Nos cuenta el MIDRASH que, cuando faltaban muchas décadas para que Avram hijo de Téraj fuera Abraham, se dio cuenta de que ninguna mansión se construye por sí misma, ni por casualidad.
Alguien tiene que encargarse de soñarla, idearla, planificarla, diseñarla, administrar los recursos, poner manos a la obra, edificarla, embellecerla para que finalmente pueda estar lista para ser habitada y ser realmente una mansión.
Por tanto, el joven Avram se rebeló en contra de los dioses y otras creencias e imposiciones de su sociedad, negando el orden establecido para afirmar que esta mansión tiene un dueño, un amo, pero que ninguno es capaz de reconocerlo o señalarlo.
Con ello, Avram se convirtió en el primer agnóstico de la historia, porque a diferencia de todos los humanos anteriores no adjudicaba divinidad a nada/nadie, ni tampoco aún conocía al Creador y Señor. Sin embargo, no era ateo, porque muy en su interior intuía, sentía, que existe un Arquitecto y Señor. Por tanto, era un agnóstico, porque no era ni ateo ni creyente, y aún tampoco sabedor del Eterno.
Sus antepasados Noaj/Noé, Shem y Eber le confirman que es como el había teorizado, que en verdad existe un único Dios y que los dioses son inventos de los hombres. Noaj hasta le cuenta de aquellas viejas historias que lo tuvieron como héroe y desdichado, en las cuales Dios se dirigió personalmente a él.
Pero nada en estas anécdotas le daban certeza y seguridad a Avram, pues podían ser desvaríos de esas viejas mentes cansadas, o tal vez otras imaginaciones fraudulentas del EGO poblando el mundo de dioses imaginarios.
Por tanto, Avram no sabía y por ello andaba con su método de la duda para todas partes, por todos sus exilios.
A la edad de 75 años recibe finalmente la revelación profética, cuando el Eterno se comunica con él para decirle que estaba en lo correcto, que no era un loco, que no era un rebelde sin sentido, que no era un banal filósofo lleno de aire en el cerebro, sino que efectivamente todo lo que el mundo llamaba dioses eran vanidades, sombras de reflejos de Él.
Dios le afirmaba que era una presencia en este mundo y que intervenía o se ocultaba, pero nunca era indiferente a los aconteceres de la minúscula de nada cósmica que parece somos los humanos.
Con la revelación también vienen las promesas, bendiciones y compromisos de difíciles tareas.
Debía confrontar a los poderosos, a los amos del mundo.
Debía caminar por la senda de la espiritualidad.
Debía aprender a dominar el egoísmo y todas las otras incitaciones del EGO.
Debía afincarse en la tierra de su antepasado Eber, ahora usurpada por los cananeos y otros arribistas.
Debía formar una familia que se entrenara en la santidad y compatibilizar este mundo con la espiritualidad.
Debía dar a conocer al Eterno. Debía luchar contra sus propios hábitos y tendencias, rearmar su personalidad para que estuviera más sintonizada con su Yo Esencial (NESHAMÁ, espíritu, chispa Divina).
Debía difundir los Siete Mandamientos para las Naciones, el noajismo, para que la humanidad se encaminara hacia la meta correcta y no anduviera a los tumbos en la oscuridad.
Debía y debía de hacer muchas otras cosas, todas formaban parte de su código de conducta basado en lo espiritual, porque era la manera de realizar su misión en esta vida.
La vida que le esperaba era la de no estar satisfecho en ningún momento, porque ahora no solo intuía el infinito, sino que se sabía absolutamente parte de él.
Ciertamente que sabía estar alegre con su porción material, pero nunca satisfecho.
Por ello rompía límites, seguía quebrando los marcos establecidos, desatando las cadenas que nos retienen amargados y en penurias. No iba a permitir que el EGO siguiera gobernando nuestras vidas, pudiendo ser el Señor de señores quien lo hiciera.
Es un modelo para que tomemos en cuenta.
¿Qué es lo que más te atrae de Abraham?
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Si el Creador hubiera querido solo títeres, no hubiera creado a los humanos con la capacidad de elegir entre hacer el bien y el mal.
Pero Él quiso que nosotros pudiéramos elegir lo malo y hacerlo; no porque Su Voluntad fuera que anduviéramos por el mal camino, sino para que el bien que elegimos y hacemos fuera realmente bondad.
Porque, aquel que actúa movido por un impulso irracional para hacer el bien y no por decisiones, está haciendo cosas buenas, pero no es bueno.
Aquel que irracionalmente actúa mal, está haciendo cosas malas, pero no es malo.
No podemos decir que el león o el tiburón son malos, simplemente hacen lo que están programados a hacer.
Pero cuando el ser humano elige hacer el mal, es absolutamente responsable por su decisión y por sus consecuencias.
Ese es el terrible precio por el inmenso regalo del libre albedrío:
«Llamo hoy por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición.
Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tus descendientes…» (Devarim/Deuteronomio 30:19)
Ante esta verdad, queda como conclusión que es falso cuando te dicen que: “todo sucede por alguna buena razón” (ni tiene buen final).
Porque, si fuera el Eterno quien opera y nosotros somos solamente marionetas, entonces es absolutamente cierto, ya que Él no hace nada torpemente o sin razón.
Pero, cuando el hombre está liberado para escoger, y elige lo malo, entonces las consecuencias directas probablemente sean malas. Quizás haya algún beneficio residual o secundario, tal vez uno pueda rescatar alguna pequeña cosita del desastre, pero nada de esto convierte a lo malo en “para bien”.
¿Por qué?
Porque podemos elegir entre lo bueno y lo malo, Dios nos ha dado esa facultad. Entonces, ¿acaso el transformará las consecuencias negativas mágicamente en positivas?
Él mismo dice que no:
«La tierra estaba corrompida delante de Elohim; estaba llena la tierra de violencia.
Vio Elohim la tierra y he aquí que estaba corrompida, porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra.
Elohim dijo a Noaj [Noé]: `Decidí el final de toda carne, porque la tierra está llena de violencia por culpa de ellos. He aquí que los destruiré de la tierra.» (Bereshit/Génesis 6:11-13)
Claramente declara la Palabra del Eterno que la conducta del hombre había podrido la existencia en la tierra, que se había llenado de violencia.
Al punto que Él dejó que las consecuencias desastrosas acontecieran.
Dios NO dice en ningún lugar que la maldad de los hombres era para bien, que toda esa violencia resultaría en una mágica fórmula que produciría bienestar.
NO fue así, sino que lo malo engendró más maldad al punto que estaba en una situación irrecuperable.
Por tanto, no nos engañemos diciendo que todo sucede por alguna buena razón y finalmente saldrá algo bueno.
Porque las acciones de los hombres tienen consecuencias buenas y malas.
Que no podamos definir las últimas consecuencias y en consecuencia lo que hoy parece malo, mañana parece bueno, no quita que lo malo es malo.
Diferente sería un universo programado y bajo el control directo de Dios.
O uno que fuera amoral, y que no existiera el bien y el mal, sino simplemente necesidades, eventos y efectos.
Pero, desde que el Creador introdujo la variable del libre albedrío, nos condenó a estar sometidos a lo bueno y a lo malo.
Y somos nosotros los que lo provocamos.
Podemos tratar de dar sentido y algún orden al sufrimiento, o sobreponernos a la injusticia considerando que todo, hasta eso finalmente será para bien.
Es algo genial tener ese optimismo, pero a no caer en ingenuidades que terminan transformando a la persona en necia. Porque así es como se justifican todo tipo de atropellos, se perdona erróneamente a los miserables que no modifican para bien su conducta, se reniega de Dios hablando en Su Nombre.
Tenemos que madurar y aceptar que somos eminentemente impotentes, y que no controlamos más que muy poquito.
Por más que lleguemos a Marte, tengamos bombas atómicas, o nos hayamos expandido por todo el globo terrestre, seguimos siendo imperfectos, débiles, sometidos a pasiones y consumidos por el EGO.
Podemos mentirnos y creer que controlamos a Dios con negocitos, que podemos pactar mágicamente con Él para hacerlo nuestro siervo a nuestro servicio.
Podemos mentirnos y excusar las penurias y miserias, haciendo de cuenta que es una obra de arte realizada con estiércol y vómitos.
Pero la verdad es muy triste: somos impotentes, por más chispazos de poder que mostremos.
En este mundo somos una sombra pasajera, una pluma al viento.
Dios no ha abusado de los niños sexualmente, ni se precisa eso para que de algún misterioso modo algo bueno se rescate.
Dios no quiere que haya violencia familiar, ni la excusa diciendo que algo bueno habrá finalmente.
Dios no tolera al borracho al volante que asesina inocentes y deja familias truncadas y vidas rotas, por más que algún genio místico afirme que es para bien.
Dios no aplaudió a Hitler, Mao, Stalin, Maduro y otros genocidas promoviendo la corrupción infernal con el razonamiento de que algo maravilloso se gesta cuando se pudre la semilla y nace el arbolito.
No, amigo mío, cuando el hombre actúa mal no debemos buscar en Dios las respuestas, ni asumir que esa maldad es para bien.
Obviamente que rescatar puntos luminosos dentro de la oscuridad da esperanza y fuerza.
Por supuesto que el enfermo terminal que enseña preciosas lecciones de vida a quienes le continúan es espléndido.
Claro que no podemos sumar sufrimiento al dolor negándonos a descubrir algo bueno en el pozo del terror.
Pero no seamos tontos mágicos pretendiendo que Dios cambia mágicamente las decisiones de los hombres y transforma lo malo en algo bueno.
Tus elecciones pueden dañarte o lastimar a otros, por eso es tan importante que aprendas y aprendas a decidir bien.
Por esto es fundamental conocer del EGO y sus trampas, para que tengamos herramientas para no reaccionar irracionalmente ante el sentimiento de impotencia y, por el contrario, respondamos racionalmente construyendo el mejor SHALOM posible dadas las circunstancias.
Por esto es necesario llenar tu mente de lecciones de espiritualidad, para que comprendas como funciona el mundo y veas qué realmente está haciendo Dios por tu bienestar.
Porque Él no cambiará las cosas según tu deseo para acomodar las penurias y que sean buenas.
Por más que un cuento talmúdico muy conocido nos diga que por el sabio Ish Gam Zú Dios hizo milagros que modificaron la naturaleza. Es una narración única, muy interesante y considerable, pero que no marca la tendencia general de las cuestiones.
En síntesis, lo malo es malo, lo bueno es bueno. De ambos se puede extraer el contrario, sin dudas, a veces.
Entonces, cuando suceda lo malo, ver qué está en nuestro control cambiar para que no ocurra más.
Comprobar como mitigar el impacto negativo.
Aprender y enseñar a partir de este caso.
Y muy importante, preguntarnos: ¿qué nos enseña lo que ha pasado?
Porque, podemos aprender del sufrimiento, por supuesto que sí; pero mucho más agradable sería hacerlo sin padecer.
Dios no quiere el sufrimiento de la persona, ni siquiera del pecador. Entonces, no nos engañemos más declarando bueno aquello que es malo. Mejor seamos buenos a pesar de lo malo que nos sucede.
Además, no nos enfoquemos en nuestro padecimiento, sino mejor veamos cómo podemos ayudar generosamente a otra persona.
Te aseguro que esto es mucho más poderoso y efectivo que pretender santidad, diciendo que todo tiene una buena razón para suceder.
Sé activo en la construcción de SHALOM, interna y externa, entonces no precisarás de la falsedad supersticiosa para sentirte menos poca cosa.
Que tu conducta sea la manifestación de Dios en este mundo, entonces estarás realmente haciendo algo bueno y con efectos que se extienden por toda la eternidad.
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El mundo estaría más cercano al Paraíso terrenal si cada uno actuara de forma bondadosa y sin esperar nada a cambio de los demás como pago.
Suena fácil de decir, pero luego no es tan sencillo porque nos cuesta convencer al EGO de que gana más siendo generoso que aferrándose al egoísmo.
De hecho, el EGO no se convence de ninguna manera, porque el EGO no piensa, ya que es un conglomerado de funciones instintivas y conductas aprendidas que se han automatizado. El EGO no razona, porque no es una persona o un ángel, sino la base reactiva ante la impotencia de nuestro ser.
Por tanto, ahí estará el EGO, como nuestro amo o a veces domesticado, pero siempre pulsando para rechazar reactivamente la impotencia, sea que ésta exista o solamente se encuentre en nuestra imaginación.
Nos hará poner de mal humor, o sentir miedo, pero no nos pondrá a razonar y reflexionar.
Nos llevará a reaccionar de inmediato con llantos, gritos o pataleos, o quizás a manipular y encontrar formas subversivas para dominar.
Nos hará salir corriendo para escondernos, o buscar hacer trampas, pero no aportará al diálogo sincero y la comunión.
Y lo peor de todo es que no lo hace por maldad, sino porque así es naturalmente el EGO. Genera el caos, destruye, corrompe, perturba, enferma, agobia, estresa, derrocha energía, demuele y ni siquiera quiere todo eso. Solamente reacciona, automáticamente, insensiblemente, irracionalmente, para evitar sentir impotencia.
Pero, cuando somos bondadosos, genuinamente generosos, estamos manifestando poder, es decir, estamos demostrando que no somos víctimas de la impotencia. Al mismo tiempo brindamos beneficios prácticos a otra persona, lo cual puede redundar en un sentimiento de misión cumplida.
La satisfacción es un gran pago que recibimos, aunque no pretendamos ninguna ganancia de nuestro acto bondadoso.
No precisamos gastar dinero, ni grandes acciones, porque también en las cosas sencillas y gratuitas está la recompensa (no esperada, pero bienvenida): sostener una puerta para que la vecina cargada pase, dejar que el otro conductor pase primero porque se lo ve estresado, llevar galletas caseras al trabajo, dar un cumplido auténtico desde el corazón y un abrazo, decirnos cuánto los amamos, donar comida a los necesitados, sorprender a un amigo con un pequeño regalo, agradecer por la presencia y más.
Todo lo que envíes, recibirás.
Pero ten presente de no ahogar al otro con tu bondad, porque hay un pequeño paso entre lo que haces por otro para beneficiarlo y lo que haces para ti para someterlo.
Que el otro no se sienta inútil, que no sea avergonzado, que colabore.
Es por ello que jamás debemos olvidar que el contrapeso de la bondad es la justicia, de no excedernos para no agotarnos y quedar impotentes, y que no asfixiemos al otro con nuestra aparente solidaridad.
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Como ya explicamos infinidad de veces, la reacción natural ante la impotencia se manifiesta como llanto, grito, pataleo y desconexión de la realidad.
Puede ser una de éstas, más de una, o todas.
Pueden ser en su forma natural, idéntica a la que manifiesta un bebe; o puede ser una conducta derivada de alguna de ellas y que fuera aprendida.
Del llanto pudieran ser las quejas, los lamentos, los suspiros sufridos, cualquier expresión de sufrimiento que secundariamente tiene como destinataria a otra persona.
Del grito, los insultos, las palabrotas, las ironías pasivo-agresivas, las amenazas; lo podemos resumir como violencia verbal, o mejor: comunicativa.
Del pataleo cualquier manifestación de violencia física, con roturas, golpes, lanzamiento de objetos, puñaladas, etc.
De la desconexión de la realidad se tienen mentiras, engaños, adicciones que afectan la conciencia, ciertas depresiones, desmayos, huidas, encerrarse, etc.
Lo que mencionamos muchas veces también es que ante una impotencia imaginaria, es decir que no tiene una existencia real, estas reacciones son inútiles e incluso perjudiciales.
Muchos de los padecimientos que vamos sufriendo a lo largo de nuestra vida se deben a que estamos reaccionando a impotencias imaginarias, por lo que nos llenamos de estrés, de miedo, de conductas faltas de armonía, que provocan todo tipo de percances e inconvenientes.
Si aprendiéramos a mitigar la imaginación de impotencia, llenáramos nuestra mente de pensamiento positivo real, si tuviéramos la capacidad para evaluar objetivamente, entonces estaríamos menos sometidos a la tiranía del EGO y a toda clase de malestares.
Porque es un gran problema cuando la mente se encuentra saturada de creencias e ideas negativas, y el pensamiento es secuestrado por todo tipo de emociones. Entonces la mente pierde el control, dejándose en manos de dimensiones de la persona que no están diseñadas para dirigir, tal como por ejemplo las emociones o los mandatos sociales. Está muy bien adiestrarse para percibir nuestras emociones y sentimientos, distinguirlos, reconocerlos, saber nombrarlos, usarlos como alertas de lo que está sucediendo en nuestra vida. Pero es terrible permitir que sean ellos los que manejan nuestras decisiones.
Según vamos madurando tenemos que ir dejando de lado la acción gestada por la reacción instintiva/emocional para ir dando paso a la respuesta que pudiera resultar más beneficioso, adecuada, efectiva. Tomar en consideración los datos que nos dan las emociones y sentimientos, no bloquearlos, no negarlos, no mentirnos acerca de ellos, sino tenerlos bien presentes como instrumentos e insumos para nuestra respuesta.
Que respondamos y no que reaccionemos.
¿Se comprende lo que estamos planteando?
¿Se entiende la importancia de conseguirlo?
Obviamente que se precisa estudio teórico al respecto, como venimos ofreciendo a raudales en este sitio de forma gratuita.
Pero más se necesita la práctica, el entrenamiento, el ejercitarse para ir logrando el resultado esperado.
Que no nos invadan las emociones, que no saltemos reactivamente ante las impotencias que nos golpean.
Que tengamos paz en la mente de las imaginaciones de impotencia.
Que sepamos tomar decisiones racionales, sin que por ello desconozcamos el valor de lo emocional.
También el lector tiene a disposición encuentros personales (online o en persona) conmigo para conseguir de manera más directa y personalizada el coaching espiritual que termina resultando en beneficios de todo tipo.
Por ello es el ofrecimiento, para que no se pierda la oportunidad de estar mejor consigo mismo, con los que le rodean, con todos.
Para finalizar, si este texto te ha sido de provecho y bendición, agradece, comparte, difunde y colabora con tu donación a nuestro trabajo sagrado: http://serjudio.com/apoyo
Gracias y que el Todopoderoso te siga bendiciendo.
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Habíamos enseñado que para alcanzar el mayor grado de libertad era imprescindible realizar un proceso de crecimiento, de revelación del poder interno que nos conecta con el Creador.
Este trabajo está simbolizado en los siete días de Pesaj y detallado en los 49 (7 veces 7) portales para ir cruzando entre Pesaj y Shavuot (en la época de la sefirat haomer).
Por medio de nuestro trabajo interno logramos quebrar el dominio del EGO (Ietzer haRá, haSatán, ángel SM) que es representado en Pesaj por el jametz. Sustituimos toda presencia de EGO, hasta la más mínima partícula reconocible debe ser suspendida de nuestra existencia, dejada de lado, obliterada, quemada. El jametz debe quedar confinado a su reducto propio, allí en donde es útil y provechoso, donde beneficia y no perjudica. Mientras toma la NESHAMÁ (espíritu, Yo Esencial, chispa Divina) la orientación de nuestra vida. Así nos transformamos en poderosa y nutritiva matzá, sencilla, contundente, vibrante, menospreciada por los alterados por el EGO pero que en verdad manifiesta la sincronía del Yo Vivido con el Yo Esencial.
Las siete cualidades, los siete pasos, los siete días de Pesaj se coordinan con las siete sefirot del dominio de la dimensión no etérea y que son las que tenemos que destrabar de las cáscaras y máscaras del EGO para lograr revelar en cada una de ellas la LUZ y explotar así el poder del infinito en nuestra vida y entorno.
Como enseña el ZOHAR, cuando logramos desplegar este proceso creativo en nuestro ser, desplegar el potencial de la LUZ de estos siete centros de poder, entonces el influjo redentor se expande por todo el cosmos, por nuestra vida y llegan sus efectos hasta el ciclo siguiente, el próximo Pesaj. No olvidemos que en el mundo de la limitación en el cual nos encontramos, es normal que se decaiga del nivel espiritual, que uno tenga que volver a remar para que la corriente no lo arrastre de vuelta a Mitzraim, o el mundo de la angostura, la caverna oscura que nos tiene preparado el EGO para sumergirnos en confusión y alienación de la LUZ.
Esto permite dar una explicación, entre otras, de porque no completamos el Halel durante todos los días de Pesaj. Porque estamos trabajando en alcanzar la libertad, todavía no la conseguimos. Recién al séptimo día, de regocijo y compenetración con la santidad, es que pasamos de la vergüenza de Mitzraim a la libertad en la dimensión material. Por tanto, son días de alegría, pero no completa.
Pero, podríamos preguntarnos ¿qué ocurre con cada KLIPÁ (cáscara, energía perturbada, tendencia al caos, máscara irreal) que uno va desprendiendo de alrededor de la sefirá que realineamos con la LUZ?
¡Queda flotando al acecho en el espacio circundante!
Es decir, podemos caer nuevamente en el hábito engañoso y perjudicial, obturar el canal de energía y bloquearnos nuevamente en conductas nocivas y tóxicas.
Por esto, en parte, es tan estricta la Torá con el mandamiento respecto al jametz en Pesaj. No ingerirlo, no encontrarlo en nuestra posesión, pero tampoco verlo en nuestra propiedad. El corte con el aspecto negativo debe ser total, absoluto, quebrar cualquier lazo, hasta el más mínimo contacto puede provocar nuestro retorno al GALUT, el exilio con la consiguiente esclavitud.
Cuando lo ingerimos, queda en nuestro interior: lo físico y emocional (palabras destructivas).
Cuando lo encontramos, está en contacto con nuestro cuerpo: lo físico y social (acciones violentas).
Cuando lo vemos en nuestra propiedad, está enlazado mentalmente: lo físico y mental (creencias negativas).
Es decir, nuestro cuatro planos de la dimensión terrenal pueden perturbarse si no extraemos cada partícula de jametz, que es KLIPÁ, y la expulsamos a un espacio realmente vacío. Llevarla de inmediato al desierto, desterrarla allí, como se quitaba de la presencia el chivo expiatorio cargando con él los pecados.
Trabajemos construyendo SHALOM con pensamientos, palabras y acciones de bondad y justicia.
Estudiemos.
Hagamos nuestra parte.
Que tengamos un buen y libertario Pesaj.
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(La imagen que el texto acompaña es obra original del artista Jonathan Ortiz Cardinale, actualmente residiendo en Chile)
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El Shabat entre Rosh haShaná y Iom Kipur se llama Shabat SHUVA, algunos le dicen TSHUVÁ.
Shuva, significa “retorna” y es la primera palabra de la haftará, que incluye los siguientes textos del TANAJ: Hoshea (Oseas) 14:2-10, Mijá (Miqueas) 7:18-20.
En la misma, el profeta Hoshea pide que los judíos retornen a la buena senda y si ya están en ella, que fortalezcan sus pasos, porque tal es la idea de la TESHUVÁ.
Éste es un concepto clave todo el año, pero en especial desde el comienzo del mes de Elul y hasta Iom Kipur.
Podemos entender la teshuvá como regresar a la mejor versión de nosotros mismos, poner en sintonía nuestra conducta y personalidad con la dimensión espiritual y no quedarnos conformes con menos que ello.
En realidad, no hay límite en nuestro trabajo de perfeccionamiento, porque nuestra NESHAMÁ (espíritu) es una chispa de Dios, por tanto parte del infinito.
La Tradición nos hace tomar mayor conciencia de esto durante los días tan sagrados de los Aseret Iemei Teshuvá que estamos transitando ahora. Así llegamos al Iom haDin, el Día del Juicio, preparados y nos alistamos para el veredicto que nos dará el Juez en Iom Kipur.
Pero no hay que pensar en teshuvá solamente como la respuesta ante el pecado, sino como una oportunidad, un regalo que nos da Dios, ya que nos permite tomar nuestra personalidad y modelarla para llevarnos a una vida mucho más armoniosa.
Porque tenemos libre albedrío, capacidad para discernir y escoger entre hacer el bien o no hacerlo, es que también somos merecedores de la teshuvá. No es un concepto religioso ni tampoco está ligado exclusivamente a asuntos espirituales, sino que es posible aplicarlo a cada área de nuestra existencia.
Por ejemplo, cuando decidimos hacer lo posible de nuestra parte para llevarnos bien con personas con las que estamos en conflicto, eso es teshuvá.
Cuando nos damos cuenta de que no estamos dedicados seriamente al estudio, y ésta nuestra responsabilidad principal, entonces teshuvá es admitirlo y dejar de inventar excusas para ponernos las pilas y estudiar lo mejor que podamos.
Cuando hace rato no colaboramos con el prójimo, sea con dinero (haciendo tzedaká) o con acciones bondadosas (haciendo guemilut jasadim), la teshuvá es despertar nuestro lado generoso y de justicia y dar una mano al necesitado, hacer lo que podamos para que todos estemos materialmente mejor.
En cuanto a la parashá Vaielej, nos encontramos con un recuento de los eventos del último día de Moshé. Es cuando transfiere el liderazgo a Ieoshúa y también concluye la escritura de la Torá original. Ese rollo lo deja en manos de los levitas y sería depositado el Arca de la Alianza, o un lado del mismo.
La Torá marca la mitzvá de hakel (reunir) al pueblo judío cada siete años, durante la festividad de Sucot del primer año del ciclo de Shemitá (año sabático). Todo el pueblo judío debe reunirse en el Templo del Eterno en Ierushalaim, para que el rey de Israel debe les lea de la Torá.
La parashá finalmente anuncia que llegará un tiempo en que el pueblo judío se apartaría del camino de Dios y por ello se sentirían como desamparados, sin percibir que Dios los acompaña a cada instante.
Sin embargo la Torá confirma que la conexión no puede ser quebrada, puede estar debilitada, ellos pueden no sentirse conectados, pero en verdad la conexión es irrevocable. Por ello, continúa informando la parashá, es que cuando el pueblo escoja cambiar de conducta y hacer teshuvá, entonces será restablecido y conseguirá la paz.
Y aquí encontramos otro de los sentidos de la palabra teshuvá, según la usa la Torá, y corresponde al retorno del pueblo de Israel a su tierra. A causa de múltiples factores, entre los que se incluyen los errores/pecados, la Torá anunció mucho tiempo antes de que pasara, que el pueblo de Israel sería expulsado de su tierra y viviría en una dolorosa diáspora. Esto ya pasó, la más grave expulsión y exilio fue sufrida por casi dos mil años, hasta que por fin se inició el retorno, la teshuvá. Con ella se reinauguró un Estado libre e independiente, que según los sabios actuales es definido como “reshit tzemijat geulatenu”: el comienzo del crecimiento de nuestra redención.
Estamos en un proceso que gradualmente será reconocido como la Era Mesiánica, con toda su paz, prosperidad, estabilidad, bienestar.
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En la Diáspora este shabat leemos Bejucotai, que es la última parashá del tercer libro de la Torá, Vaikrá/Levítico; en tanto que en Israel leerán el comienzo del cuarto libro, Bemidbar/Números. Nos encontramos desfasados porque en Israel, la festividad de Pesaj terminó un viernes de Abril, mientras que en el resto del mundo la misma duró un día más, por lo cual ese shabat en Israel continuaron con el ciclo regular de la Torá (y podían comer jametz), mientras que a nosotros nos tocó leer la porción correspondiente al octavo día de Pesaj (y seguían vigentes las reglas de la festividad).
Seguramente resulta confuso y extraño que algunos judíos celebren la misma fiesta en fechas un poco diferentes, con algunas costumbres también distintas, o que la lectura pública de la Torá no sea la misma, dependiendo del lugar de residencia. Sin embargo, de alguna forma logramos mantenernos unidos y nos reconocemos como pertenecientes a la misma Tradición a pesar de siglos de divergencias. Es que, la esencia es la misma.
Son estas cosas maravillosas y complicadas que tiene el judaísmo que nos impulsa a no quedarnos cómodos en la rutina, porque debemos indagar, preguntar, tomar conciencia, darnos cuenta del paso del tiempo, de los lugares que habitamos, de la diversidad cultural y aprender a mantenernos leales a nuestra identidad.
Como estamos comentando de tiempos, recordemos que ya llegamos al día 42 de la cuenta del Omer, lo que significa que en tan solo una semana alcanzaremos su fin, tras lo cual inmediatamente comenzará la festividad de Shavuot .
Shavuot significa semanas, puesto que hemos estado contando cada uno de los días de estas siete semanas que vinculan Pesaj con la fiesta de la entrega de la Torá (Shavuot).
Además, al finalizar este shabat, esta semana, inicia la más moderna de las fiestas incorporadas al calendario judío, que es Iom Ierushalaim. Celebramos la tan querida y esperada reunificación de la ciudad de Ierushalaim/Jerusalén, que permitió a los judíos volver a tomar posesión de la que fuera milenaria capital de su nación. Desde aquel día de junio de 1967 los ocupantes extranjeros ya no pudieron impedir que los judíos rezaran en sus sitios sagrados, pudieran transitar sus calles y vivir en sus moradas ancestrales. Al tomar control el Estado de Israel, con ánimo generoso y pacífico, se respetaron los lugares sagrados de las religiones, se dio acceso a todas las personas de bien, se le devolvió parte del brillo que supo tener hace miles de años, a pesar de las agresiones de extraños que siguen tratando de prohibir la presencia judía en su capital eterna.
Como podemos comprobar, estamos en un período lleno de alegrías, conexión con eventos importantes del pasado, promesas de un mejor futuro que esperamos nos acompañe con buenas noticias y bendiciones. Que pronto se cumpla este versículo que se encuentra en la parashá de la semana, en el cual Dios promete que:
«וְנָֽתַתִּ֤י שָׁלוֹם֙ בָּאָ֔רֶץ וּשְׁכַבְתֶּ֖ם וְאֵ֣ין מַֽחֲרִ֑יד וְהִשְׁבַּתִּ֞י חַיָּ֤ה רָעָה֙ מִן־הָאָ֔רֶץ וְחֶ֖רֶב לֹֽא־תַעֲבֹ֥ר בְּאַרְצְכֶֽם:
Daré paz en la tierra; dormiréis, y no habrá quien os espante. Haré desaparecer las fieras dañinas de vuestra tierra, y la espada no pasará por vuestro país.»
(Vaikrá/Levítico 26:6)
Nuestra parashá es una de las dos en la Torá que contienen visiones terribles de lo que podría llegar a ocurrir al pueblo judío si éste no fuera leal al cumplimiento de los preceptos de la Torá. (La otra parashá es Ki Tavó, que está hacia el final del libro Devarim/Deuteronomio, y es realmente escalofriante su contenido en la sección de las “maldiciones”).
Esta sección recibe el nombre de “Parashat haTojejá”, del reproche, debido a que nos encontramos con las horribles consecuencias que podrían surgir de las acciones negativas de las personas. Tradicionalmente esta sección es leída por el oficiante en voz apenas audible y velozmente, además suele ser el rabino o el mismo oficiante quienes son convocados para esta aliá (persona llamada para bendecir la lectura de una porción de la Torá).
Sin embargo, también nos traen promesas de bendiciones, que se alcanzan con el cumplimiento de los mandamientos, una de las cuales es la que hemos citado recién: paz y seguridad para los que habiten en eretz Israel.
Según enseñan los maestros contemporáneos, ya iniciamos la época en la cual hemos comenzado a disfrutar de las bendiciones del Eterno.
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Uno de los relatos más famosos de la humanidad lo encontramos en la parashá de esta semana, Vaishlaj, cuando el patriarca Iaacov pelea con un ángel. Como resultado de esa contienda el patriarca es bendecido y recibe un nuevo nombre, que refleja con más claridad su nueva personalidad: ISRAEL.
Pasó de ser una persona con tendencias muy dominadas por el EGO a una persona con predominancia espiritual.
No fue un trabajo sencillo, no ocurrió por milagro, ni tenía el patriarca una predisposición mágica que le ayudó a conseguir su transformación personal; lo cual convierte a este hecho en un impresionante logro, uno que merece todo el elogio y mérito y que además nos sirve a nosotros para tomarlo como ejemplo. Ya que, si el patriarca hubiera alcanzado su metamorfosis de esclavo del EGO a poderoso espiritual por obra divina, sin ningún esfuerzo, entonces no tendría ningún valor ni mérito. Sería no más que la “gracias divina”, un regalo por el cual no se ha sacrificado nada ni se ha desarrollado ninguna cualidad. Pero, como el patriarca debió luchar con todas sus fuerzas, realmente dar una batalla dolorosa e impresionante, entonces el positivo resultado solamente destaca su poder y lo realza.
Es por tanto este pasaje de la Torá muy significativo para todos aquellos que queremos despegarnos de nuestro Yo Vivido acostumbrado al EGO y modificarlo para que esté en perfecta sintonía con nuestro Yo Esencial. Es decir, que nuestra personalidad refleje a nuestra espiritualidad, que nuestra espiritualidad se vea reflejada en nuestra forma de estar en el mundo.
Cada día debemos dar nosotros esta lucha, imponernos sobre nuestra tendencia oscura y despegarnos del EGO para abrazar más nuestra personalidad infinita.
Como una gran ayuda al respecto, ten en mente el siguiente pasaje en el relato de la lucha de Iaacov con el ángel, cuando el patriarca le dice:
No alcanzó con los golpes que se estaban dando, trenzarse en pelea física, ni estar ideando estrategias para derrotarlo, sino que tuvo que hablar como forma de lograr el éxito. Pero no cualquier habla, si lo analizas descubres que está reclamando que le bendiga, es decir que “bien diga”.
El hablar bien es fundamental.
Esto ni significa ser experto en decir discursos, o tener un gran caudal de vocablos y arte para unirlos en frases vibrantes. Sino usar el habla para el bien, hablar positivamente.
Atiende la enseñanza en el más profundo y poderoso de los poemas:
Salirse el alma con las palabras.
Es decir, el poder de la palabra para movilizar la energía emocional y anímica.
Tener la capacidad para afectar, para bien y para mal, por medio de la expresividad.
Las palabras irradian energía que manifiestan siempre parte de nuestra personalidad.
Cuando hablamos desde la negatividad, estamos contagiando oscuridad al entorno y enfocando nuestro mente hacia lo negativo.
Pero, si nuestras palabras son de luz, el efecto será alumbrar nuestra vecindad y dejar que la mente apunte a descubrir más motivos para estar bien.
Por tanto, es importantísimo llenar nuestro discurso de cosas positivas, no porque eso obligará al universo a darnos lo que queremos, sino porque nos rodeara de luminosidad, provocará reacciones positivas en el vecindario, fortificará nuestra mente, llenará nuestra alma de calma.
Imagínate una situación que se presenta problemática y tienes al lado a un quejoso, que solamente se lamenta, echa culpas, justifica la torpeza, insulta, o cosas por el estilo.
Y al otro lado tienes a la persona que afronta las situaciones con realismo, desde el poder, con aceptación de las dificultades, que apuesta por mejorar y construir.
¿Cuál de los dos te genera una energía más dulce y que mueve a la superación?
Entonces, palabras positivas, en mente positiva, con acciones positivas. El resultado será positivo.
Y si fuera la negatividad tu sintonía, entonces no esperes positividad.
Di palabras de bendición, repite párrafos de alabanza sincera, haz del sano positivismo un compañero constante de tu boca. Agradece, elogia, estimula con tu palabra al que anda cabizbajo y con dudas.
Rechaza de tu lenguaje lo que afea, lo que empobrece la imaginación, lo que altera negativamente, lo que llena de miedo e impotencia.
Como el inspirado salmista nos enseña:
«¿Quién es el hombre que desea vida? ¿Quién anhela años para ver el bien?
Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.
Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela.» (Tehilim/Salmos 34:13-15)
Por tanto, lucha contra tu parte negativa haciendo lo que es positivo. Hablando lo que es poderoso. Pensando, realmente pensando y no meramente repitiendo creencias, con pensamientos de luz.
Haciendo de esta manera al poco rato estaremos comprobando que los ángeles enemistados pasan a ser aliados, que los problemas se mitigan, que el dolor se acalla, que la confianza crece.
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El árbol se encuentra potencialmente en la semilla, sin embargo, la semilla debe de morir como tal para que pueda surgir el árbol.
Pero no es una ecuación automática, puesto que solamente ocurrirá cuando se den las condiciones mínimas y necesarias para que suceda.
Al final de la parashá anterior (Noaj) encontramos que en la familia humana había nacido Avram hijo de Téraj, décima generación desde Noaj.
Ya de pequeño fue un disruptor, un rebelde, un generador de cambio.
No permitió que la insufrible y cómoda zona creada por el Sistema de Creencias lo dominara, sino que con firmeza y persistencia iba quebrando una tras otras las restricciones mentales que le imponían.
No se ataba a dioses ni a gobernantes. Criticaba hasta desmenuzar cada una de las creencias y lemas. Confrontaba las “verdades” y hábitos de los demás para que pudieran liberarse también y hacerse un poco más humanos y menos autómatas, primero lo hizo de forma belicosa y cuando maduró con mucha flexibilidad y compasión.
Se puso a la cabeza de un movimiento renovador, o más bien: restaurador; pues, él había redescubierto el monoteísmo y a viva voz lo proclamaba y ofrecía a quien estuviera al alcance de su influencia.
Era una semilla que estaba tratando de convertirse en un fuerte y espléndido árbol.
Quería que su sombra cubriera a los chamuscados por el sol y refugiara a los asfixiados por el calor. Que sus frutos alimentaran a los necesitados. Que su presencia guiara a los confundidos. Que su descendencia se multiplicara y con ellos la bendición que derramaba generosamente para los demás.
Pero para eso debía morir Avram y nacer Abraham, el que sería padre de muchas naciones: las futuras 13 tribus de Israel, herederos de su legado sagrado y material así como algunas otras naciones emparentadas con ellos, tales como los descendientes de Ishmael entre otros descendientes de segundo orden.
Avram fue la pequeña vasija que daba paso a la grande.
Un limitado contenedor de la bendición Celestial que a través de su esfuerzo, de su dedicación, de su entrega, aprendió a superar las fronteras impuestas por el EGO y secundadas por la sociedad, para ser la mejor versión de sí mismo.
Este pasaje no es gratis, la semilla debe morir para que nazca el árbol.
Pero en ese trabajo la persona se va transformando y desbloqueando aquello que reduce su capacidad de comprensión, de captación de bendición, de placer. Con el cambio crece en todo lo bueno y actúa como un imán para que la bendición espiritual atraiga otros beneficios, tales como el sustento, salud, buenas relaciones, etc.
Todo esto le estaba sucediendo a nuestro patriarca Abraham, que en su crecimiento espiritual también fue acarreando bienestar material.
Podemos hacer algo similar, cada uno a su nivel.
Podemos ir trabajando para quitarnos las cáscaras y máscaras que fueron formando nuestro Yo Vivido, podemos hacer la limpieza de hábitos y creencias que nos aprisionan, para modificar nuestra personalidad y llevarnos a estar en sincronía con nuestro Yo Esencial, también llamado NESHAMÁ (espíritu, chispa Divina).
Entonces dejaremos de lado excusas, miedos, sentimientos negativos, relaciones tóxicas, conductas perjudiciales, reacciones disfuncionales y nos iremos transformando en una personalidad más luminosa, saludable, consciente, alegre, conectada con la vida y el bienestar. Destrabamos el canal de la bendición Celestial y estaremos siendo dignos receptores de ella.
Para ello es tomar conocimiento de que somos chispas de la Divinidad en tránsito por este mundo. Somos hijos del Creador y estamos aquí para experimentar todo lo que nos trae la vida, pero en especial de lo bueno.
Darnos cuenta de lo que nos une, que es lo espiritual.
Pero también ser conscientes de lo que nos separa, que es el EGO, las pequeñas torpezas del materialismo. Con esto en mente, aprender a manejarnos para desempolvar la bendición y favorecernos de ella.
Al hacer cada uno su parte, que solamente cada uno de nosotros puede hacerla, estamos aceptando nuestro rol como socios de Dios y eso lo “obliga” a Él a colaborar como nuestro Socio. ¿Habrá un poder más poderoso que éste?
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El concepto hebreo EMUNÁ NO debe ser traducido jamás nunca como FE, al menos cuando de asuntos espirituales, de conexión con el Creador, se refiere. Pero, lamentablemente muchos cometen ese imperdonable error. ¡Imperdonable! Pues, entre otras cuestiones, lleva a multitud de personas a confundirse y adquirir conceptos supersticiosos e idolátricos como si tuvieran relevancia dentro de marco de la espiritualidad.
Fe es del mundo de la idolatría, de la superstición, del dominio del EGO. Tomemos esta definición que está en el diccionario cuando buscamos “fe”:
“Convencimiento íntimo o confianza, que no se basa en la razón ni en la experiencia, en que una persona es buena, capaz, honrada, sincera, etc., o en que algo es eficaz, verdadero, posible, etc.”.
¿Por qué esto está mal en el marco de la espiritualidad? Si parece tan bonito, sabio, santo y correcto… ¡y no es ninguna de ellas!
Podría extenderme, pero seré breve en la respuesta.
No precisamos ninguna fe para saber de Dios y Sus cosas. Porque SABEMOS que Dios existe, Él se manifestó en persona al pueblo judío en su totalidad durante la salida de Egipto y especialmente al momento de la entrega de la Torá en el monte Sinaí. Los antepasados de los judíos actuales estaban presentes allí, incuestionablemente siendo testigos de hechos sobrenaturales que no tienen otra explicación más que la directa intervención de Dios. Pero además, no fue necesario que ellos lo razonaran o imaginaran, Dios mismo les reveló Su Identidad, haciéndoles saber que estaban ante Él y que este acontecimiento ÚNICO es insustituible debería permanecer vivo y sin adulteraciones por todas las generaciones. Es por ello que gran cantidad de preceptos y costumbres tienen el mismo objetivo, preservar la memoria de lo que SABEMOS y no de dogmas, creencias, ideas, fantasías, deseos o lo que fuera que las religiones siguen y adoran. Nosotros, los judíos, SABEMOS porque hemos estado allí, porque una cadena ininterrumpida nos conecta y cuida el mensaje. Pretender tener fe es un atentado directo en contra de la Voluntad de Dios, en contra de lo que la persona (al menos judía) Le debe al Señor. Por tanto, dentro del marco del judaísmo es necesario abolir el concepto ajeno y enajenante de fe, que no pertenece a las cosas de Dios pero sí al campo de la fantasía que es la religión.
Resulta ajeno pretender alcanzar a Dios y sus cosas a través de la fantasía, de mitos, de suposiciones, porque tenemos un relato fiel en la Torá y uno aún más confiable (aunque suena increíble) como lo es la conducta familiar que preserva la memoria del acontecimiento del cual somos testigos. Matzá, mezuzá, tefilín, contar la salida de Egipto, la copa del kidush, shabat, y cien cosas más se entretejen en la vida cotidiana, en la de todos los días del año, para que el recuerdo no se borre ni se modifique. Porque nos lleva a decir con plena confianza en nuestro saber de que DIOS EXISTE y ACTÚA en el mundo.
No es necesaria la imposición dogmática, ni llenarse de lemas de ciega pasión por una deidad extrañan, ni estar fanatizado y encerrado en el Sistema de Creencias con un terror atroz a que algo te obligue a salir de allí.
¿Creer en absurdos, por fe? Tal vez es una de las formas de la idolatría para mantener fidelizada a su clientela. El judaísmo propone enseñar, educar, ayudar a crecer, cortar con el imperio de la fantasía y del dogma opresor. Sacar al Faraón, el EGO, del trono para que lo ocupe quien es su dueño: el Señor.
Ah, ¿pero qué pasa con los gentiles que no tuvieron esa revelación colectiva insustituible? Para que los gentiles no quedarán a merced de la falsedad, del error, de la fe; es que Dios nombró como Sus sacerdotes al pueblo judío. Ellos que tienen tanta responsabilidad con sus 613 mandamientos, con miles de reglas de vida, ellos que son testigos de Él; pues son los encargados por Dios para enseñar a la gente, mostrar el camino del noájida para el gentil. Esto significa, en parte, ser “luz para las naciones”, que todos puedan beneficiarse del relato en primera persona del pueblo judío; no porque se conviertan al judaísmo, sino porque reciben de los testigos directos la revelación de la verdad de Dios. No por fe, no por creencia, no por la fuerza del imperio, no por engaños; sino compartiendo la verdad a través del relato verídico, mostrando la fidelidad a través de los actos que Dios mandó a los judíos y que estos cumplen.
Pero, ¿qué hacemos cuando algún rabino (con título real o imaginario) habla de la fe? Ser rabino no quiere decir no equivocarse. Ni estar libre del EGO y sus complicaciones. Ni todo lo que se envuelve en papel colorido es alegre y sano. Ni todo lo que se repite como si fuera verdad, es verdad.
Pero, quizás es simplemente un error al querer traducir el concepto hebreo EMUNÁ al español, no tomando en consideración todo el riesgo que implica este pasaje de un mundo de conceptos a otro. Tal vez de “buena fe” creyeron que traducir EMUNÁ por fe era lo correcto. Pero, al ignorar esos maestros traductores muchísimas cosas, pero muchísimas realmente, entre otras la realidad diametralmente opuesta de la religión a la espiritualidad, quizás de “buena fe” usaron la palabra fe creyendo que estaban queriendo decir EMUNÁ. No por ello debemos seguir nosotros repitiendo como burros parlantes el tremendo error, que lleva a cada vez peores situaciones.
Como por ejemplo, un día a algún traductor no judío, ni experto en judaísmo, o al menos no respetuoso de la vivencia judía, ese traductor decidió que ASERET haDIBEROT (el Decálogo) debía ser traducido como “Diez Mandamientos”. PERO, en verdad en esas diez frases hay CATORCE mandamientos y no diez. Claramente al traductor no judío no le importó, o adrede no quiso poner el número real de los mandamientos. De hecho, si revisamos cómo los católicos mencionan estos diez mandamientos rápidamente nos damos cuenta de que no son fieles al texto que nos da la Torá de las Diez Frases. Se supone que ningún judío debiera llamar al Decálogo como Diez Mandamientos, por el simple hecho de ser falso, erróneo, anti Voluntad de Dios que puso 14 y no 10 preceptos allí. Y sin embargo, oh maldición, no faltan los numerosos rabinos, con mucha barba y cuerditas de las orejas, llamando al Decálogo con el espantoso y blasfemo nombre de “Diez Mandamientos”. ¿Quiere decir eso que entonces se abolieron cuatro de los diez? La respuesta es bastante sencilla: esos rabinos, o quien fuera, no están hablando con propiedad. Probablemente sea un problema de traducción… eso quiero creer… y no que están actuando de manera imperdonable, lesiva, contradictoria al Eterno.
En resumen, la EMUNÁ NO ES FE. La fe es del mundo de la idolatría, de la superstición, de la lejanía de Dios y Sus cosas. El que anda por la senda del Eterno usa la voz EMUNÁ, y puede ponerla en español como “convicción”, “creencia firmemente establecida”, “pensamiento elaborado con esfuerzo y estudio”, “un paso más allá del entendimiento, tras agotar todas las vías posibles de comprensión”, pero de ninguna manera permitir que se confunda con “fe”. Menos que menos que se convierta en una herramienta de difusión de religión, que es la antítesis de la espiritualidad.
Y no, la fe nunca ha movido montañas. Tal vez montañas de dinero que pasan de los seguidores de los líderes religiosos a los bolsillos de estos. Pero si alguna vez una montaña, o al menos un otero, fue movido por la fuerza de la fe; por favor, indícame en el Google Maps las coordenadas. Por su parte, la EMUNÁ no predica que tiene el poder de hacer magia, porque no viene del mundo de la superstición. Pero sí logra interesantes resultados promoviendo la acción que modifica positivamente la realidad. ¿Entendiste esta parte?
Para finalizar, ya hemos dicho qué es EMUNÁ concretamente, tanto al pasar en este estudio como en varios anteriores. ¿Te animas a decirnos qué es y cómo se diferencia notablemente de esa pobreza intelectual y ética que es la fe? Gracias, y gracias por difundir este estudio de Tradición, convicción y verdad.
«Tú, oh enemiga mía, no te alegres contra mí; pues aunque caí, me levantaré. Aunque yo habite en tinieblas, el Eterno será mi luz.» (Mijá/Miqueas 7:8)
La enemiga a quien refiere el profeta es cualquiera de las naciones que buscaron destruir a la santa nación judía en su longeva historia. Babilonia, Grecia, Persia, Roma, Damasco, imperialismo cristiano, imperialismo árabe-musulmán y cualquier otra que se ha levantado en nuestra contra. Ella, ellas, se alegran al ver el sufrimiento de Israel. Obtienen un placer insano con el tropiezo de esta nación. Como si su sentido dependiera del fracaso, de la humillación, del oprobio, del exilio de los judíos. Como si oscurecer la Divina Presencia resultara para ellas un motivo de sus existencias.
La nación judía cayó en pozos varias veces, empujada por sus propias banalidades y/o los atropellos de sus enemigos. Se rompió la nariz, se quebró las piernas, quedó lisiada y a veces hasta perdió la voz de tanta angustia y miseria. La oscuridad parecía que ganaba la partida, muchas veces, sin cuenta a esta altura. Como los aciagos días de la Shoá, como cuando el exilio provocado por Roma y mantenido por el imperio cristiano fuera interminable.
Pero, resiliencia es una cualidad del pueblo judío, en su colectivo y en sus individuos. Salir adelante, incorporarse. No quedar atrapados en las redes del dolor, la culpa, la resignación, el remordimiento, la duda, la esterilidad. Sino enterrar a sus muertos, llorarlos, pasar el período saludable de duelo para luego levantarse y volver a construir hasta superar el nivel previo.
Se podrá encerrar en celdas y llevarlos por ideologías erróneas a los judíos. Se los podrá dejar empobrecidos, embrutecidos, diezmados, como sin “esperanza”. Se podrá hacer de cuenta que ese 0.02% de la población mundial ya pronto desaparecerá, comido por sus propios errores, eliminado por la pereza, borrado por el odio de los enemigos.
Pero, aunque sea la tiniebla la que sobresalga; hay una llama sagrada que no puede ser apagada. Aunque los gritos, insultos, agresiones, quejas y ruidos asfixien el sentimiento y pensamiento; hay una pequeña voz santa que es apenas audible que las vence a todas ellas. Por más que den por muerto al pueblo judío y con ello la evidencia de la Conexión con el Creador; el pueblo judío es eterno como el espíritu que los sostiene.
Y así como la santa nación de judía, todas las personas. Estamos todos en tinieblas, las del EGO. Pero la LUZ de la NESHAMÁ (espíritu, chispa Divina) no se consume y permanece siempre radiante. En cada persona.
Ahora que sabes todo esto, es hora de corregir tu camino para extirpar las cuestiones religiosas, supersticiosas; así preparas el regreso triunfal de la LUZ espiritual al centro de tu vida consciente y activa; de donde nunca tuvo que haberse retirado. Es hora de salir de la celdita mental y abrazar el camino de la espiritualidad.
Que no seas vencido por la angustia, ni el sufrimiento, ni enfermedades, ni penurias. Que los obstáculos del diario vivir no sean una muralla que te encierre y mortifique. Que tu esfuerzo y dedicación, aunque no veas frutos evidentes, no decaiga; porque sabes que el exilio va a terminar y el Mashiaj pronto reinará en tu vida.
El exilio tiene un fin, la Era Mesiánica colectivo y/o individual es un hecho. Si tú haces tu parte para que eso acontezca, estás cumpliendo una de tus tareas que te encomendó Dios.
Sin fe, porque tienes el conocimiento. Sin fanatismo, porque tienes confianza. Sin EGO fuera de foco, porque estás iluminado por el Eterno.
El Creador ha puesto una chispa suya en cada elemento de la Creación. Por tanto, hay alguna partícula de santidad, incluso en lo que parece más alejado de Él.
Tu tarea, si decides aceptarla, es tomar conciencia de este mundo invisible y sagrado, para que puedas redimir esas chispas de LUZ. Con cada partícula liberada, encuentras más bendición a tu paso.
No lo olvides y compártelo para que el amanecer nos alcance a todos despiertos y plenos de energía sagrada.