inclinan humildemente ante quienes ellos creen que es un importante dignatario egipcio.
Ellos no lo reconocen, ha pasado mucho tiempo, Iosef ha cambiado, además de que en todo parece ser un noble egipcio, y seguramente, ni en sus peores pesadillas hubieran imaginado que estaría su hermano en ese lugar privilegiado. Ellos lo daban por desaparecido, probablemente muerto.
Sin embargo, su hermano Iosef los reconoció y tiene un plan para ajustar las cuentas con ellos.

El texto de la Torá narra que los trata con dureza desmesurada, llegando a acusarlos espías que quieren destruir el reino y su riqueza. Luego de un cruel interrogatorio, ellos declaran una y otra vez que son hermanos hijos de un mismo hombre, personas inocentes, habiendo quedado en el hogar otro hermano, el menor.
Entonces les es vendida la comida que habían venido a buscar, pero, queda uno de los hermanos como rehén encarcelado en Egipto. Allí quedará Shimón, hasta que traigan a su hermano menor, Biniamín, como prueba de que son quienes dicen ser, y no malvados espías.
A pesar de su actitud frente a ellos, Iosef ordena a sus criados que repongan el dinero pagado por los alimentos en las bolsas de comida que sus hermanos llevaban para el hogar. En el camino, cuando se aprestaban a alimentar a sus animales, descubren el dinero y temen por la reacción de ese despótico jefe egipcio, quizás todavía los acuse de haber robado la comida y el dinero.
Pero, logran llegar a casa y compartir con la familia la provisión. Allí, cuentan al padre todo lo sucedido. Iaacov sufre, recuerda a su hijo querido Iosef desaparecido, ahora uno encarcelado en otro país, y ¿todavía quieren llevarse a Biniamín?

Pasa el tiempo, el alimento importado escasea y el hambre castigaba. Ante la inminente debacle, con todo su pesar y teniendo el juramento de su hijo de Yehudá de proteger a Biniamín, lo deja marchar junto a sus hermanos, camino a Egipto.
Esta vez el importante egipcio los recibe cordialmente, a diferencia de la primera ocasión, se interesa por su padre, y el bienestar del hogar. Cuando reconoce a su hermano menor, no puede contener su emoción y debe ir «a llorar al cuartito».
Igualmente, sigue sin revelar su identidad, la farsa continuará hasta que logre sus cometidos, que no nos aclara la Torá cuáles son,

Agasaja a sus hermanos y demuestra su predilección por Biniamín. Ahora, a diferencia de décadas atrás, los hermanos no se sienten ofendidos por el favoritismo de uno, por el contrario, demuestran camaradería y solidaridad. Por una parte, esto emociona favorablemente a Iosef, porque se da cuenta de que los hermanos han cambiado, que ahora la relación entre ellos hubiera sido distinta. Pero en el fondo, se siente dolido, porque quizás el problema lo tenían con él, algo de Iosef les molestaba, cosa que no sucedía con Biniamín. Es por ello que hará una nueva trampa, para revelar los caracteres de los hermanos.

Iosef instruye a sus criados para que les dé sacos llenos de comida, y que introduzca el dinero dentro de ellas, como la vez anterior.
Les dice, además, que pongan su copa personal dentro del saco de Biniamín. Obviamente, todo con mucha discreción, sin que nadie se alerte.
La trampa está tendida, cuando los policías detienen a los hermanos kilómetros más adelante, descubren la copa, por lo que Biniamín es acusado como vil ladrón, como castigo deberá permanecer como esclavo de Iosef, mientras los otros hermanos pueden retornar al hogar en paz.

Así finaliza la parashá, dejándonos con la tensión de cómo seguirá esta apasionante historia.

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