Categoría: Torá

  • Parashat Vaietzé 5782

    La historia con la que comienza la parashá es una continuación de la trama que se venía relatando en la parashá anterior. Ahora encontramos a Yaakov que tiene miedo de su hermano Esav, quien había jurado hacerle daño, por lo que, siguiendo el consejo de su madre, huye en dirección a Jarán, la tierra de los ancestros maternos.
    Esa noche tiene un sueño, que se ha convertido en muy famoso: “Y soñó, y he aquí una escalera puesta en la tierra, y su punta llegaba al cielo; los ángeles de Dios ascienden y descienden por ella”. (Bereshit/Génesis 28:12)
    En lo alto de la escalera, sueña que está Dios, quien promete que esa tierra será de la simiente de Yaacov.
    Al despertar, entiende Yaacov que no ha sido un sueño cualquiera, sino una verdadera visión de carácter espiritual, con un mensaje trascendental para su vida y el de su futura estirpe.
    Por ello, marca el lugar con una piedra sobre la que vierte aceite y llama al lugar Beit El. Además, hizo un juramento: «Si Elohim está conmigo y me guarda en este viaje que realizo, si me da pan para comer y vestido para vestir, y yo vuelvo en paz a la casa de mi padre, el Eterno será mi Elohim. Esta piedra que he puesto como memorial será una casa de Elohim, y de todo lo que me des, el diezmo diezmaré para Ti.» (Bereshit/Génesis 28:20-22). También comprende que está en un sitio de una santidad especial, una verdadera puerta al cielo, tal como él mismo manifiesta explícitamente.
    Continúa la parashá narrando su llegada a Jarán, donde se encuentra con pastores alrededor de un pozo de agua que estaba cubierto por una piedra grande, Era muy pesada, por ello deben esperar a que se junten muchos pastores para quitarla y así abrevar a los animales y llenar sus odres. En eso, Yaacov ve a una bella joven llegando con su rebaño. Sintió una inmediata atracción romántica hacia ella, sin saber aún que era Rajel (su prima), precisamente a cuya casa él pensaba ir a pedir vivienda y trabajo.
    Él se las ingenia para correr, sin ayuda, la piedra de sobre el pozo y luego conversa con su prima, hasta que se van juntos a la casa de ella, para que sea presentado a Laván, su padre y tío del extranjero hebreo.
    El tío recordaba la visita de Eliezer, cuando vino a buscar a Rivcá (su hermana), que era la madre de Yaacov. En aquella oportunidad había recibido una fortuna para que la joven desposara al hebreo. Pero, el actual forastero no tenía nada de valor encima, por lo que le ofrece trabajo a cambio del derecho para casarse con Rajel. Deberá trabajar intensamente siete años para tal fin.
    Los años pasan rápidamente a Yaacov, a causa del amor que sentía.
    Al cabo de ese tiempo, reclama a su novia y se procede a la boda, pero a la mañana siguiente encuentra que ha sido engañado, pues se había casado con la melliza de Rajel, con la hermana mayor Lea.
    Cuando reclama ante su tío y suegro, éste le dice que en su cultura la menor nunca se casa antes que la mayor, por tanto, Lea debía casarse primero. Ahora Yaacov podía trabajar otros siete años para casarse con Rajel; lo cual ocurrió.
    Pasan los años, hay numerosos conflictos en esa familia ensamblada, a la cual se sumaron como concubinas Zilpa (la sierva de Lea) y Bilha (la sierva de Rajel).
    Mientras que Rajel no podía concebir, las otras mujeres de Yaavov sí lo hicieron, en total Leah tiene seis hijos y una hija: Reuven, Shimon, Levi, Yehuda, Isajar, Zebulun y Dina.
    Bilha tiene a Dan y Naftali;  Zilpa a Gad y Asher.
    Finalmente, Rajel tuvo el tan anhelado hijo: Iosef.

    Los problemas de relacionamiento entre Yaacov y su suegro van creciendo, además de que dentro de su propia familia se suceden múltiples engaños, enojos y otras instancias que hacen la convivencia complicada.
    Mientras tanto, Yaacov ha logrado amasar una considerable fortuna y ya siente que ha sido suficiente tiempo en el exilio y es hora de retornar a la tierra de Israel; lo cual hará de manera intempestiva y sin anunciar.
    Esto provoca la persecución de su suegro Laván, el cual tenía intenciones muy poco saludables para la familia de Yaacov, pero el Eterno le impide proceder mal y finalmente entablan un pacto de paz.

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  • El cuerpo y lo que muestra

    En la parashá Toledot encontramos que los gemelos eran idénticos, pero diferentes a simple vista.
    Sin embargo, no eran mellizos, sino gemelos.
    Se diferenciaban por el pelo, ya que uno había nacido tan peludo que eso motivo el nombre que le pusieron: Esav; el que ya «estaba hecho». En tanto que el otro nació lampiño.
    Por lo demás, eran tan parecidos que uno podía pasar por el otro.
    Sin embargo, en la conducta ya manifestaban también disparidad y hasta oposición; pues el peludo era activo, movedizo, agresivo, puro EGO; en tanto que el peladito era tranquilo, reflexivo, manso, calculador, con mayor presencia de la NESHAMÁ.
    Con el correr del tiempo las diferencias se fueron ahondando y los estilos de vida llevaron a que los cuerpos también evidenciaran los intereses y acciones de sus ocupantes; Esav era tosco pero fuerte, grandote, macizo, bien terrenal; en tanto que Iaacov era delgaducho, en apariencia blando, con menos presencia que su hermano.
    Cada uno de ellos con su ideal físico, acorde con el paradigma que sustentaba.
    Aunque, las vicisitudes de la vida llevó a Iaacov a desarrollar gran fuerza y resistencia, se hizo un hombre recio, aprendió a manejarse en este mundo con poder; quizás al punto de que si se hubiera presentado un altercado entre los hermanos, probablemente el que era debilucho en la infancia hubiera vencido al tremendo cazador.
    El cuerpo va evidenciando nuestra manera de vivir, nuestros ideales, nuestros deseos; el cuerpo que reconocemos como yo, y que no es más que un traje pasajero, muy importante pero que no es lo que somos, debiera ser siempre un reflejo de la NESHAMÁ, reduciendo al máximo posible todo aquello que perturba la clara visión nuestra personalidad espiritual.
    Así pues, recuerda que nos somos cuerpo, estamos siendo en un cuerpo; porque lo que somos es eterno y no corresponde a este mundo, sino a la eternidad.

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  • Parashat Toledot 5782

    En la parashá anterior asistimos al final de la vida de la primera generación de nuestra gran familia, pues leímos acerca de la defunción de Sará y Abraham. Pero también se hizo énfasis en la importancia de mantener la tradición, pues se nos contó con detalle la responsabilidad que asumieron nuestros ancestros para que la llama del naciente judaísmo no se apagara.
    Ahora la Torá se enfoca en la nueva generación, al narrarnos algunos aspectos de las vidas de Itzjak y Rivcá.

    Al comienzo mismo de la parashá nos encontramos con  las tefilot de ambos pidiendo a Dios por hijos, pues Rivcá, al igual que había sucedido con Sará, no podía concebir. Dios escucha sus pedidos y queda embarazada, pero no es una gestación sencilla, pues siente muchos dolores. Consulta a Dios al respecto, el cual responde que sus dificultades se deben a que tiene gemelos en el útero, que están como peleando entre sí. Agrega el Eterno en visión profética, que ellos comenzaron una contienda que seguirá por mucho tiempo, y queda anunciado que el menor será quien tenga éxito sobre el mayor. La historia de la compleja relación entre estos dos hermanos será la trama principal del resto de la parashá.

    Al nacer les ponen como nombres Esav y Iaacov, ya desde entonces demuestran que seguirán caminos diametralmente opuestos. Esav es descrito como un hombre que sabe cazar y experto en asuntos de campo, en tanto que Iaacov es descrito como un hombre ingenuo que prefiere quedarse en la casa. Estas diferencias en la naturaleza de los niños también conducen a actitudes diversas de los padres hacia ellos. El padre tiene una mayor afinidad con Esav, en tanto que Rivcá congenia mejor con Iaacov.

    La parashá nos cuenta un momento crucial, cuando Esav vuelve muy cansado del campo, donde estuvo tratando de conseguir alguna presa para comer, pero sin éxito. Al llegar a las casas, ve a su hermano que está preparando un guiso de lentejas rojas. Esav le dice que muere de hambre y que le comparta de esa preparación, a lo cual Iaacov responde que con gusto le dará, pero a cambio del derecho a la primogenitura. Esav siente que está literalmente muriendo de hambre, por ello confirma este extraño trueque, y argumenta que de nada le sirve el derecho a la herencia como primogénito, cuando está a punto de morir de hambre.

    Otro hecho bastante dramático nos trae la parashá. Itzjac siente que está llegando la hora final de su vida y quiere bendecir con el derecho del primogénito a Esav, al parecer no sabía que su hijo había cedido el derecho, y éste no le contó tampoco. Lo llama y le pide que vaya a preparar una rica comida, así estará de buen ánimo para darle una suculenta bendición. Esav sale a cazar para preparar ese platillo, sin saber que su madre había oído todo y ahora le decía a Iaacov que se hiciera pasar por su gemelo, así él era quien obtendría la bendición del padre con todos los beneficios consiguientes.
    Como Itzjac casi no ve, Iaacov se puso la ropa de su hermano, que hedía con su rústico olor habitual, además la madre le puso vellones de lana en los brazos, para que ocultara que era lampiño.
    Estaba disfrazado como su hermano, y así ofreció la rica comida a su padre, el cual comió y bendijo a Iaacov.
    Así pues, Iaacov obtiene lo que había adquirido de Esav a cambio de un plato de lentejas.
    Cuando Esav regresa con su padre, descubre que Iaacov ya había estado por allí, y él asume que le robó su bendición. Queda muy enojado y decide que después de la muerte de su padre, matará al hermano que le quitó tanto la bendición como la primogenitura.

    La madre,  que comprende las intenciones de su hijo mayor, decide actuar y se dirige a su marido para que le indique a Iaacov que vaya a buscar una esposa a su tierra natal, Jarán. Itzjac escucha la idea de su esposa, envía a Jacob, y así salva su vida.

    ¿Cómo se las arreglará en la tierra lejana? ¿Qué mujer encontrará? ¿Y cuándo volverá? ¡Sobre eso continuaremos aprendiendo en la próxima parashá!

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  • Mira bien para que vaya bien

    En la parashá Jaié Sará encontramos el dato de que a la edad de 127 falleció la matriarca Sará.
    De inmediato, la Torá nos brinda un dato que resulta extraño, pues nos informa que ella tuvo una buena vida.
    ¿Cuál sería la extrañeza?
    Pues, sabemos que tuvo que pasar numerosas peripecias bastante desagradables, alguna de las cuales se sucedieron en varias oportunidades o por largos períodos.
    Por ejemplo, tuvo que viajar muy lejos de su entorno para empezar, ya de anciana, una nueva vida.
    Padeció de una época de dura hambruna, que la obligó a emigrar buscando el sustento.
    Fue secuestrada dos veces, salvándose de manera milagrosa antes de ser ejercida mayor violencia sobre ella.
    Pasó años sin hijos, desencantada y sin esperanzas de poder algún día concebir y criar.
    Ya de vieja, dio a luz a un niño, el cual fue maltratado por la mala influencia del hijo mayor de su marido.
    Además, tuvo que soportar el maltrato de su empleada y la agonía de la burla de ella.
    Para luego enterarse de que su esposa había sacrificado al preciado hijo, en un ritual en honor al Dios, lo que le provocó una angustia tal que la llevó a la trágica muerte.
    Estos son solo algunos de los mojones que nos narra la Torá escrita, pudiéndose encontrar otros sinsabores en las leyendas de la Torá oral.
    Sin dudas, parece difícil declarar que fue una buena vida, pero sin embargo, es lo que la Torá afirma y sabemos que no miente.

    Entonces, ¿cómo lo podemos explicar?
    La respuesta está en la forma en que ella veía e interpretaba la vida.
    Porque recordemos, la realidad existe, pero nos relacionamos con ella a través de lo que percibimos e interpretamos de la misma. En ese acto de interpretación, estamos recreando la realidad, haciéndola diferente a un dato frío externo.
    Por tanto, de acuerdo a la perspectiva, es como conseguimos transformar la realidad.

    Cuando afrontamos la vida con una perspectiva positiva, el mundo no cambia mágicamente, el universo no se orquesta para hacernos los mandados, pero sin dudas tendremos una energía mayor para usarla constructivamente.
    En el momento que podemos ver algo de luz en la oscuridad, aunque ésta sea mayoritaria y nos pueda aterrar; ese pedacito de claridad nos dará una intensidad vital favorable, que nos permitirá hacer cosas que desde lo negativo jamás lograríamos.
    Pero además, cuando nos llenamos de quejas, reproches, culpas, excusas, mala onda… ¡estamos desperdiciando energía en cosas que no aportan y no favorecer! Mejor sonreír, tomar aire, y continuar con confianza para hacer aquello que está a nuestro alcance y el resto… que sea Dios el que se encargue…

    Las cosas negativas ocurren, es la lógica de este mundo de limitación, y no hay mágica, ni siquiera la Divina, que lo pueda evitar o eliminar por completo.
    Dios ha decidido que este mundo sea así, de muchísima impotencia, de malos momentos, de fracasos.
    Depende de nosotros como los interpretamos y qué hacemos con esta intepretación.

    Cuando nos damos cuenta de que la vida tiene un propósito más elevado que el aquí y ahora, podemos dejar fluir el estrés de insistir en negar lo negativo, y usar esa energía para algo positivo.
    Como supo aprender a hacer nuestra matriarca Sará.
    Por eso tuvo una buena vida, porque surfeaba las malas olas para encontrar la luz en cada oscuridad.

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  • Jaié Sará 5782

    Si bien la parashá se llama «La vida de Sará», en realidad al comienzo mismo narra su muerte. Fallece nuestra madre Sara, la primera matriarca de la nación hebrea y esposa de nuestro antepasado Abraham.
    Sara murió a la edad de ciento veintisiete años y Abraham lamentó y lloró su muerte. Quiere enterrar a Sara en Jebrón, en una cueva que había conocido varios años atrás, donde descubrió que era el sitio de sepultura de Adán y Eva.
    El dueño del lugar era Efrón el hitita, quien dice estar dispuesto a darle a Avraham una parcela de tierra como regalo, pero Avraham insiste en pagar. Finalmente, el precio convenido fue de 400 shekel de plata, lo que representaba una enorme cantidad de dinero, lo cual permitió a Avraham adquirir la parcela de tierra que incluía la cueva. Notemos que si bien Abraham poseía el derecho divino, y también hereditario, a esa tierra, igualmente prefirió desembolsar dinero, y mucho más de lo que valía, para que nadie le acusara de robar territorios, y para que ninguno luego viniera con quejas.
    Allí fue enterrada nuestra matriarca, en lo que conocemos como la «Mearat haMajpelá», que se puede traducir como «la Cueva de las parejas», pero conocida como «Tumba de los Patriarcas». Ese sería el sitio de enterramiento de la mayoría de patriarcas y matriarcas, al cual podemos visitar incluso hoy, si los ocupantes ilegales (que se hacen llamar palestinos) no se ponen violentos.

    Luego la parashá nos pasa a contar que Isaac ya tiene cuarenta años y es hora de cuidar la continuidad del linaje familiar.
    De manera regular, Itzjac se hubiera encargado de conseguir esposa, y ya hubiera estado casado hace tiempo; pero ni fue el caso.
    Por lo cual, Abraham encomienda a su sirviente más encumbrado a que encuentre para su hijo una esposa. Debía tener en cuenta que fuera de su familia, allá en la lejana zona de Aram, teniendo prohibido emparejar a Isaac con una cananita.
    El mayordomo no sabe cómo encontrar una chica adecuada entre todas las hijas de Aram, por ello pide ayuda de a Dios. Entonces, tiene una idea para poner a prueba a la joven dama que sería la novia excepcional: pediría agua de la joven y si ella le daba y también ofrecía para sus camellos, esa sería la señal de que había tenido éxito en su búsqueda.
    Llega a Aram y se encuentra con Rebeca cerca del pozo de agua. Ella se revela como una mujer agradable y sensible, y es la que pasa exitosamente la prueba, pues ofrece agua no solo para el siervo sino también para sus numerosos camellos.
    Rebeca trae al viajero a su casa como huésped, y cuál no será la sorpresa cuando descubren que Betuel y Abraham son parientes; por tanto, Rebeca e Isaac son primos.
    Todo está saliendo como el siervo había pedido al Eterno, para así cumplir con la voluntad del patriarca.
    El mayordomo cuenta su misión y ofrece a Rebeca casamiento con el hijo de su patrón, con Isaac.
    Los miembros de su familia permiten que ella elija, y la joven acepta.
    El siervo reparte regalos ricos y variados a Rebeca y a toda la familia.
    Tras lo cual, el mayordomo y la joven parten rumbo a la tierra prometida para el encuentro con Isaac y su inmediato casamiento.
    Al conocerse entablan una amorosa relación, pasando ella a vivir en la tienda de Sará y ocupando así el lugar de nueva matriarca de la futura nación de Israel.

    Llegando al final de la parashá, se nos cuenta que Abraham desposó a otra mujer, con la cual tuvo hijos, a los cuales educó y luego hizo partir hacia el oriente, entregándoles sabiduría y regalos. Pero queda claro que su heredero material y especialmente espiritual es Itzjac, y no otro.
    Fallece Abraham y es enterrado por sus hijos (Isaac e Ismael) junto a Sará, en la cueva de Majpelá.
    La parashá cierra contándonos la muerte de Ismael.

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  • La virtud de los sodomitas

    Para entender este post es necesario haber estudiado este post anterior: https://wp.me/p3cYr1-4q3

    A pesar de que los sodomitas son vistos como el punto más alto de la maldad, debemos saber que por el contrario, algo bueno había en su ideología.
    Sin embargo, eso mismo que era un punto bueno, se transformaba en una herramienta del mal, ya que el Sistema de Creencias no permitía que esa semilla creciera, y por tanto se pudría y descomponía las cosas a su alrededor.

    Veamos la semilla buena, que no prosperó en el terreno tenebroso de Sodoma y sus alrededores.
    Un habitante de Sodoma podía dejar su casa abierta, todo el día, todo el año y podía estar absolutamente seguro de que no le faltaría nada, pues no había ladrones en Sodoma.
    Un supermercado se ahorraba en cámaras, cajeras, guardias de seguridad, seguro, porque todos los habitantes pagaban con extrema fidelidad hasta el último gramo de lo que compraran. Nadie se le ocurría siquiera llevarse algo sin pagar.
    Uno podía dejar a sus hijos, si por casualidad nacía alguno y crecía en ese ambiente, que jugara en las calles todo el día y también la noche, porque sabía que lo único malo que le sucedería sería a causa de un accidente, nunca por acción negativa de otro sodomita. Nadie lo violaría, ni raptaría, ni maltrataría.
    En Sodoma todos tenían claro que lo mío es mío, lo tuyo es tuyo, y así debe ser y no debe ser cambiado.
    Y estaban felices con ese estado de situación, al punto de ser extremadamente sádicos con los extranjeros que vinieran a su ciudad y pudieran corromper sus valores tan preciados.

    Por supuesto que esta vida de extremo cuidado por la propiedad del otro, de respeto a lo que es del otro, y así también saber que lo mío es respetado, es una gran cualidad.
    Esa es la buena semilla.

    Pero se pudre en ese terreno estéril de misericordia, de falto de empatía, de ningún deseo de ayudar al prójimo.
    Esta justicia tan extrema es el camino a una vida de ideología única, de negación de las diferencias, de fanatismo discriminador, de odio hacia lo que pudiera alterar su paraíso terrenal.

    Por ello, la cualidad de la severidad debe ser equilibrada con el de la bondad.
    Así pues, nuestra enseñanza habitual de construir SHALOM por medio de pensamientos, palabras y acciones de bondad y justicia. De ambas en su apropiada medida, ya que cuando nos desbarrancamos hacia una sola de las cualidades, provocamos lo contrario al SHALOM.
    Tal como les pasó a los sodomitas.

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  • Pecados de los sodomitas

    El mito (de origen cristiano, no judío) dice que la ciudad de Sodoma estaba llena de «sodomitas», en el sentido de varones homosexuales, lo cual provocó la irá del Señor, por tanto destruyó la ciudad.

    Veamos que nos dice la realidad, cuando contemplamos las enseñanzas de los Sabios judíos:

    La tierra del pueblo de Sodoma estaba llena de árboles frutales, era una zona muy rica en diversos recursos naturales. La gente de Sodoma no quería compartir su riqueza con nadie, ni siquiere si alguien casualmente pasaba por su país. Su prosperidad era exclusiva para ellos, por tanto, hacían todo lo posible para desentenderse de la existencia de extranjeros. Como justa retribución, Dios decidió hacerlos desaparecer y que ellos quedaran olvidados para el mundo.
    (Según el Talmud de Babilonia, Sanhedrin 108)

    Según este midrash, la gente de Sodoma era muy apegada a su riqueza, que en lugar de servirlos, los esclavizó.
    Ellos estaban sometidos por su EGO, envueltos por sus delirios de poder, llenos de codicia y falta de generosidad.
    Su individualismo, su falso nacionalismo, su ideología les negó la apertura hacia el prójimo, la recepción del diferente, la misericordia hacia el necesitado.
    Porque ellos, detestaban a los pobres, ya que demostraban que su paraíso no era perfecto, como lo imaginaban.
    Siendo así, llevaron sus prácticas sádicas a extremos tremendos, como veremos en este otro midrash que describe la terrible actitud de la gente de Sodoma hacia los pobres:

    Cada vez que un pobre llegaba a la ciudad de Sodoma, cada uno le daba una moneda que tenía grabada el nombre del propietario a fin de recuperar la moneda más tarde. El pobre no recibía comida ni bebida de la gente de Sodoma, aunque ofreciera pagarla con la plata que le habían dado. Tampoco lo dejaban marchar de la ciudad. Por tanto, el pobre moría de hambre poco después. Entonces, la gente orgullosa y feliz recogía cada uno su moneda, haciendo desaparecer al pobre y todo lo que él representaba.
    Cierta vez, una joven se compadeció de uno de los pobres y en secreto le dio comida, escondiendo la comida en su jarra.
    Después de tres días, cuando el pobre no murió de hambre, la gente de Sodoma se dio cuenta de que alguien lo estaba alimentando en secreto. Descubrieron quién era la joven que ayudaba a los pobres y, como castigo, untaron su cuerpo con miel y dejaron que las abejas la picaran hasta matarla. Como consecunecia, Dios destruyó a Sodoma en su ciudad.
    (Según el Talmud de Babilonia, Sanhedrin 108)

    Otro midrash de la misma fuente describe la actitud distorsionada de la gente de Sodoma hacia el valor de la igualdad:

    La gente de Sodoma tenía una cama especial en la que se acostaban los invitados. Aspiraban a que todos los invitados encajaran en ella. Si la persona era más baja que la longitud de la cama, se estiraría y si era más alta que la longitud de la cama, se acortaría.
    (Según el Talmud de Babilonia, Sanhedrin 108)

    Como podemos ver, se puede acusar a los sodomitas de acciones espantosas, que realmente hacían, sin tener que recurrir a acusarlos de ser homosexuales y que por ello Dios los destruyó. Me pregunto: ¿qué habrá detrás de los que inventaron el mito de que los sodomitas eran homosexuales y por ello fueron aniquilados?
    Pero, es una pregunta que no responderé, porque eso concierne a los de la religión que inventó esa historia, y sus propios problemas con la sexualidad y el poco entendimiento de la Torá, así como el poco respeto hacia el Creador que entregó la misma al pueblo judío.

    Sin embargo, cabe rescatar que es cierto que los sodomitas eran muy dados a todo tipo de exceso, también en lo sexual, por lo que no se privaban de las relaciones homosexuales aún sin ser homosexuales.
    Esto lo podemos explicar al menos de dos maneras.
    La primera, porque su ideología pregonaba que ellos estaban viviendo en el paraíso terrenal, por tanto, tenían libre acceso a todo lo que se les antojara. Esa era su ideología, disfrutar sus posesiones. Cada uno lo suyo, porque eso es lo normal, lo natural. Como en la ley de la selva, el fuerte se come al débil. No hay piedad, no hay asistencia social, no hay lugar para los débiles. Así era su creencia, así vivían.
    La segunda, que también es parte de la misma ideología, decía que este paraíso en el que vivían debía ser cuidado para que no se corrompiera, por tanto, evitaban en lo posible todo contacto con los extranjeros, no aceptaban a los de fuera. Los de afuera vendrían a traer corrupción a sus valores, querrían consumir sus recursos, impondrían la necesidad de ayudar a los menos favorecidos.
    Eso era un desastre ecológico, a los ojos de los sodomitas. Esto mismo los llevó en un momento a tampoco querer tener hijos; pues eran gente a la que había que aceptar de fuera y que consumirían sus preciosos recursos. Gente débil, necesitada, que reclama ser atendida como si tuvieran derechos. Por lo cual, los hijos no eran bienvenidos, la sociedad envejecería y desaparecería, pero mientras tanto, ellos podrían gozar de lo que poseían sin compartir, sin que les rompieran los esquemas. Para mitigar su deseo sexual y no procrear, mantenían relaciones homosexuales, entre otras prácticas que evitaban la propagación de la especie.
    Sin embargo, no es su sexualidad la que provocó su ruina y desaparición.

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  • Vaierá 5782

    Al comienzo de la parashá,  Abraham está sentado a la entrada de su tienda cuando más calor hacía, padeciendo al tercer día de su circuncisión, que recordemos se la hizo teniendo 99 años de edad.
    De repente aparecen tres pordioseros vagando frente a él. Abraham corre a invitarlos a descansar en su hogar y les ofrece una comida sencilla. Pero luego los agasaja con una gran generosidad. Él  no sabe que esos tres son enviados del Todopoderoso, cada uno de los cuales estaba para cumplir una misión. De pronto, le dicen que pronto sucederá lo increíble: ¡Sará dará a luz a un hijo!
    Ella escucha la charla detrás de una cortina y se ríe pensando que está vieja, su tiempo de concebir hijos naturalmente ha pasado.
    Sin embargo, Dios le informa a Abraham que al cabo del tiempo natural, Sará ya tendrá un bebé en sus brazos.

    Los ángeles se vuelven hacia Sodoma en la misión de Dios: Sodoma es una ciudad de pecado y maldad y Dios decide destruirla. Pero Abraham enterado del asunto, discute con Dios: «¿Cómo es posible que el Juez no haga justicia y mate al justo con el malvado? ¿Quizás hay cincuenta justos dentro de la ciudad?». Así comienzan las negociaciones entre Dios y Abraham sobre el número de justos que pueden mitigar el juicio Divino y provocar que sea salvada la ciudad malvada. Pero ni siquiera diez justos pertenecen a la ciudad, por lo cual, pronto será borrada de la faz de la tierra junto a las ciudades vecinas que la acompañan en su ideología y conducta destructivas.
    Recordemos que el pecado del lugar era un enorme y abusivo egoísmo, una adoración del yo inflado y exageradamente valorado, lo cual llevaba al desprecio de la vida, de la diversidad, de la familia, de la generosidad. Se equivocan aquellos que dicen que el pecado de los sodomitas que llevó a tan extremo enojo del Creador tiene que ver con la homosexualidad, si bien las prácticas sexuales entre los del mismo sexo eran moneda corriente allí.

    Los ángeles llegan a Sodoma. Están alojados en la casa de Lot, y la gente de Sodoma intenta sacarlos de allí y abusar de ellos. Lot protege a sus invitados y los ángeles se encargan de salvarlo a él y a su familia. Advierten a los fugitivos: ¡no miren atrás!
    Fuego y azufre caen del cielo y la esposa de Lot miró hacia atrás, quedando convertida en una estatua de sal.

    La parashá pasa al siguiente tema, que es cuando Abraham y Sara emigran y llegan a la tierra Guerar. Abraham nuevamente tiene miedo de que si se enteran de que él es el marido de Sara, lo matarán para que el rey Abimelej se quede con ella. Entonces, otra vez dicen que son hermanos. El rey le lleva a Sara y Dios interviene, aparece ante el rey en un sueño y lo reprende severamente. Le informa al rey que solo si Abraham ora por él, vivirá. El rey se disculpa, libera a Sara, le da a ella y a Abraham regalos. Abraham ora y Avimelej se salva.

    Luego, la Torá nos cuenta que finalmente a la anciana pareja les nació un hijo, a quien le pusieron el nombre de Itzjac. En parte, como memoria de la risa de Sará cuando escuchó la noticia de que tendría de tan anciana a su hijo. Pero también indicando que ese niño es el que trajo por fin alegría al hogar.
    Después del regocijo y el banquete vienen los celos y la competencia, pues la sierva Agar y su hijo Ishmael se comportan de manera muy díscola. Maltratan a Itjac, lo quieren llevar por un mal camino. Sara le pide a Abraham que expulse a Agar y también a su hijo. La petición hiere a Abraham, pero Dios le instruye: «Todo lo que Sara te diga, escúchale».
    Entonces, Abraham expulsa a Agar e Ismael.
    Los dos llegan al desierto donde se encuentran con el ángel de Dios que consuela a Agar, le asegura que el hijo crecerá y se hará más fuerte y entonces, se abren los ojos de ella y ve que hay allí un pozo de agua que les permitirá sobrevivir. Ishmael se hace experto en arquería y  se casa.

    Luego la parashá nos cuenta de la alianza que establecen el rey Avimelej y Abraham hacen una alianza y fundan Beer Sheva.

    Al final de la parashá tiene lugar una de las historias más famosas de la Torá. Dios prueba por décima oportunidad a Abraham con una dura prueba, esta vez le pide que eleve a su hijo, al querido, a Itzjac en el monte Moriá.
    Abraham obedece y comienza a prepararse para sacrificar a su único hijo y luego, cuando el cuchillo ya ha sido levantado sobre el cuello de Isaac, ¡el ángel de Dios lo detiene y le dice a Abraham que no lastime a su hijo! Abraham superó la prueba y demostró su total lealtad a Dios. Dios lo bendice porque en virtud de su integridad, sus descendientes se multiplicarán y serán multitudes.

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  • Aprendemos del patriarca Abraham

    Te mencionaré algunas de las muchas cosas que podemos aprender del patriarca de los judíos, Abraham, en la parashá Lej Lejá y en los comentarios tradicionales acerca de ella:

    • Supo romper con las ideologías sin dar excusas para continuar siendo servil a ninguna de ellas.
    • No tenía miedo de ser diferente, cuando era necesario serlo.
    • Sabía que no hay nada permanente en este mundo, por tanto, soltaba, dejaba ir, fluía sin aferrarse inútilmente.
    • Sin embargo, se tomó el tiempo para diseñar al menos un objetivo trascendente para su vida, y se dedicó a conseguirlo.
    • Cambiaba, cuando era necesario hacerlo.
    • Tenía claro que, cuando las cosas terminaron, terminaron. No hay ventaja en pretender lo contrario, o en atar aquello que tiene que permanecer desatado.
    • Se mantenía calmado, en paz, a pesar de que el mundo alrededor pareciera estar cayendo a pedazos.
    • Dejaba que la gente comentara, opinara, se enojara, divergiera; porque él no era el dueño de las creencias de nadie.
    • Amaba al prójimo, por tanto quería su bien y evitaba en lo posible su mal.
    • Sabía que él era un eslabón y no toda la cadena; sin embargo, sin él, la cadena no existiría.
    • Tenía paciencia y ánimo para sostenerla.
    • Su mente era inquieta, pero su corazón permanecía en paz.
    • No se dejaba doblegar por los pendencieros, aunque fueran fuertes y dispuestos a hacérselo notar.
    • Tenía claro que en el mundo hay un Amo, aunque no lo hubiera aún conocido.
    • Era generoso, porque entendía que lo único que nos queda al final del día, es aquello que hemos compartido sin esperar nada a cambio.
    • Cuando la situación ameritaba el uso de la fuerza, no tenía inconveniente en usarla.
    • Era amable, pero firme.
    • Era firme, pero no rígido.
    • Era aventurero, pero no por aburrimiento o por las ganas de demostrar que era mejor que otros.
    • Sabía que perder es parte de la fórmula del éxito.
    • No le hacía asco al esfuerzo, porque poco se consigue que valga la pena sin esfuerzo.
    • Tenía en cuenta que todo es un aprendizaje, aunque algunos son más duros de soportar que otros.
    • Su vida era un viaje, lleno de idas y pocas llegadas.
    • No pretendía fundar religión alguna, pero sí que los de su entorno y su familia tomaran conciencia de que somos seres espirituales en un tránsito terrenal.
    • Aquello que no se consigue hoy, quizás se consiga mañana o tal vez quede para algún otro tiempo, lugar y persona.

    ¿Cuáles de estas enseñanzas las quieres incorporar a tu vida?

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  • Romper las ideologías es romper la idolatría

    « Avram se fue, como el Eterno le había dicho, y Lot fue con él. Avram tenía 75 años cuando salió de Jarán.»
    (Bereshit/Génesis 12:2-4)

    Desde que nacemos vamos armando nuestro Sistema de Creencias, que se compone de montón de elementos, muchos de ellos inaccesibles para nuestra mente consciente.
    Van ahí mandatos de los padres, la moral de la sociedad, los imperativos de los grupos a los que uno se afilia, los resultados de la lucha contra el EGO, el llamado tenue de la voz de la NESHAMÁ que somos, propaganda, fragmentos de creencias que vamos recogiendo sin darnos cuenta y algunas cosas más.
    Es a través de este SC que vamos interpretando nuestra existencia, haciendo de cuenta que le damos sentido a lo que pasa, nos pasa, queremos, nos duele, nos alegra, perdemos, etc.
    Es decir, miramos el mundo a través de los lentes del SC, al mismo tiempo que vamos rearmando ese SC con los acontecimientos que vivenciamos.
    Llegamos a un punto en nuestro crecimiento que el SC se va anquilosando, volviendo más pesado, rígido, petrificado. Ya no es un sistema vivo, que se modifica, muta, cambia (para mejor o peor); sino que se va repitiendo a sí mismo, se queda cada vez más quieto, repetitivo, aniquilador. Por ello también se esfuerza en preservarse a sí mismo, negándose a cambiar, porque el cambio implica angustia, esfuerzo, moverse, aprender, desaprender, dejar de estar seguro.
    Entonces, pasamos por la vida aferrados a un SC que quizás no sea el más saludable, equilibrado, positivo, bueno, para nosotros y quienes nos rodean.
    Pero, es el SC que pudimos armar, y que sentimos, creemos, que nos pertenece, que nos representa, que no podemos vivir sin él.

    El patriarca de los judíos, Abraham, desde muy, pero muy pequeño aprendió a romper con los ídolos, con las ideologías.
    No dejaba que su SC se convirtiera en un rey viejo y descarado, que lo hiciera esclavo y lo momificara en una existencia hueca y pesada.
    Abraham cada día comenzaba su reestructura, abierto al cambio, dispuesto a cambiar y a ayudar a quien quisiera a hacerlo.
    Lo cual le creaba innumerables conflictos con el mundo servil en el cual vivía.
    Abraham tuvo que aprender a soltar, de dejar ir, a no aferrarse a nada; hasta que a los 75 años de edad, el propio Dios le confirmó que su camino era el camino correcto.
    NO porque estuviera haciendo una vida religiosa, o buscando inventar alguna religión; sino porque estaba expresando la verdadera espiritualidad, aquello que Dios espera de cada uno de nosotros.

    Se lo confirmó varios años más tarde:

    «Avram tenía 99 años cuando el Eterno se le reveló y le dijo: –Yo soy El Shadai [Dios Todopoderoso]; camina delante de Mí y sé íntegro.»
    (Bereshit/Génesis 17:1)

    Era lo que el patriarca venía haciendo sin pausa, pero ahora con el beneplácito expreso del Creador.
    Quizás es una invitación para cada uno de nosotros, para ser íntegros delante de Dios y caminar así con satisfacción por este mundo hacia un espléndido futuro.

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  • El ánimo del que es bendito

    «וַיֵּ֣לֶךְ אַבְרָ֗ם כַּֽאֲשֶׁ֨ר דִּבֶּ֤ר אֵלָיו֙ יְהוָ֔ה וַיֵּ֥לֶךְ אִתּ֖וֹ ל֑וֹט וְאַבְרָ֗ם בֶּן־חָמֵ֤שׁ שָׁנִים֙ וְשִׁבְעִ֣ים שָׁנָ֔ה בְּצֵאת֖וֹ מֵֽחָרָֽן :
    Avram se fue, como el Eterno le había dicho, y Lot fue con él. Avram tenía 75 años cuando salió de Jarán.»
    (Bereshit/Génesis 12:4)

    Abraham tenía setenta y cinco años cuando Dios por primera vez habló con él y le ordenó dejar todo lo que había construido a lo largo de su vida, sus relaciones, sus conocidos, sus vínculos, sus posesiones terrenales, para comenzar una nueva vida en un lugar misterioso.
    No tenía certeza de que la voz que le ordenó esa cosa tan descabellada fuera verdadera, que no existiera solamente en su imaginación.
    No había una Torá que le indicara que había recibido una invocación profética, ni contaba con maestros a mano para que le explicaran aquellos conocimientos que del mundo espiritual se conocen.
    Era meramente una voz resonando en su mente, que le ordenaba hacer algo inconcebible, que podía resultar en una enorme pérdida para él.

    Nosotros, los judíos que somos sus descendientes y contamos con el relato de la Torá y las explicaciones de los maestros, sabemos que estuvo acertada su decisión y que no estaba siendo movido por algún delirio religioso, sino por el llamado profético.
    Era en verdad el Creador que le estaba convocando a hacer una evolución en la humanidad, porque Abram había tomado la iniciativa por voluntad propia.

    Podríamos hacer algunas preguntas muy obvias, pero que no dejan de ser necesarias.
    ¿Por qué había dejado pasar Dios hasta entonces para entablar comunicación?
    ¿Qué botón espiritual había pulsado Abram para que Dios se revelara así en su vida?
    ¿Qué hizo que Dios se volviera hacia él y no hacia nadie más?
    ¿Qué estaba sucediendo en su entorno para que todo esto pudiera darse?
    ¿Habrá conductas que podamos introducir a nuestras vidas para que sigamos el ejemplo de nuestro patriarca?
    ¿Qué clase de persona hay que ser para animarse a dejar todo y comenzar desde cero siendo tan mayor?
    ¿Cómo se hace para ser el canal de la bendición divina, aquella que afecta positivamente «A ti y a tu descendencia»?
    ¿Por qué Dios es tan incisivo declarando la importante de aquella tierra para la familia de Abram?
    ¿Por qué Dios en modo alguno menciona que pretende crear una religión o fomentar alguna creencia religiosa, sino que insiste en que está llamando a Abram a que sea padre de una gran familia, de una enorme nación y del lugar para esta?
    ¿Cómo se animó Abram a desafiar al Sistema de Creencias ideológico establecido como verdad, para vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios, incluso antes de que Éste se le revelara?
    ¿Qué predispone a la persona a ser bendita y de bendición, en lugar de ser un repetidor de ideologías y por tanto de idolatrías?

    Podríamos continuar con las preguntas, pero me parece que con estas tenemos bastante para interiorizarnos.
    Debes saber que las respuestas que puedas dar son todas respetables, pero no por ello aceptables, ya que cualquiera pueda inventar lo que se le ocurra, absolutamente cualquier delirio, hasta el más demencial. Como te dije, la opinión es libre en el mundo occidental, por tanto, las respuestas podrán ser tan originales y descabelladas, acertadas y correctas, como personas haya, y situaciones atraviesen a esas personas.
    Pero, no por respetar la manía de opinar de la gente acerca de cualquier cosa, debemos admitir que están dando respuestas válidas, ciertas, valiosas.
    De hecho, las religiones (que son antítesis de la espiritualidad) manejan las suyas propias y suelen ser tan disparatadas que ni siquiera vale la pena perder el tiempo atendiéndolas.
    Lo necesario es buscar verdadera enseñanza, aquella que nace en fuentes originales, que no buscan imponer ideologías, sino destacar la verdad por sobre la preferencia personal.
    Así pues, estás invitado a divagar y a tratar de inventar tus relatos; pero es una invitación mucho más interesante a que con humildad bebas de las fuentes de agua de vida, que llena de conocimiento y nutrientes.
    Es que, ya no tenemos necesidad de estar andando a oscuras, como hizo el patriarca de los judíos, pues tenemos casi 4.000 años de historia, de enseñanzas, de maestros que enseñan a los maestros de las generaciones siguientes.

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  • Leja Lejá 5782

    En esta parashá nos encontramos por primera vez con Abram, él es Abraham nuestro padre; el gran filósofo; el líder espiritual y social; el que se posicionaba frente a las ideologías con su presencia destacada: el que sabía desprenderse de personas, lugares y cosas; aquel que podemos llamar fundador de la nación hebrea.
    La Torá escrita no nos dice quién es Abraham y por qué Dios se le revela, aunque la Torá oral abunda en detalles y llena las lagunas que pudieran quedar.
    Como suele ocurrir, la faceta escrita de la Torá es como la parte visible del témpano de hielo, que puede parecer enorme y descomunal; pero realmente empequeñece si nos animamos a mirar bajo la línea de visión, pues en la profundidad descubrimos la magnitud inmensa que es parte inequívoca del témpano.
    Decenas, sino centenas, de relatos y observaciones nos trae la Torá oral, pero en sí, la parte escrita es breve, no dedica más que dos parshiot a este impresionante personaje.

    En el mismo comienzo de la parashá leemos:

    “Y el Eterno dijo a Abram: Ve, sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo mostraré.»

    Es con este mandato de Dios a Abraham que nos encontramos por primera vez con él.
    Este perfecto desconocido para el lector desprevenido de la Torá, recibe de improviso la orden de levantarse y comenzar de nuevo.
    Debe ser valiente para atreverse a embarcar en un viaje a una tierra desconocida, porque la voz que resonaba en su mente no le había dicho cuál era su destino.
    Abram debía estar dispuesto a dejar todo para seguir el imperativo de esa voz que tronaba en su mente, pero era inaudible para el oído.
    La voz que le decía que se fuera y dejara todo, para afincarse en un lugar misterioso, que nosotros sabemos se llamaba en aquel entonces como tierra de Canaán, aunque en verdad era la tierra de Eber, su antiguo antepasado, del cual provienen precisamente los hebreos.
    Eber había partido de esa tierra con la esperanza de volver pronto, pero las inclemencias de la historia lo llevaron a afincarse en tierras extrañas, a procrear allí, a armar su familia y descendencia en este nuevo lugar de residencia, al que él no consideraba hogar, sino refugio temporal. Eber murió, con el anhelo de retornar a su tierra, agradecido con la nueva tierra, que sin embargo no era su patria. De a poco algunos de sus descendientes fueron olvidando su lugar de origen, su intención de retornar allí. Pero hubo alguno que se mantuvo leal a esa esperanza, uno de ellos fue Teraj, padre de Abram.
    Cuando las circunstancias lo permitieron, o lo motivaron, partió Teraj con su familia hacia la tierra de los anhelos, pero nuevas vicisitudes le impidieron continuar su camino.
    Hasta que, de la nada, la voz instruyó a Abram a continuar el legado familiar.
    Esta historia se repitió a lo largo de los siglos, en varias ocasiones, con diferentes personajes. Pero todos ellos descendientes de Eber y de Abram, los hebreos y más tarde judíos que fueron esparcidos por el mundo pero no perdieron su cariño por la tierra de Israel, por Sión.

    Sin embargo, volvamos a Abram, aquel que cree en un solo Dios, cuando casi por completo la humanidad Lo había olvidado.
    No fue el primer monoteísta, porque sin dudas que Adam y Javá lo eran, Shet lo fue, Noaj, Shem, Eber, entre otros.
    Por eso, no es correcto proclamar a Abram como el padre del monoteísmo, su inventor, ya que no corresponde con la historia ni con el relato del Tanaj.
    Lo cierto es que Abram reencuentra a Dios, pero antes pasó por un período de dudas, de conflictos, de quebrar su Sistema de Creencias, de ser agnóstico, hasta que finalmente Dios se revela con ese pedido, esa exhortación de dejar todo su mundo y trasladarse hacia la nueva/vieja tierra.

    Dios promete su bendición a Abraham y sus descendientes.
    Le dice que hará de su familia una gran nación y de ninguna manera habla de «religión», ni nada que se la parezca.
    Todo el tiempo es acerca de una gran familia que traerá bendición a quien la bendiga, y que estará vinculada a determinada tierra.
    Pero no se menciona religión, ni creencias, ni rituales, no cosas por el estilo.

    Luego la parashá continúa con Abram, que se caracteriza por sus muchos vagabundeos en el camino hacia y dentro de la Tierra de Israel. Durante la hambruna en la Tierra de Israel, Abraham y su familia emigraron a Egipto. Allí tiene lugar un «incidente diplomático» entre Abraham y el faraón, rey de Egipto, debido a la belleza de Sara. Abraham no es el único que viaja a menudo, Lot (su sobrino) también se aleja de la familia y se vuelve hacia Sodoma. La decisión de mudarse a Sodoma se toma después de que los pastores de Abraham se pelean con los pastores de Lot. Abraham mediando para que haya paz, ofrece a que sea Lot quien escoja el lugar que prefiere para afuncarse, y Lot elige Sodoma, pues en aquella época era un zona maravillosamente rica, abundante en prados, muy fértil y buena para la crianza del ganado.
    Así que se separaron, pero siguieron siendo buenos amigos.

    La parashá  también habla de una guerra de los cuatro reyes contra otros cinco reyes. Durante la guerra, Lot cae cautivo y Abraham se propone liberarlo. Después de la guerra, Dios hace un pacto con Abrahamel famoso «brit bein habetarim», y promete la tierra de Israel a la simiente de Abraham, el pueblo de Israel.

    Más adelante nos cuenta la parashá que Sarai, como se llamaba Sará, nuestra madre, la esposa de Abram, no puede dar a luz. Ella sugiere que la esclava Agar esté con Abraham y dé a luz un hijo en su lugar. Agar queda embarazada y la menosprecia por no poder concebir. Sará se reclama a Abram quien le dice: ¡esta es tu sierva! Tiene derecho a decidir cómo la trata. Sará trata a Agar con dureza y Agar huye de casa, entonces, un enviado de Dios se le apareció, le indicó que regresara a su casa y le aseguró que su hijo, Ismael, también tendría muchos descendientes. Agar regresa a casa y da a luz a Ismael, el hijo mayor de Abraham.

    Al final de la parashá, Dios se revela a Abraham y junto con promesas adicionales sobre la multiplicidad de sus descendientes y la herencia de la Tierra de Israel, Dios cambia los nombres de Abram y Sarai a Abraham y Sará y ordena la circuncisión. El mismo Abraham a la edad de 99 se la realiza, así como también a su hijo Ismael, de 13 años.
    Concluye la parashá con la promesa de Dios, de que Abraham y Sará tendrán al hijo tan anhelado: Isaac.

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