Parashat Miketz 5766

Paciencia y perdón

Esta semana, como siempre, encontramos un océano de enseñanzas prácticas para encauzar nuestra vida a la Luz de la Torá.
Pero me gustaría limitarme solamente a dos:

  1. Aprender a esperar antes de juzgar (un hecho en concreto, que es lo único admisible de ser juzgado).

  2. Aprender a decir (auténticamente): «Me equivoqué y quisiera repararlo».

Expliquemos brevemente estas dos enseñanzas.
Cuando actuamos con moderación,
porque estamos siendo pacientes y además porque reconocemos que todos somos pasibles de error pero también de mérito,
nos prevenimos de evaluar incorrectamente a las personas y situaciones.
De esta manera no asignamos etiquetas que son incorrectas a los eventos y personas, y por tanto nos prevenimos de actuar movidos por nuestros prejuicios.
Cuando marcamos a alguien dentro de determinado estereotipo, terminamos relacionándonos con ese estereotipo y no realmente con la persona.
Pero si tenemos la grandeza de espíritu para no encajonar a las personas en los estrechos marcos de nuestro intelecto, sino que les damos la chance de desplegar su ser,
entonces estaremos más próximos a relacionarnos auténticamente con el otro.

Recordemos un hecho fundamental: todos deseamos ser amados. Todos.
Algunos se desesperan (inconscientemente) tanto por recibir amor, que terminan espantando a quienes están en su entorno.
Otros tienen tanto miedo a no ser dignos de ser amados, que espantan oficiosamente a los que quisieran amarlos.
Si aprendemos a moderarnos, aprendemos a amar un poquito más al prójimo, pues no nos dejaremos embaucar por esas caretas que espantan, sino que trataremos de avizorar la verdadera cara que se cubre detrás de ellas.
Por eso, con efectiva sabiduría en el Pirkei Avot (1:6) se nos insta a: «Hazte de un Rav, adquiere un compañero de estudio y trata de juzgar a toda persona meritoriamente«.
Traduzcamos este pensamiento:
ten alguien que te enseñe lo que es correcto y lo que no lo es, uno que preserve la línea de Tradición nacida en Sinaí y mantenida de generación en generación;
ten alguien con quien puedas dialogar para hallar el camino a la verdad juntos (en acuerdo o en desacuerdo);
si tiene ambas precondiciones, entonces estarás habilitado para juzgar las acciones de las personas con mesura y podrás hallar una chispa de bien incluso en la más oscura caverna anímica.

¿Dónde tenemos ejemplo de esto en la parashá?
Prestemos atención:

«Y dijo Israel: -¿Por qué me habéis hecho tanto mal, declarándole a aquel hombre que teníais otro hermano?»
(Bereshit / Génesis 43:6)

«Aquel hombre» es Iosef en su papel de mandatario egipcio implacable que acusó a los hermanos de ser conspiradores, y por tanto los maltrató, tomó a uno como rehén y ordenó que viniera el hermano menor para que pudieran recibir nuevamente alimentos y la libertad del apresado.
Iaacov juzgó la situación para mal, ¿cómo podría hacerlo de otra manera?
Un hijo quedó encarcelado en el esclavista Egipto, el otro hijo -su Benjamín amado- debía ser llevado a la boca del lobo… ¿cómo no habría de juzgar su situación como mala?
Pero,
si hubiera tenido un poco mas de paciencia y un poco más de confianza en el Eterno,
hubiera descubierto que detrás de esta aparente pérdida de uno o dos hijos,
en verdad se escondía el reencuentro con el largamente extrañado Iosef,
además de la supervivencia de toda la familia.
Por eso es amonestado, en palabras del Eterno de acuerdo al Midrash (Bereshit Rabá 91:10), ya que Iaacov se dejó impresionar por lo que superficialmente era oscuro pero que en su profundidad era pura luz.
Tal como lo testimonió siglos más tardes el profeta:

«¿Por qué, pues, dices, oh Iaacov [Jacob]; y hablas tú, oh Israel:
‘Mi camino le es oculto al Eterno, y mi causa pasa inadvertida a mi Elokim’?
»
(Ieshaiá / Isaías 40:27)

Es que, cuando confiamos en que el Eterno todo lo hace para bien, no apresuraremos el juicio negativo, sino que estaremos buscando la pepita de oro entre el lodo.
Ah, pero detengámonos un instante… ¿no estamos nosotros acaso siendo demasiado severos al juzgar el discurso del patriarca?
¿Cómo no comprender su dolor y estupefacción cuando uno a uno veía que sus hijos desaparecían?
¿Cómo no repetir junto a él «me habéis hecho un mal»?
¿Acaso no era un hombre dolido que veía que le era añadido más dolor, sin ser e´l el directo responsable y ejecutor del mismo?
Quizás por consideración a su amargura instalada en su alma, la Torá lo nombra por primera vez en años con su nombre de distinción, pues le llama «Israel», el nombre del recto y fiel.
Como diciendo que a pesar de que Iaacov se equivocó en juzgar negativamente la situación, sin embargo se lo comprende en su debilidad y por eso se es compasivo con él.
También un gran hombre, un patriarca, tiene derecho a tener debilidades y a equivocarse.
Su grandeza no está en esquivar permanentemente el error, sino en vivir rectamente y cuando encuentra que se ha equivocado, entonces reconocerlo y enmendarse.
Un justo no es quien pasa el tiempo con temor al pecado, y por eso no vive realmente, sino aquel que se esmera por vivir de acuerdo a la Torá, en cada situación posible.

Y ya que hablamos de grandeza y de errores, pasemos a considerar el tema de la reparación y perdón por lo errores.
El Rabí David de Zeviltov comentaba que: «Si una persona cometió un error, y luego lo reconoce, él es perdonado; pero, si se niega a reconocer su error, no hay enmienda posible para él«.

¿Dónde tenemos el ejemplo en nuestra parashá?
Iosef manipula la situación, en la cual tiene una posición privilegiada, para mover a los hermanos a reconocer sus errores del pasado en su relación con él. Específicamente para que reconozcan y se arrepientan de haberlo lanzado al pozo y de haberlo vendido como esclavo.
Pero los hermanos en lugar de recapacitar y enmendar su alma, murmuraban entre sí: «Somos hombres honestos» (Bereshit / Génesis 42:11).
Pues, no, no lo eran… actuaban adecuadamente en muchos aspectos, pero tenían un espantosa mancha en su alma que con cada día de negación crecía más y más.
Sobre el pecado se le suma el esfuerzo por ocultarlo, generando finalmente un enorme pesar sobre el alma.
En palabras del Kotzker Rebbe:  «A pesar de lo que uno piensa vehementemente de un pecado, o de que se hiera por él con gran remordimiento, el hecho es que en cualquier caso la mente se ocupa del pecado. La trasgresión es como cieno, e independientemente de cómo uno lo considere, permanecerá enlodado.«

Recién cuando pudieron decir: «Verdaderamente somos culpables con respecto a nuestro hermano, pues a pesar de ver la angustia de su alma cuando nos pedía compasión, no le escuchamos. Por eso ha venido sobre nosotros esta desgracia.» (Bereshit / Génesis 42:21), solo entonces se pusieron por fin en el camino de la reconciliación cada uno con sí mismo, con el prójimo, con aquel que dañaron y con el Eterno.
Camino de la teshuvá, sobre el que está declarado:

«En nuestras épocas, que no tenemos Templo de Santificación ni servicio de ofrendas sacrificiales, solamente con la teshuvá -el auténtico y total arrepentimiento- se consigue la completa expiación de todos los pecados y errores. Incluso una persona que fue malvada toda su vida pero que hizo teshuvá a último instante, no se le recuerda ninguno de sus pecados ni errores, pues está dicho: «…la impiedad del impío, no le será estorbo en el día que se aparte de su impiedad…» (Iejezkel / Ezequiel 33:12). Y la esencia del Día de la Expiación es la de expiar para los que retornan por medio de teshuvá, tal como está dicho: «Porque en este día se hará expiación por vosotros para purificaros, y quedaréis purificados de todos vuestros pecados delante del Eterno.» (Vaikrá / Levítico 16:30)»
(Maimónides, Leyes sobre el Arrepentimiento 1:3)

Ambas cualidades, el arrepentimiento y la sapiencial espera comparten un mismo origen en el alma humana: una adecuada autoestima.
La persona que se valora correctamente, que es humilde, que ni se deplora ni es altanera, esa persona está capacitada para tener paciencia, para no apresurar un juicio sobre sí mismo ni sobre el prójimo. También, la persona humilde no tiene mayores inconvenientes en reconocer sus fallos, pues se aprecia correctamente y sabe que un error o pecado no es la perdición, sino tan sólo eso… un fallo del cual hay que tratar de levantarse para seguir avanzando.

Aprendamos estas dos lecciones: no ansiemos quemar etapas ni apuremos el juicio, y cuando anduviéramos por un camino erróneo no temamos en aceptar que somos falibles y que el arrepentimiento sincero es la mejor cura para el alma atormentada por la angustia profunda.

¡Jag Urim Sameaj!
¡Les deseo a usted y los suyos que pasen un Shabbat Shalom UMevoraj!
¡Cuídense y gocen de lo permitido para qué sepamos construir shalom!

Moré Yehuda Ribco

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«La persona generosa será prosperada, y el que sacia a otros también será saciado.»
(Mishlei / Proverbios 11:25)



Notas:

1

Otras interpretaciones de este pasaje de la Torá, y más estudios los hallan HACIENDO CLIC AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ.

Preguntas y datos para meditar y profundizar:

El joven ejecutivo tenía una meta en mente: llegar a la gerencia nacional en su empresa.
Para lograrla, debía subir muchos escalones, pisar decenas de cabezas, sufrir incontables noches de soledad y gastritis (entre otras dolencias que no enumeraré); era el costo del éxito y él estaba dispuesto a pagarlo.
Pasaron los años, y el se esmeraba, se rompía literalmente el alma para llegar a su meta, pero los que subían de rango en la empresa solían ser sus compañeros, él permanecía como atado a su silla de ejecutivo de rango intermedio.
La pena del alma y su desesperación brutal lo acorralaban e impulsaban a que con más saña quisiera llegar a la gerencia nacional.
Un buen día, ¿o fue malo?, recibió un telegrama desde la más alta esfera empresarial con una notificación: se le agradecía su desempeño todos estos años y se valoraba su fidelidad a la empresa, pero quedaba despedido.
El ya no tan joven ejecutivo desempleado murió en ese instante, ¿o ya estaba muerto hacía años?
Fue a su gerente regional, quien se encogió de hombros.
Acudió a personal, quienes mostraron las palmas de las manos con un gesto de «qué le vamos a hacer».
Escaló hasta la oficina del gerente general y tras muchos intentos le abrieron las puertas para una breve entrevista.
La respuesta que recibió a su duda «existencial» ciertamente que él ya la sabía en lo más profundo de su espíritu: «No nos sirve un empleado que trabaja para competir con su compañero y que considera que el éxito es pisotear al que está al lado. Los informes que tenemos de su mal carácter, faltas por razones justificadas de salud (la gastritis lo estaba comiendo vivo), su tormentosa vida personal (dos divorcios y varias demandas de vecinos) que perturbaba el ambiente laboral, entre otras cosas nos obligaron a tomar esta decisión. Lo sentimos, apreciamos su dedicación pero no sirve para el éxito de la empresa».

Salió de la monumental oficina y enfiló hacia el balcón del décimo piso, pensó por un momento acabar allí con su fracasada vida.
Pero, algo se despertó en él, recordó a sus dos hijos, a su actual esposa, a su perro, a sus padres, a aquellos amigos (uno o dos, quizás y con mucha suerte) con los que todavía conversaba cada tanto, recordó su amor por coleccionar estampillas, recordó sus sueños de ser bombero voluntario, recordó que había estado muerto muchos años y de repente alguien le había abierto la tapa de su ataúd y lo estaba dejando vivir nuevamente…

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