Categoría: CTerapia

  • Más allá de la oscuridad y el caos

    Tus miedos, tus críticos, tus héroes, tus villanos: Son ficciones que percibes como realidad. Elige ver a través de ellos. Elige dejarlos ir«, es lo que enseña Isaac Lidsky.
    Este señor tiene una rica experiencia y cultura, ha sabido enfrentarse a terribles enemigos y circunstancias, y ésta es una de sus enseñanzas.

    ¿Qué te parece a ti el mensaje?
    ¿Cómo lo relacionas con Pésaj?
    ¿Te animas a ver más allá de las imaginaciones que te limitan?



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  • Demanda de libertad

    La libertad nunca es dada voluntariamente por el opresor; debe ser exigido por los oprimidos.”, decía el Dr. Martin Luther King Jr.

    Luego de pensarlo un momento, podemos darnos cuenta de que si el amo decide liberar al esclavo, pero éste no ha sintonizado con esa realidad, no ha puesto su alma, mente y corazón en orden para vivir de manera autónoma y soberana, difícilmente el amo deje de marcar su tiempo.
    Aunque el amo quiera librarse del siervo, no podrá hacerlo si éste no encuentra su forma de pedir y construir su liberación.

    ¿Cómo lo podemos aplicar a nuestra vida?
    ¿Cómo lo advertimos en nuestro entorno?
    ¿Estamos realmente disfrutando de la libertad que nos construimos o seguimos siendo adoctrinados y dependientes de poderes que nos someten?

    ¡Moadim lesimjá!



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  • Ganar la batalla cultural

    El mensaje de Pesaj sigue siendo tan poderoso como siempre. La libertad no se gana en el campo de batalla sino en el salón de clases y en el hogar. Enseñad a vuestros hijos la historia de la libertad si queréis que nunca la pierdan”, enseña con sapiencia milenaria rabí Shimon Raichik​.

    ¿Qué nos puede esclavizar?
    ¿Estamos siendo esclavos en este momento?
    ¿Qué hemos aprendido realmente de Pésaj para mejorar nuestra vida y la de nuestro entorno?

    ¡Moadim lesimjá!



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  • Pensamiento de bendición

    Piense en términos de oportunidades y soluciones en lugar de problemas, decepción y fracaso”, enseña con gran actitud Lorii Myers.

    ¿No es una forma excelente para encaminarnos por el bienestar, aunque no se nos dé el éxito material?
    ¿A ti qué te parece?
    ¿Cómo lo relacionas con Pésaj?

    ¡Moadim lesimjá!



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  • El orden de la libertad

    Es notorio que en Pesaj celebramos nuestro primer paso en el mundo de los libres como nación recién nacida.
    Salimos de Egipto para encaminarnos en un largo proceso de liberación.
    Es por ello que uno de los nombres tradicionales de Pesaj es «zman jerutenu», el tiempo de nuestra libertad. Notemos que no es «jag», fiesta, sino «zman», tiempo; porque no es un hecho que se terminó en determinado tiempo y espacio, no es algo que conmemoramos del pasado; sino que es una vivencia para cada generación.

    Resulta también llamativo, y muchos a lo largo de los siglos lo preguntan, que la noche que rememoramos y revivimos la Salida de Egipto haya recibido el nombre de «leil haseder», la noche del orden.
    Esto se debe a que fueron sumándose costumbres y prácticas que daban color y sentido a la vivencia que se requiere de nosotros para esta noche tan particular. Esas prácticas fueron adquiriendo un orden para su realización, porque se fue armando una estructura muy particular que corrige nuestros pensamientos, imaginación y emociones. Es decir, el proceso del desarrollo de los rituales de Pesaj se fueron entramando de tal manera que reportan una sustancia mucho más profunda y trascendente que lo que está a simple vista.

    Es por ello que resultó necesario organizar el séder, el orden, para que cada paso en esta educación integral fuera dado en el momento correspondiente.

    Por otra parte, muchos dicen que cómo puede ser posible que en la fiesta de la libertad haya un orden a seguir, reglas para cumplir.
    Evidentemente, son personas que no han alcanzado la comprensión espiritual que nos alumbra al respecto, y nos dice que sin reglas no hay libertad posible.
    Es decir, es libre aquel que sigue las reglas, las hace conscientes, las estudia y confirma en su validez.

    Aquellos que fantasean con que la libertad es actuar impunemente y de acuerdo al ardor del momento, o al interés egoísta, sin dudas, lejos están de saber lo que es la libertad y de experimentarla.



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  • Un artista del hambre – Franz Kafka

    En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.

    Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.

    A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.

    Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.

    Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente.

    El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.

    Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.

    Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello.

    Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.

    Vivió así muchos años, cortado por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.

    Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?

    El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.

    Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.

    Mas allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.

    Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.

    Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.

    Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.

    Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.

    -¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?

    -Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.

    -Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.

    -Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.

    -Y la admiramos -repúsole el inspector.

    -Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.

    -Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?

    -Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.

    -Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿ por qué no puedes evitarlo?

    -Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.

    Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.

    -¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.

    • Franz Kafka (1883-1924) fue un escritor judío nacido en Praga que escribió en alemán. Su obra está considerada una de las más influyentes de la literatura universal​​


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  • No es, pero sí es

    “No es lo que tienes, o quién eres, o dónde estás, o lo que estás haciendo lo que te hace feliz o infeliz. Es lo que narras acerca de ello.”
    – Dale Carnegie

    Esta frase, con más o menos flores y confituras, la venimos encontrando en el judaísmo desde hace milenios.
    Ahora, es tiempo de que la entiendas y lleves a tu corazón.



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  • Casa de Esclavitud

    La Revelación del Todopoderoso en Sinaí ante todo el pueblo judío comenzó con las palabras:

    «אָֽנֹכִי֙ ה אֱלֹהֶ֔יךָ אֲשֶׁ֧ר הֽוֹצֵאתִ֛יךָ מֵאֶ֥רֶץ מִצְרַ֖יִם מִבֵּ֣ית עֲבָדִ֑ים :
    ‘[Haz de saber que] Yo soy, el Eterno tu Elohim que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud:»
    (Shemot/Éxodo 20:2)

    Con esta carta de presentación el Señor comenzó a dar a conocer de manera pública y evidente Su Voluntad sintetizada en el Decálogo (los mal llamados “diez mandamientos”, que en realidad son 14 dentro del cuerpo de 613 preceptos que Él dio ha Israel).
    No fue a un profeta ni a un grupo de acólitos, sino a toda la nación hija de los patriarcas. Cincuenta días después de haber salido de Egipto, ahí se encontraban, con un solo corazón, como una sola alma, siendo receptores sagrados del más sagrado de los mensajes jamás revelado a nación alguna.

    Infinidad de enseñanzas podemos destacar de estas palabras, pero por estar preparando el próximo Pesaj (el cual festejamos ya hace 3331 años), quiero detenerme solamente en el final del párrafo, donde dice: “de la casa de esclavitud”.
    Porque lo lógico hubiera sido que dijera “de la esclavitud”, sin embargo el Creador en su plenipotenciaria Sabiduría escogió recordarles a los israelitas que fueron rescatados de la CASA de la esclavitud.
    El Padre Celestial seguramente que algo importante está queriendo que aprendamos con la adición de esa palabrita: casa.

    Una de las moralejas es la siguiente.
    Toda esclavitud es terrible.
    Las hay internas y externas, unas que nos impone nuestra mente y otras que nos cuelgan los matones de turno.
    Están las que se llaman adicciones, y está aquella que son los hábitos negativos.
    Está la que somos sirvientes de los amos, y esa en la cual una emoción nos impide desarrollar nuestros potenciales.
    Diversas y variadas caras tiene la esclavitud, pero es peor aquella que uno la vive como si estuviera cómodamente instalado en casa.
    Que es cuando ya no le duele la falta de libertad.
    Cuando justifica las angustias.
    Cuando encuentra que está bien merecido el castigo injusto.
    Cuando disculpa al violento y condena al inocente.
    Cuando trabaja para engrosar la muerte y resta a la vida.
    Cuando uno se acomoda a la limitación espantosa de la celdita mental, a la que llama hogar.
    Es la torturante esclavitud que se hace corriente y cotidiana, que ya no nos llama la atención ni nos altera. Pasa desapercibida, se ha normalizado.
    La sentimos nuestro hogar, a esas barracas propiedad del amo que nos ha robado de nuestra patria y sometido a la tortura de vivir una vida ajena en una tierra que no es nuestra.
    Es cuando clamamos por salvación al EGO (el cual también es TODOS los dioses de las religiones), y creemos que solamente él nos redimirá de nuestros malestares.

    Viene Dios, el Uno y Único, el Verdadero y nos dice que Él no nos sacó solamente de un territorio físico en particular, ni quitó de encima nuestro los garrotes castigadores de los capataces egipcios.
    Nos está anunciando que Él es quien nos libera de sentirnos a gusto siendo esclavos.
    En Su Revelación quiere nuestra rebelión.
    Que despertemos, tomemos conciencia, suframos con nuestra impotencia para no permitir más al EGO ser nuestro amo. Que tomemos las riendas de nuestra vida, que seamos responsables y comprometidos para cambiar rumbo a la Tierra de Promisión. Que dejemos las excusas y no permitamos más que el torturador nos someta. Él quiere que dejemos de llamar “casa” a lo que nos está matando en vida, a lo que nos esclaviza.
    Es Dios el que con Sus mandamientos, 613 para el pueblo judío y 7 para cada una de las personas gentiles, nos ordena salir de nuestro Egipto personal, a romper las cadenas de las obsesiones, a no tolerar más el hostigamiento de nuestras emociones distorsionadas.

    No podemos permitir un minuto más la creencia de que la esclavitud que padecemos es merecida y esta celdita mental es el mejor lugar del mundo.
    No debemos dar más poder al EGO, con sus falsedades, su religión, sus creencias de impotencia.
    Tenemos que confiar en el Eterno y dar ese paso necesario para fortalecernos.
    Llenarnos de pensamientos positivos, decir palabras positivas, elogiar positivamente, agradecer, rezar, combinarnos para crecer junto al prójimo.
    Ponernos en campaña para conquistar la Tierra de Promisión, porque lo podemos conseguir y sin esperar milagros.
    Y recuerda que está en tu mente tu enemigo más fuerte, en el Sistema de Creencias que te inhabilita, que te postra, que te esclaviza y te hace sentir que toda la tragedia que padeces la tienes merecida y es insoslayable.

    Que este Pesaj no nos agarre en la casa de la esclavitud.



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  • Hoy puedes salir de Egipto y recibir bendiciones

    «… וּבְנֵ֣י יִשְׂרָאֵ֔ל הַיֹּֽצְאִ֖ים מֵאֶ֥רֶץ מִצְרָֽיִם :
    Y los Hijos de Israel que salen de la tierra de Egipto:»
    (Bemidbar/Números 26:4)

    Éste párrafo está escrito en presente pero fue dicho mucho después de que los israelitas dejaran la tierra de Egipto.
    Es como si nos estuviera diciendo que la salida de Egipto es un evento siempre presente, que se está dando en este mismo momento.
    Parece raro, ¿no?

    Realmente lo es, si pensamos solamente en aquella epopeya del éxodo del pueblo judío ocurrida hace hoy 3334 años. Porque ese fue el acontecimiento histórico concreto que conocemos como salida de Egipto.

    Pero debemos darnos cuenta de que la salida de Egipto es también un hecho constante que le puede estar sucediendo a grupos e individuos en cualquier parte del mundo. Porque no se queda el concepto en el evento histórico sino que está haciendo referencia también al momento en que uno despierta la conciencia a la dimensión espiritual y decide llevar su vida por el camino del código ético/espiritual. Es decir, que su conducta construya un renovado Yo Vivido más acorde al Yo Esencial. Que la persona esté sintonizando sus pensamientos, palabras y acciones con los mandamientos del Eterno que le corresponden realizar. Entonces, uno va quebrando las cadenas del EGO, destruyendo creencias ofensivas que le esclavizan desde el Sistema de Creencias. Uno va caminando fuera de su Egipto para encaminarse hacia la Tierra de Promisión.

    Es entonces un hecho real, que podría estar pasándote justamente ahora aquello de “los israelitas que SALEN ahora de tierra de esclavitud”.
    Depende de tus decisiones, de la voluntad que pongas en soltar las cuerdas que te atan a los malos amos y te pongas en sintonía con el Creador.

    No es cuestión de religión ni de cambiar adicciones y torpezas por nuevas obsesiones y enfermedades.
    Sino de desarrollar tu potencialidad, alcanzar los niveles que están a tu alcance y que mientras estés sirviendo al EGO no puedes alcanzar.

    La próxima fiesta de Pesaj es algo más que algunos mandamientos para los judíos, unas costumbres, alimentos, limpieza del hogar y cosas por el estilo. Sin dudas eso está y es importante. Pero lo que tenemos para aprender es que el Padre está esperando que nos atrevamos a hacer cada día nuestro Pesaj, de salir de la celdita mental para construir SHALOM en la Tierra de Promisión.

    Si quieres mi experta ayuda para lograrlo, te recomiendo que tomes sesiones de coaching espiritual, puedes tener más información aquí: https://belev.me/coaching-espiritual/
    A través de estas sesiones podrás encontrar claridad para tu vida, caminos para atraer la bendición, maneras para disfrutar de todo lo bueno que Dios tiene preparado para ti.
    También tendrás ocasión de aprender a rezar, para lograr una comunicación estupenda que abre los canales del bienestar, la respuesta milagrosa del Todopoderoso.
    Creo que es una oportunidad para tener a tu alcance herramientas para salir de tu Egipto, de aquellas cosas que te están angustiando, que te tienen sometido, de las esclavitudes que te atormentan.
    Tienes a un paso de ti la salida de la celdita mental, quitarle fuerza al EGO, conseguir felicidad.
    ¿Quieres todo eso?
    ¿Acaso te pesan tanto unos pocos pesos que tengas que invertir para conseguirlo?
    ¿Será que el EGO se está burlando de ti y por eso te estás negando a recibir la bendición AHORA?
    Queda en ti.

    También te recuerdo que puedes ser un gran socio en la tarea sagrada de ayudar a más y más a ser libres, conscientes y leales al Padre Celestial. Porque puedes darnos tu apoyo económico: https://serjudio.com/apoyo
    Cuando actúas como socio, el Socio te recompensa.
    ¿Permitirás que el EGO se siga aprovechando de ti?
    ¿Estarás todavía en tu cárcel sufriendo y dando excusas para estar mal?
    ¡Tienes ahora la libertad a tu alcance!
    Pero claro… seguirás esclavo negando a Dios…
    O puedes aferrarte al manto de rezos del maestro que sigue a Dios para tener la Divina Presencia llenándote de bendiciones, tal como los hebreos se aferraron al manto de Moshé/Moisés y fueron obrados milagros en sus vidas.

    Te pido si puedes comentar, compartir, y permitir que estos mensajes sagrados cobren vida en tu vida para que vivas aquí y en la eternidad con mayor sentido y deleite sagrado.

    Gracias, hasta luego.
    Que puedas abrir tu corazón, tu mente y tu mano para que opere la magia celestial en tu vida y la de la gente que amas.
    Amén.



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  • Salir para ser

    La persona judía que reza diariamente dice al menos dos veces por día esta frase:

    «אֲנִ֞י ה אֱלֹֽהֵיכֶ֗ם אֲשֶׁ֨ר הוֹצֵ֤אתִי אֶתְכֶם֙ מֵאֶ֣רֶץ מִצְרַ֔יִם לִֽהְי֥וֹת לָכֶ֖ם לֵֽאלֹהִ֑ים אֲנִ֖י ה אֱלֹֽהֵיכֶֽם : פ
    Yo soy el Eterno, vuestro Elohim, que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Elohim. Yo soy el Eterno, vuestro Elohim.’»
    (Bemidbar/Números 15:41)

    Ahora, a pocos días del comienzo del Pesaj 3331 es muy relevante tenerla presente y tomar en consideración la enseñanza que estamos compartiendo.

    Como ves no basta con que Dios te saque de la tierra de esclavitud, porque esa es solamente una parte de la tarea redentora.
    Es la que podríamos llamar como “libertad física”, puesto que implica romper unas cadenas, quebrar unos lazos, dar unos breves pasos fuera de la celdita mental que te mantiene dominado y adoctrinado por el EGO.
    Sin dudas que la libertad física es básica y querible, pero queda escasa cuando falta la libertad psicológica.

    Tal es el precioso complemento que le da sentido, que hace que la libertad física tenga valor.
    Porque el cuerpo puede queda desatado de las sogas paralizantes, pero se mantiene prisionero si uno se mantiene petrificado por miedos, creencias, falsas atribuciones, prejuicios, engaños, debilidad emocional, pereza mental, preconceptos, errores no reparados en la evaluación y otros barrotes más que forman la celdita mental.

    Es decir, el cuerpo puede estar todo lo liberado y listo para andar que se quiera, pero si las otras dimensiones del hombre trastabillan (emocional, social y mental) entonces el cuerpo queda como un títere sin control, como un robot programado por unas escasas rutinas monótonas y de muerte.
    El cuerpo desatado pero la persona encadenada, ya que su personalidad sigue dominada por las trampas del EGO.

    Es por esto que el versículo añade las fundamentales palabras de “para ser vuestro Dios”.
    Somos sacados de la tierra de esclavitud para permitir que el Yo Esencial (NESHAMÁ, espíritu, chispa divina) tome las riendas de nuestro vida.
    Para que el Yo Vivido se reconstruya y entre en sincronía con la NESHAMÁ.
    Para que sea el código ético/espiritual las normas que dirijan nuestra conducta. Esto es, los Siete Mandamientos para cada gentil, así como los mandamientos que le correspondan a cada judío del conjunto de 613 que Dios le ha dado al pueblo judío en la Torá.

    Dios no nos precisa en lo más mínimo.
    No le damos nada si lo tenemos como nuestro Dios.
    No se beneficie ni un poquito con el cumplimiento de los mandamientos por parte de las personas.
    Le aventaja en cero si rezamos, bailoteamos o repetimos como lelos frases religiosas.
    No quiere sacrificios ni parloteos de chismas de templos.
    El es, lo queramos o no, lo sepamos o no, lo creamos o no.

    Pero por ser Sus criaturas, Sus hijos, Él quiere lo mejor para cada uno de nosotros.
    Cada uno de acuerdo a lo que le corresponde realizar.
    Entonces nos ha dado el sentido máximo de la existencia en este mundo.
    Que es tenerlo presente a través de cumplir con Sus mandamientos, aquellos que nos corresponden según Su Voluntad.

    De esta forma, cada vez que nos da la chance de salir de la tierra de servidumbre también nos afirma que nos pongamos en campaña para que la libertad sea plena, y no solamente una escapatoria parcial, la libertad física muy linda pero incompleta.

    En otros versículos se menciona que la redención se completa con el asentamiento en la Tierra de Promisión, pero esta variación la podremos estudiar otro día.
    Por ahora, queda establecida esta enseñanza, que espero te sea de mucho provecho y bendición.
    Te recuerdo que no está de más agradecer y es muy beneficioso para ti que nos apoyes con tu donación económica. La cual puedes hacer llegar por alguno de los medios indicados aquí: http://serjudio.com/apoyo

    Ahora, antes de despedirnos por el día de hoy, te dejo planteada una duda, que estaría genial que la pensaras y luego la respondieras aquí debajo, como comentario:
    si tan importante es tenerlo a Él como Dios, porque eso da un sentido trascendente a nuestra vida, entonces: ¿por qué no nos habla a diario, nos hace manifiesta Su existencia sin dudas?

    Y una pregunta extra: ¿Qué pasa si nos quedamos solamente con la libertad física?

  • Aprende a hablar respetuosamente de ti

    No es infrecuente encontrar gente que tiene un discurso agresivo hacia sí misma.
    Es terrible las cosas que se dicen, cómo lo hacen.
    Parecieran estar hablando de enemigos mortales, pero es de ellos que hablan.

    A veces no son tan directamente violentos, pero dejan deslizar ideas espantosas, sin misericordia, sin equilibrio.
    Más que faltándose el respeto, pareciera como si estuvieran buscando hacerse daño.

    ¿Qué les motivará para esta conducta tan tortuosa?

    Están los que no tienen ni tonos, ni gestos, ni discursos cargados con ese odio y virulencia, pero que desde el chiste o la amable conversación no dejan de faltarse el respeto.
    Por ejemplo, burlándose sin piedad de algún defecto, o de circunstancias penosas que atravesaron (o están sucediendo), y no lo hacen como alternativa humorística para sobreponerse y crecer en fortaleza. Sino que están actuando lisa y llanamente como cavando un pozo para caer en él y desaparecer, o lastimarse.

    Hay otros más que se faltan el respeto por la manera en que tratan a otros, por cómo se dirigen hacia los demás, por la falsa imagen que se hacen de ellos y de los otros.
    Puede que estas personas se hagan pasar por más encumbrados de lo que son, con mayores habilidades y recursos, pero en el fondo se sienten impotentes, nulificados, desgraciados.
    Por ello atacan a los demás, como si al desmerecer al otro en algo aumentaran su valor y perdieran ese sentimiento de minusvalía que los corroe por dentro.

    Están también los que agreden a con la que los demás los identifican, o se sienten avergonzados por estar en relación con ellos, o les encuentran defectos cuando debieran estar compartiendo amablemente y sin juzgar.
    Como el chico que le parece humillante que lo vean con su novia –porque es gorda y chueca-, o la chica que no quiere presentar a su novio –porque es feo y pobre-en su casa.
    Esa manera de tratar a la gente de su entorno cercano, con los que son identificados, es otra muestra de falta de respeto, obviamente que a ellos, pero también a sí mismos.

    El hecho cierto es que en toda ocasión debemos expresarnos de tal modo que seamos respetuosos hacia los otros, pero también hacia nosotros mismos.
    Que nuestros pensamientos no incursionen en la autoagresión y mucho menos la llevemos a la práctica; porque es una espiral de torturas que no es fácil de parar luego que se ha puesto en marcha.

    Hemos de poner en marcha otro tipo de pensamiento, palabra y acción.
    Que se base en la construcción de SHALOM, es decir, el producto de la bondad y la justicia.
    De esa manera estaremos en armonía interna y externa, y cuando los vientos rudos golpeen la ventana, tendremos fuerzas para responder con solvencia y soltura.



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  • Tres señales de lo Alto

    Las tres señales que da el Eterno a Moshé para presentarse ante Faraón son:

    • el bastón que se convierte en serpiente y vuelve a ser vara al ser recogido,

    • la mano que enferma de “lepra” y luego vuelva a su estado previo,

    • el agua que derramada se transforma en sangre.

    Por supuesto que los sabios de todas las épocas han compartido enseñanzas respecto a la elección de estos tres portentos por parte del Creador.
    Grandes enseñanzas se obtienen de ellas.
    Pero no nos dedicaremos a esto ahora, sino a hacer una simple pregunta que tratemos de responder para alcanzar instrucción, para poner en práctica.

    Si lo que se pretendía era demostrar el poder sobrenatural del Creador,
    si lo que se buscaba era dejar en claro que el Señor de señores era quien enviaba a Moshé,
    si se quería que faraón y sus secuaces bajaran el pescuezo y se sometieran al Rey de reyes,
    si todo esto era una estrategia para lograr la liberación de los judíos, la humillación de faraón, doblegar al imperio egipcio, manifestar públicamente el hecho inigualable de Dios rescatando a SU pueblo:
    ¿no hubiera sido mejor tener a mano actos más portentosos, realmente inigualables, pero especialmente que demostrarán positivamente el poder y Presencia de Dios?
    Porque estos actos podían ser copiados por los brujos e ilusionistas.
    Porque trucos de magia se conocían y eran comunes en Egipto.
    Porque ninguno de estos tres en realidad consiguió asentar ninguna verdad ni acumular adhesiones al Eterno.
    Y especialmente, porque estos tres eran hechos negativos, no edificaban, no añadían, no multiplicaban, no restauraban (en principio). Más bien eran bastante destructivos.

    ¿Un bastón hecho serpiente o cocodrilo?
    ¡Un espanto!
    ¿No era mejor idea transformarlo en un árbol que diera frutos instantáneamente?
    ¿O que al ser tocado curara de enfermedades?
    ¿O quien se sentara sobre él pudiera teletransportarte por el espacio/tiempo?
    Pero… ¡no!
    Un truco fácilmente copiable por los ilusionistas y mercachifles de poca monta egipcios.
    ¡Hasta los niños en el jardín de infantes aprendían eso!

    ¿Una mano “leprosa” al sacarla de debajo del sobaco?
    ¡Un horror!
    ¿No era más provechoso que al pasar la mano sobre cualquier parte del cuerpo, ésta fuera restaurada de daños y enfermedades? (Algo como Reiki pero verdadero, no la fantochada que es comprada actualmente).
    O que lo puesto bajo de la axila se transformara en oro.
    ¡O qué se yo!
    Para pedir magia al Todopoderoso, todo es pasible de ser pedido.
    Pero no. Al Omnisciente se le ocurre que enfermar una mano con esa espantosa dolencia era una preciosa demostración de Su infinito poder.

    ¿Agua que al ser lanzada troca en sangre?
    ¡Pesadillesco!
    Que la sangre se quede paseando por los conductos que le son naturales, esa es la idea… ¿no?
    ¡Qué necesidad de hacer una película Gore antes de que el género fuera creado milenios más adelante!
    Hubiera sido lindo que la arena del desierto arrojada al suelo se convirtiera en agua. ¡Eso sí!
    O que al trasvasar de una jarra a la otra se convirtiera en vino (como los cabalistas prácticos pueden hacer, y como algunos payasos de circo antiguo hacían trucos para convencer al público de que realmente realizaban esta transformación).

    Ahora la enseñanza.
    Los israelitas habían caído bajo en su estadía en Egipto.
    Estaban en el grado más lejano posible de la santidad.
    Se encontraban a un pasito de perderse para no retornar.
    Estaban viviendo como la serpiente, símbolo del mal, ejemplo de traición.
    Parecían como la mano “leprosa”, echada a perder, viva pero en estado de pudrición.
    Podían ser confundidos con la sangre derramada, como evidencia de vida arrancada, de muerte presente, de falta de la vitalidad que es el agua.
    Todo esto era cierto, porque así se encontraban aquellos israelitas a causa de la esclavitud, de la asimilación a la cultura egipcia, del predominio del EGO por sobre la NESHAMÁ.

    Sin embargo, Dios estaba declarando que para Él ellos seguían siendo Su pueblo.
    Que desde lo más profundo del lado oscuro serían rescatados.
    Que lo que tenía apariencia de muerte cobraría nueva vitalidad, se llenaría de energía, crecería y alcanzaría el esplendor.
    El Eterno quería que esto fuera evidente para todos, ajenos y propios.
    Que nadie se atreviera a dudar en el rescate que Él estaba haciendo para el pueblo judío.
    Cuando las esperanzas estaban perdidas, las promesas seguían incumplidas, la libertad ni siquiera era soñada… incluso en la más horrible de las pesadillas, Dios salvaría a Su pueblo.

    Por eso la serpiente dejó paso nuevamente a la vara (originada en Edén, obra del mismísimo Dios).
    La mano quedó restaurada y en mejor estado.
    Esto como señal inapelable de que la intervención del Creador quitaría el oprobio de los egipcios de Israel. Él manifestaría Su eternidad en el pueblo judío. Lo imposible ocurriría para bienestar y bendición.

    Pero de la sangre no escuchamos que retornara a ser agua.
    Por lo que debemos suponer que siguió siendo sangre mezclada con el polvo de la tierra.
    Quizás como señal de que la muerte seguiría existiendo en el mundo material, de que los milagros ocurren, pero no significa un quebranto de las leyes naturales que el Creador dictó. Sino tan solo una variación de las mismas, un impasse planificado desde el origen, una coincidencia necesaria e inesperada; pero nunca la ruptura del orden por sobre el caos.

    Sí, son muchas y buenas las enseñanzas cuando nos atrevemos a romper las cadenas de la celdita mental, cuando nos animamos a caminar de la mano de los Aprendices de Sabios (talmidei jajamim) para pensar realmente y no solamente repetir lemas y creencias que siempre adoran al EGO.

    En la práctica esto que estamos aprendiendo ahora es relevante porque…



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