La Parashá Beshalaj es un relato lleno de drama, milagros y enseñanzas profundas que marcan un momento crucial en la historia del pueblo de Israel. Comienza con el pueblo recién liberado de Egipto, guiado por Dios a través del desierto. Sin embargo, el Faraón, arrepentido de haberlos dejado ir, decide perseguirlos con su ejército. Los israelitas se encuentran atrapados: frente a ellos está el Mar Rojo, y detrás, los carros de guerra egipcios. En ese momento de desesperación, el pueblo clama a Moshé, quien les responde con una de las frases más poderosas de la Torá: «Al tira’u, hitatzvu ur’u et ieshuat Hashem» – «No teman, manténganse firmes y vean la salvación de Dios» (Shemot 14:13).
Entonces, Dios le ordena a Moshé que extienda su mano sobre el mar. Las aguas se dividen, aunque no inmediatamente, lo que da a complejas reacciones de parte de los presentes.
Luego, los israelitas cruzan en tierra seca, mientras los egipcios, al intentar seguirlos, son tragados por las aguas que vuelven a su cauce. Este milagro no solo es una salvación física, sino también una manifestación clara de la presencia divina en la historia. El pueblo, al presenciar este evento, alcanza un nivel de emuná profundo, como dice la Torá: «Vaia’aminu baHashem uveMoshe avdo» – «Y creyeron en Dios y en Moshé, Su siervo» (Shemot 14:31).
Luego de este milagro, el pueblo entona el Shirat HaYam, el Cántico del Mar, una expresión poética y espiritual que celebra la grandeza de Dios y Su poder sobre la naturaleza y los enemigos de Israel. Este cántico es único en su estructura y se escribe en la Torá en un formato especial, simbolizando la fortaleza y la estabilidad que provienen de la emuná (erróneamente traducida y entendida como fe en cosas absurdas).
La Parashá también nos relata cómo el pueblo enfrenta la falta de agua y comida en el desierto. Dios provee agua amarga que se vuelve dulce y envía el maná, el pan celestial que los sustenta durante su travesía. Estos eventos son lecciones sobre la dependencia del ser humano de la provisión divina y la importancia de confiar en Dios, incluso en situaciones de escasez.
Finalmente, la Parashá concluye con la batalla contra Amalek, un enemigo que ataca a Israel de manera cobarde. Esta lucha simboliza la batalla eterna entre el bien y el mal, y nos enseña que, para vencer, debemos elevar nuestras manos en oración y fortalecer nuestra conexión con Dios, sin dejar de hacer tu parte práctica, esa que te corresponde a ti y no puedes ni debes esperar que otro te la haga.
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La Parashá Beshalaj es una de las secciones más dramáticas y emocionantes de la Torá. En ella, el pueblo de Israel, recién liberado de Egipto, se encuentra frente al Mar Rojo, atrapado entre las aguas y el ejército egipcio que los persigue. En un momento de desesperación, el pueblo clama a Moshé, quien, siguiendo las instrucciones de Hashem, extiende su mano sobre el mar. Entonces, a su debido tiempo y con los factores adecuados, ocurre el milagro: las aguas se dividen, y los israelitas cruzan en tierra seca, mientras los egipcios, un rato más tarde, son tragados por el mar al intentar seguirlos.
La parashá Bo (Shemot 10:1–13:16) marca el desenlace de la opresión egipcia con las últimas tres plagas: langostas, oscuridad y la muerte de los primogénitos. Es aquí donde el faraón, finalmente doblegado, permite la salida del pueblo de Israel.
La parashá Vaerá (Shemot 6:2–9:35) nos sitúa en el clímax de la esclavitud israelita en Egipto, donde Dios revela Su compromiso con el pueblo de Israel utilizando las “cuatro expresiones de redención”: “los sacaré”, “los liberaré”, “los redimiré” y “los tomaré como Mi pueblo”. Estas palabras no solo anuncian el fin de la opresión, sino que establecen una conexión eterna entre Dios e Israel.
Shalom, amigos.
Queridos amigos,
La parashá Shemot nos introduce en una nueva era de la historia del pueblo de Israel. Hemos pasado de ser una familia que desciende a Egipto en busca de sustento, a ser una nación oprimida, esclavizada bajo el yugo de un faraón que «no conocía a Yosef». Este nuevo gobernante teme el crecimiento de los hebreos y establece medidas crueles para controlar su expansión: trabajo forzado, opresión y, finalmente, un decreto genocida para arrojar a los recién nacidos varones al río Nilo.