Esta semana corresponde leer la parashá llamada Bemidbar ("En el desierto") que es la primera del cuarto tomo de la Torá, el sefer Bemidbar, conocido en español como "Números".
En nuestra parashá aprendemos que el Mishkán -Santuario- ocupaba una posición central en la vida de los israelitas que viajaban rumbo a la Tierra Prometida, ya que fue ordenado por Dios que: "Los Hijos de Israel acamparán a cierta distancia alrededor del tabernáculo de reunión." (Bemidbar / Números 2:2).
De acuerdo con esto, el Santuario era el eje fÃsico del campamento de los israelitas, ya que todas las tribus acampaban en orden y perfectamente a su alrededor.
Pero también su centralidad se expresaba en el plano espiritual, puesto que en torno del Santuario (asà como a Aquel que representa) giraba la vida comunitaria e individual de la nación de Israel.
Tal era su importancia, que el Eterno ordenó que en él exclusivamente se efectuaran cuatro actos, que a escala humana Lo representan:
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Miembros de la tribu de Levà eran los encargados de transportar el Santuario con todos sus elementos y utensilios, para reflejar a Dios que es el que sostiene el Universo.
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Los leviim y cohanim fueron elegidos para custodiar el Santuario, como representación de que Él es el fiel guardián de la Creación.
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La Menorá debÃa alumbrar de continuo, para simbolizar que Él constantemente provee de energÃa a todo lo que existe.
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Ofrendas y sacrificios debÃan ser elevados exclusivamente en el Santuario, para recordar que es Dios el que da alimento y sustento a todas las criaturas.
Nuestros antepasados contemplaban todas estas actividades, y percibÃan y reconocÃan la Shejiná -Presencia divina- en torno al Santuario, y de este modo no podÃan dejar de apreciar que realmente la Shejiná moraba dentro de cada uno de ellos, motivándolos a superarse y mejorarse. Ya que, si Dios está ahà pidiendo que crezcas, y dándote las herramientas para lograrlo, ¿cómo no lo harás?
Asà pues, el Templo servÃa para algo más que ir y rezar o sacrificar y luego volver a la casa como si nada hubiera pasado; el Templo fundamentalmente estaba destinado para que cada uno tuviera la ocasión para conectarse con lo mejor de sà mismo, y entonces poder entrar en directa comunicación con Dios.
Y entonces, crecer en verdad.
Hoy en dÃa, cuando no tenemos el mérito de contar con un Beit HaMikdash -Templo-, y por tanto todos estos actos ya no se realizan, ¿qué nos puede ayudar a descubrir nuestra mejor esencia que nos conecta con la Eternidad?
La respuesta la brindó hace tres milenios el rey poeta, cuando sentenció sabiamente:
"Abre mis ojos, y miraré las maravillas de Tu Torá.
Peregrino soy yo en la tierra; no escondas de MÃ Tus mandamientos."
(Tehilim / Salmos 119:18-19)
Lo que significa que, habiendo o no un Santuario, siempre en el estudio de la Torá y en el cumplimiento de las mitzvot -los preceptos-, el judÃo encuentra la conexión que su espÃritu está buscando.
¡Les deseo Shabbat Shalom!
Moré Yehuda Ribco
Relato
La conducta de esos dos pequeños hermanos era terrible.
Cada travesura conocida, o por inventar, ellos la probaban.
Al principio quizás podÃa parecer algo simpático, pero con el paso del tiempo, y con la creciente gravedad de los actos, los padres comenzaron a preocuparse seriamente.
Trataron de enmendar a sus hijitos, pero no encontraban la vuelta exacta.
Y cada dÃa que pasaba, peores cosas ellos veÃan hacer a sus hijos, o recibÃan las quejas de otros padres, vecinos, maestros, en fin, de todos los que se cruzaban con los pequeños angelitos.
Desesperados y realmente preocupados por el futuro de los niños, hablaron con el clérigo, para pedirle consejo y apoyo.
El anciano clérigo dijo que intentarÃa hacer algo, pero que no prometÃa resultados.
Mandó llamar al menor de los hermanos, para conversar en privado.
El niño entró a la oficina del clérigo, quien estaba sentado detrás de su enorme oficina, rodado de una impresionante y pesada biblioteca.
Con toda la gravedad de la situación, y con intensa mirada, el clérigo mantuvo un prolongado y cargado silencio, solamente quebrado por los suspiros fastidiosos del niño, quien se revolvÃa en su asiento (vaya uno a saber ideando qué fechorÃa).
De pronto, y sin anuncios, el clérigo extiende su dedo Ãndice y severamente le pregunta al niño: ‘¿Dónde está Dios?’.
El niño salta de su asiento, busca debajo de la alfombra, detrás de un jarrón, en sus bolsillos, y con mirada burlona nada responde.
Pasados unos instantes, en voz más alta, el clérigo con sequedad vuelve a preguntar: ‘¿Dónde está Dios?’.
Ahora el niño mira para el techo, como si el clérigo no le hubiera dirigido la palabra.
Con mayor firmeza y casi gritando el clérigo repite: ‘¿Dónde está Dios?‘.
El niño brinca de la silla, corre hasta la puerta del despacho y huye sin que lo puedan detener.
A unas cuadras de allà se encuentra con su hermano mayor, quien le interroga acerca de lo sucedido.
Y el más joven responde: ‘No sé nada, lo único que te puedo decir es que estamos en grandes lÃos’.
Y el mayor: ‘¿Grandes lÃos? ¿Qué creen que hicimos ahora?’
Y el chico: ‘No sé, pero, desapareció Dios y ellos piensan que fuimos nosotros los culpables’.
Preguntas para meditar y profundizar:
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¿Cómo se puede relacionar este relato con el comentario que brindamos de la parashá?
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¿Que habrá querido decir el clérigo del cuento con su insistente pregunta?
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¿Cómo lo relacionamos con la narración jasÃdica consignada por Martin Buber: Cuando Rabbà Itzjac Meir de Guer era pequeño, fue llevado por su madre a conocer al gran Maguid de Koznitz. Uno que estaba allÃ, conociendo la fama de genio del niño, quiso hacerse el gracioso y le dijo: "Itzjac Meir, te daré una moneda si me dices dónde vive Dios". A lo que el niño brillante replicó: "Yo te daré a ti dos monedas si puedes decirme dónde NO está Dios."
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¿Qué está queriendo decir David: "¡Bienaventurado el hombre que tiene en Ti sus fuerzas, y en cuyo corazón están Tus caminos!" (Tehilim / Salmos 84:6)?
Shalom: