Categoría: Torá

  • Parashá Noaj 5782

    Debes haber oído hablar del arca de Noé, y también del hecho de que Noé y su familia y los animales que llevaron con ellos se salvaron de morir a causa del diluvio.
    Es que, la historia del diluvio es una de las más famosas de la humanidad, cuenta con varias versiones, una de las cuales es la que encontramos en la Torá. Ésta es la versión dada por el único testigo presencial, Dios. Las otras historias que se escribieron y contaron, previamente o posteriormente, se armaron a través del recuerdo, luego de pasado mucho tiempo. Contienen trozos de información real y porciones de ficción, encontrándose la versión verdadera en la Torá, por más que no fue la primera en ser escrita (lo repito).
    Si quieres entretenerte con este tema, te sugiero este video que hemos publicado al respecto:

    Pero, ¿qué provocó realmente esta inundación?
    Más allá de lo que digan las versiones folclóricas, las que contienen trozos de verdad, pero también de ficción; ¿qué dice la versión verdadera, la de la Torá?

    El mundo fue creado y dado para que los humanos se encarguen de cuidarlo, desarrollarlo y también disfrutar de él.
    Para conseguirlo, el Creador proveyó de varios instrumentos, uno de los cuales fueron los mandamientos dados a Adam, y a través suyo a toda la humanidad.
    Pero, han pasado varias generaciones, la humanidad se está multiplicando y las obras de los seres humanos son realmente inmorales. Las personas son malas entre sí, están corrompiendo el ambiente, se olvidaron de Dios y se llenaron de magia, superstición, religión, vanidad y otras cosas que no hacen bien a la persona, ni a la sociedad, ni al ecosistema.

    Dios decide hacer un reseteo de lo creado en esta tierra.
    Elige a Noé para que se salve y se encargue de ser el socio humano en este nuevo inicio.
    Noaj, a pesar del entorno tan negativo, logró ser un hombre justo e inocente, por tanto, era el mejor en su momento para ser el socio de Dios y el gerente de la nueva tierra.
    Quizás no era el más espléndido de los humanos, si lo comparamos con otros a lo largo de la historia, pero en su época y situación, era excepcional. Probablemente, también en nuestra época lo fuera.
    Dios le ordena que construya una nave enorme en la que pondrá todos los animales. Dos de cada especie, un macho y una hembra para asegurar la reproducción. De los animales que eran considerados puros en su tiempo, salvaría siete parejas.

    Noé obedece las instrucciones de Dios y construye un arca, de acuerdo con las medidas y directivas exactas que Dios le ha prescrito. Inmediatamente después, Noé, su esposa, sus tres hijos: Sem, Cam y Yefet, y sus esposas, entran en la nave junto con todos los animales.
    Dios se encargó de que los animales llegaran a tomar el crucero.

    Luego, inicia la lluvia. Al principio era suave, mansa, nada inquietante. Pero de a poco la tormenta se convierte en feroz, y las aguas cubren la faz de la tierra e incluso las altas montañas. El arca navegó ciento cincuenta días, hasta que cesó el diluvio.

    El arca queda encallada en el monte Ararat. Noaj quiere comprobar si el agua ha bajado y ya pueden salir y pisar el suelo. Para ello, envía primero una paloma y un cuervo. Tras varios intentos y una tensa espera, la paloma regresa con una hoja de olivo en la boca. Para estar seguro, la envían de nuevo. Después de siete días de espera, y luego de que la paloma no regresa, Noaj decide echar un vistazo y ver qué pasa afuera. Dios le instruye a él y a todos sus acompañantes a salir de la nave.

    Cuando salen del arca, Noé construye un altar a Dios y le ofrece sacrificios. Dios decide en Su corazón que nunca habrá otro diluvio en la tierra. La tierra no volverá a ser destruida por medio del agua, y las estaciones llegarán en orden sin que una inundación interfiera con ellas. Como señal del pacto, Dios le da un nuevo simbolismo al arco iris en las nubes. Así mismo, reitera los siete mandamientos que la humanidad ya tenía desde su origen, esos mismos que siguen vigente en la actulidad y son llamados mandamientos para las naciones o los mandamientos noájicos o los sheva mitzvot debenei Noaj.

    Tras lo cual, la humanidad se divide y crece: los hijos de Noé dan a luz y se mudan a diferentes lugares.

    Otra historia en la parashá Noaj es la Torre de Babel. La humanidad está creciendo y expandiéndose, extendiéndose por diferentes partes del mundo, sin embargo, predominaba una ideología única. No se habían abierto a la pluralidad de pensamiento, ni siquiera se les ocurría la posibilidad de ejercer la crítica. Simplemente, creían en un Sistema de Creencias único y monolítico. En uno de los lugares llamado Valle de Shinar, la gente se unió y decidió construir una ciudad y una torre con material y ladrillos. La intención era rebelarse contra Dios, mostrar que ellos podían quebrantar a Dios, robarle Su poder, ser autónomos y vivir de acuerdo a sus propias reglas.

    Dios decide frustrar su plan al confundir su Sistema de Creencias, haciendo que ahora surjan las divisiones, las diferencias, las críticas, con lo cual también los nuevos lenguajes. La uniformidad mental lleva a una vida terrible, ahora, con la ideología única quebrada, las personas se contradecían, no se entiendan. Algunos dicen que aquí es donde nacieron los idiomas del mundo. Debido a la confusión mental que se originó, el lugar se llama ‘Babilonia’, de la palabra hebrea «bilbul», que es mezcla, confusión.
    Otros dicen que Babel viene de «Puerta al Cielo», en idioma arameo, pues eso es lo que ellos querían construir con esa torre; pero finalmente cerraron para ellos las puertas del entendimiento espiritual por esclavizarse a los Sistemas de Creencias corruptos.
    Finalmente, las personas se esparcen por todas partes, no se queden juntas, porque no toleran las diferencias que hay entre ellos.

  • Bereshit 5782

    Podría haber comenzado en cualquier otro momento, pero el autor sagrado decidió que fuera por la creación del universo.
    De hecho, hasta nos cuenta dos perspectivas diferentes de la creación.
    En la primera el mundo fue creado en los seis períodos (que se suele traducir como días) de la creación. Cada ciclo, Dios creaba otra capa de la complejidad que compone nuestro mundo. Nos habla del cosmos, de la majestuosidad del espacio, del infinito, de lo terrible, de los abismos, de lo espléndido, de las criaturas, de la impresionante diversidad y pluralidad de lo existente. Y sí, también nos relata de una forma la aparición de la especie humana, tan parecida a otras, pero tan diferente también.

    El primer día, la energía, llamada en este caso como luz, fue creada y separada de la oscuridad. En el segundo, se creó el espacio y se le dio el nombre de ‘cielo’. En el tercero, se recogió el agua y Dios separó el mar de la tierra, y surgió el mundo vegetal. El cuarto período fue cuando aparecieron a la vista las luminarias: el sol, la luna y las estrellas. El quinto día, brota la vida animal. En el siguiente ciclo es que se distinguen las bestias, tras lo cual es creado Adam, el humano, que era macho y hembra. Hasta aquí la creación, que es sucedida por el séptimo tiempo, el tiempo de Shabat Menujá, es decir de cesar y reposar. Dios no se cansa, pero sí que detuvo su actividad creadora, cesó de ella, para que a partir de ese momento los eventos se desencadenaran, fueran evolucionando, se desarrollara aquello que estaba en semilla desde el momento de la creación. El séptimo día fue santificado, es decir, puesto aparte del resto, pues hubo seis etapas de creación, en tanto que a partir de ahora lo que había es desarrollo, crecimiento.

    Entonces el enfoque narrativo cambia, y pasamos a la segunda perspectiva de la creación.
    No es una tradición alternativa, no es un autor ignorante de lo escrito en el primer capítulo.
    Tampoco es una historia que reniega de lo ya contado, sino que es otro punto de vista.
    Ahora el foco estará en el humano, ya no en la impresionante magnitud del todo y sus partes.
    Dios creó al humano, y diera la impresión de que fuera hombre, en lugar de estar claro y evidente que era un ser macho-hembra, como fue especificado pocos renglones antes.
    Ese humano, que no sabemos en realidad su sexo, fue ubicado en un lugar, en el cual se plantó un jardín. El humano recibió la orden de trabajar y cuidar la tierra.
    Hasta ese punto la narrativa está centrada en el humano, pues se nos indica cuál es la misión del hombre en la tierra, que se espera de él/ella.
    No es una mota de nada en medio de un cosmos inconmensurable, sino una preciosa creación del Creador, que está atento a que su criatura sepa que tiene una tarea por delante y que es importante que la cumpla.
    Hay un Socio que se hizo a un socio, y espera que sean compadres en una sociedad de bienestar.
    Pero también el Creador le dice al humano que coma de todos los frutos, que disfrute de este mundo, pues no solo está acá para trabajar y cuidarlo, sino también para obtener buen placer, que es aquel que le está permitido. Pues, el Dios ha dado la orden de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.
    Está el mundo repleto de bondades para deleitarse, y solamente un objeto prohibido, lo cual hace que el placer sea aún más disfrutable.
    Pero, el humano se siente solo, porque no encuentra con quien compartir su vida, que se conecte con él/ella.
    Entonces el Creador separa al humano en dos seres, uno varón y otra mujer.
    La mujer es llamada Javá, Eva en español, que hace alusión a su capacidad de ser procreadora, de cargar con vida y traerla a este mundo.
    Entonces el serpiente, (vaya uno a saber qué especie era realmente, siempre y cuando el relato sea literal y no una metáfora de cuestiones que ocurrieron en un plano  de creación diferente al terrenal que habitamos) trampea en su discurso y tienta a Eva a probar del árbol prohibido, tras lo cual ella ofrece a su hombre para comer del fruto prohibido.
    El varón recibe la oportunidad, por parte de Dios, para confesar su tropiezo y hacer TESHUVÁ, pero en su lugar escoge regañar a Dios, echar culpas, hacerse la víctima. La mujer inculpa a serpiente. Entonces, Dios castiga a los tres. Serpiente está condenado a arrastrarse sobre su vientre todos los días, el hombre está condenado a una vida de arduo trabajo y la mujer a las penurias del parto. Además, Adán y Eva son expulsados ​​del cielo.

    Nacen los primeros hijos de Eva, Caín y Abel. Cada uno ofrece una ofrenda ante Dios. Dios solo acepta la de Abel. Caín está celoso y mata a su hermano Abel. Teniendo la oportunidad de rectificarse, de hacer TESHUVÁ, prefiere responder de manera rebelde, tras lo cual fue castigado por esto debiendo vagar por la tierra y llevando la señal de Caín en su frente por el resto de su vida.

    Al final de la parashá se cuenta la historia de los primeros hombres, quién dio a luz a quién y cuánto tiempo vivió (¡el más longevo registrado fue Matusalén, que murió a la edad de 969 años!). También conocemos a Noaj, de quien escucharemos en detalle en la siguiente parashá, llamada en su nombre.

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  • Respuesta 6173 – No hay tal cosa como sacrificios de humanos para Dios

    Estimado More,

    Tengo poco entendimiento con Jueces 11:30-40.

    1- Mucho se ha senalado que los judios sacrificaban sus Hijos a su Dios.

    2- Sabemos que esta acusacion son falsas .Pero los versiculos senalados se pudieran interpreter que los sacrificios humanos en aquella epoca eran aceptados y peor aun es que Hashem los aceptara.

    En estos pasajes vemos como
    3- Jephthah hace un acuerdo de derramamiento sangre con Hashem para que asi le otorgue victoria en la querra por venir .

    4- En estos pasajes vemos como Jephthah se ve obligado a sacrificar a su
    bella y inocente hija debido a su compromiso.

    5- A Pesar que en Leviticus 18:21 claramente lo tiene prohibido.

    Deseo educarme y adquirir sabiduria ya que en varias ocasiones me han hecho esta pregunta.

    6- Es cierto que los Judios sacrificaban a sus hijos a Dios?

    Quedo pendiente a su muy amable respuesta.

    Shalom y Bendiciones.

    (más…)

  • Haazinu 5782

    La parshá Haazinu es una de las más notables de la Torá, al menos por dos motivos.
    La primera, visualmente se la distingue del resto del texto de la Torá, cuando nos fijamos en un rollo kasher de Torá. Alguien que no sepa leer una letra en hebreo, si abre un sefer Torá y echa un vistazo, de inmediato puede distinguirla. En lugar de líneas largas y párrafos completos, encontrará dos columnas largas de palabras cortas. Como si de una poesía se tratara.
    Precisamente, es esta la segunda cuestión notable de la parashá, pues, efectivamente es una poesía, un canto, en su mayor parte. Es tan importante que su autor, Moisés, invita a que el cosmos entero le preste atención, tal como inicia la parashá: «Oigan los cielos que hablaré; que la tierra escuche, las palabras de mi boca».

    El anciano Moisés está de pie ante los hijos de Israel, ellos pronto entrarán en la Tierra Prometida.
    Él no los acompañará, ya no es más su líder político, pero los conoce y sabe que son impacientes e incrédulos, además que están acostumbrados a recibir ayudar para solventar todos sus inconvenientes. Es que, durante los cuarenta años de permanencia en por el desierto, les proporcionaron comida y agua, escucharon sus muchas quejas y se ocuparon de ellos, les brindaron refugio y protección; aunque, una y otra vez buscaron regresar a Egipto y resbalaban trágicamente de su fidelidad a Dios.

    Su historia reciente pone en evidencia que ellos no eran precisamente un grupo fuerte y acostumbrado a lidiar con todos los desafíos que representa el asentamiento en una nueva tierra y el desarrollo de la vida en ella. Moshé tiene sus dudas, porque, aunque confía plenamente en Dios y que Él hará Su parte, teme por la conducta de su pueblo. Sabe que son como niños sin experiencia, como personas que han sido criadas evitando penurias y que por tanto no han aprendido a resolver las dificultades o sobrellevarlas de manera constructiva.
    Moshé no estará con ellos para guiarlas, para aconsejarlos, para reprenderlos; por lo cual, compone esta poesía, que está plagada de advertencias, recuerdos y una descripción del futuro que les espera. Moisés trata de equiparlos para que tengan al menos las herramientas a mano, y que espera las puedan usar efectivamente llegado el caso.
    Su más insistente reclamo es que no se aparten del camino de la Torá, que tengan siempre a manos las mitzvot y las cumplan.
    Tal como si fuera un manual para la vida, un tutorial que les facilitará encontrar respuestas a las circunstancias de la vida.

    En el poema encontramos enfatizada la importancia de la memoria, tanto la personal como la colectiva.
    Que lo que aconteció no quede en el olvido, sino que se integre al bagaje intelectual y emocional de tal modo que sirva como aprendizaje y permita encarar el presente de manera más positiva y saludable.
    También exhorta a recordar la grandeza de Dios y el bien que hizo por los hijos de Israel, como Él atendió a Israel como un padre a su hijo, con preocupación y devoción.

    Moisés advierte a los hijos de Israel que no se olviden de Dios, porque un gran problema es la falta de agradecimiento.
    Moisés teme que llegará el momento en el cual estén establecidos, viviendo tranquilamente, con buenas haciendas, llevando una vida de holgura y deleite, pero entonces, creerán que todo su bienestar es obra de sus manos. Se olvidarán de que hay un Socio, Dios, que es el que permite que los eventos sucedan y desemboquen en el estado de plenitud que disfrutan.
    Esa ingratitud es muy dolorosa cuando la recibe una persona que ha hecho el bien a otro y no se le reconoce; metafóricamente, también Dios se duele por la ingratitud, lo cual llevará a que ocurran acontecimientos que les hagan perder su bienestar y sufran las consecuencias lógicas y naturales de vivir no siendo conscientes de la espiritualidad.
    Por ello Moshé enfatiza que tengan memoria y sean agradecidos, con el prójimo, pero también con Dios.

    Después de que Moisés termina de recitar el poema, les recuerda a los hijos de Israel: guarden la Torá, porque es su legado y un regalo de vida buena para todos los que se aferran a su mensaje.

    Por último, Dios le recuerda que no entrará en la tierra. Moisés solo podía mirar la tierra desde el monte Nebó, desde el lado oriental del río Jordán.

    Recordemos que esta semana comienza la festividad de Sucot, la cual dura siete días en Israel y en la Diáspora, siendo continuada de inmediato por Shminí Atzeret / Simjat Torá.
    Una de las interpretaciones de esta festividad es la de recordarnos que el pasaje por el desierto fue seguido por el asentamiento en la tierra prometida, y que cuando los recursos son limitados, mejor dedicarlos a lo que tiene mayor valor y permanencia. Esto es también un tema que precisamente resalta en nuestra parashá.

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  • Vaielej 5782

    En Parashat Vaielej, Moshé continúa con su discurso de despedida del pueblo de Israel, ahora ya en su fase final.
    Ha venido recordando, regañando, aceptando y enseñando durante un mes, ahora les informa que no cruzará el Jordán con ellos, por tanto, no será quien los dirija al entrar a la tierra de Israel.
    Les recuerda que Iehoshúa (Josué) es el elegido por Dios para guiarlos en esa sagrada tarea y luego será quien los conduzca como su líder político y espiritual, hasta que cada uno haya tomado posesión de su parcela en la tierra santa.

    Moisés anima a los hijos de Israel para que no tengan miedo de la guerra contra los pueblos de la tierra, porque Dios los ayudará. Vendrán tiempos complejos, con desafíos a los que no están acostumbrados, pues, ellos fueron conducidos por Dios durante cuatro décadas. Durante su transcurso en el desierto tenían asegurado el alimento, el cobijo y hasta la protección contra los diferentes enemigos y elementos que los pudieran dañar.
    Ahora, irá disminuyendo el beneficio milagroso, la Divina dádiva, para que ellos puedan hacerse cargo de sus vidas, cada vez más independientes y activos. Esto no significa que Dios no estará presente ni haciendo Su parte; sino que implica que ellos obtendrán nuevas responsabilidades y podrán actuar como socios de Dios, en vez de ser receptores pasivos de caridades.
    Desafíos para los cuales están preparados, siempre y cuando ellos confíen en que pueden y que Dios está con ellos.

    Luego, Moisés empodera a Iehoshúa cuando lo llama y le insta ante los israelitas para que sea “jazak veematz” – “fuerte y valiente”; con ello está también animando al pueblo de Israel a confiar en su nuevo líder, al cual conocen hace muchísimo tiempo, que los dirigió en batallas, que estaba participando siempre en la vida comunitaria. Ahora, creciendo en su nuevo rol.

    Continúa la parashá contando que Moshé escribe la Torá y se la da a los cohanim y ancianos del pueblo, quienes serán sus guardianes. También les ordena que una vez cada siete años, en la fiesta de Sucot, junten a toda la gente en el templo y sean proclamadas las palabras de la Torá.

    Dios le dice a Moisés que en el futuro el pueblo de Israel romperá su pacto con Él, lo cual traerá consecuencias problemáticas para el pueblo. Para que la memoria del pueblo aquejado por calamidades no se pierda, Dios le ordena a Moisés que escriba esto como un testimonio en forma de poesía y que se lo enseñe al pueblo para que él siempre lo recuerde. Esa es la poesía que leeremos en la próxima parashá: ‘Aazinu’.

    Ya pasamos el Iom haDin, estamos en los Aseret Iemei Teshuvá.
    El shabat que precede a Iom Kipur recibe el nombre de “Shuva”, porque así comienza la haftará que acompaña siempre la lectura de Torá de este shabat.
    Apela a la teshuvá, al retorno a la mejor versión de cada uno de nosotros, a ser un reflejo terrenal de nuestra NESHAMÁ, nuestra identidad espiritual.

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    ¡Shabat Shalom! ¡Gmar jatimá tová!

  • La ley de Dios en tu interior

    «Ciertamente este mandamiento que te mando hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ‘¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos?’ Tampoco está al otro lado del mar, para que digas: ‘¿Quién cruzará el mar por nosotros y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos?’ Ciertamente muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.»
    (Devarim/Deuteronomio 30:11-14)

    La Torá pone en palabras aquello que lleva la NESHAMÁ judía inscrita como su procedimiento de conducta.
    Recordemos que todas las personas somos NESHAMÁ, espíritu, chispa de Dios.
    La mayoría de la humanidad, el 99.8% tienen su raíz en una esfera de la Divinidad; en tanto que el 0.2%, en otra sección de esa esfera.
    A esa ínfima cantidad corresponde la NESHAMÁ judía.
    Evidentemente no tenemos forma de comprender qué significa esto en realidad, ni podemos describirlo realmente, ni siquiera imaginarlo. Pero, para ayudarnos un poco a formar una idea, sería como si la humanidad en su casi totalidad estuviera enchufada a la electricidad de 220V (como tenemos en Uruguay, por ejemplo), en tanto que los judíos estuvieran enchufados a 110V (como tienen en Estados Unidos, por ejemplo). Aquellos aparatos eléctricos que funcionan a 110V, no sirve que se los conecte a 220V, y viceversa.
    Cada uno debe recibir su dosis correcta de energía, para no afectar su sistema, para permitirle funcionar correctamente.
    Los gentiles, el 99.8% de la humanidad, recibieron los Siete Mandamientos para las Naciones. Esa es su conexión espiritual, porque así lo ha elegido Dios. No precisan más para funcionar correctamente, para estar conectados, para tener la energía Divina en sus vidas.
    Pero, para el pueblo de los judíos la carga es de 613 mandamientos, es decir, 606 mandamientos extra. Eso no hace de los judíos mejor al resto de la humanidad, solamente les da más trabajo para mantener activa y equilibrada su conexión energética espiritual.
    Sin embargo, no dice a los judíos la Torá, en el párrafo que copiamos al principio, esa enorme cantidad de reglas, con sus miles de normas derivadas, no son en verdad ajenas a nuestro ser. Son parte de nuestro código de existencia espiritual. La NESHAMÁ judía sabe que funciona en ese sistema de 613 reglas, es lo que la hace funcionar con equilibrio y poder.
    Por tanto, es necesario que los judíos recordemos nuestros mandamientos, aquellos que están en nuestro espíritu y que expresa la Torá.

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  • Estuviste en el momento de pactar con Dios

    En Parashat Nitzavim, Moshé le dice a la gente del pueblo de Israel que está convocada que el pacto que Dios hace con ellos en ese momento, en realidad no solo es con la generación actual, sino también con las siguientes generaciones.
    Es decir, en nombre de la posteridad sellan el pacto, para que indefinidamente exista ese vínculo especial entre Dios y el pueblo que Él escogió para que sirvan como los maestros de Sus enseñanzas.
    Varias cuestiones suelen surgir ante esto, mencionaré solo un par.
    La primera es: ¿por qué los descendientes quedan obligados a respetar un pacto que firmaron sus padres, siendo que a ellos nadie les consultó?
    La segunda: ¿era necesario sellar un pacto intergeneracional, no alcanzaba con que Dios expresara que Él escogió a los judíos y deberían, por tanto, cumplir con lo que Él mandase?

    Respondamos a la primera, con una de las varias respuestas habituales.
    En realidad no somos este cuerpo, sino que somos NESHAMÁ, es decir, espíritu, chispa de la Divinidad.
    Por tanto, es cierto que hubo una generación presente físicamente en el momento que se selló el pacto con Dios, pero espiritualmente estuvimos todos los judíos de todas las épocas, de todas las circunstancias allí presentes. Recordemos que para la NESHAMÁ no existe tiempo y espacio, pues es parte del Eterno. Mientras transitamos esta vida, en este mundo, estamos encadenados a las circunstancias de lo material, somos presos del tiempo y del espacio. Pero, cuando se termina este pasaje terrenal, volvemos a esa realidad incomprensible, indescriptible, que es la del mundo espiritual. Por tanto, fuera de todo tiempo y espacio, lo que habilita a que todas las esencias individuales estuvieran presentes en los momentos claves del proceso de firmar el pacto con Dios.

    Otra respuesta a la primera pregunta.
    Existe lo que se dio en llamar como «contrato social», por lo cual, somos responsables de continuar con los valores, mandatos, lineamientos de nuestros antecesores, y solo variarlos dentro de los marcos establecidos. De esta forma, aceptamos continuar con lo que pactaron nuestros ancestros, por voluntad propia, dando cuenta de que aceptamos y reafirmamos el pacto.

    Con esta respuesta ya podemos ir dando respuesta a la segunda pregunta.
    Dios no nos quería imponer Su Voluntad, sino que eligió hacernos Sus socios.
    Por lo cual, pactó con nuestros ancestros, y con nosotros, para que tomemos conciencia de nuestro rol y no actuemos como esclavos, sino como hijos y activos socios de la empresa que Él creó y dirige.
    Si nos hubiera creado sin libre albedrío, si nos hubiera impuesto Sus decretos sin darnos lugar para aceptarlos libremente, no seríamos más que títeres, herramientas, vasijas, sin ninguna responsabilidad ni comisión.

    Aquí se hace hincapié en la importancia de la conexión entre todas las generaciones y el continuo intergeneracional.

    ¿Qué te da para pensar todo esto?

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  • Parashat Nitzavim 5781

    En Parashat Nitzavim, Moshé informa a todo el pueblo reunido, a todos y cada uno de sus miembros, que están a punto de hacer un pacto con Dios. Este pacto se hace no solo con la generación presente, sino también con las generaciones futuras. Para que se respete dicho pacto, el pueblo de Israel debe guardar los mandamientos de Dios y Él los bendecirá con todo lo bueno.
    A partir de este momento, ya no se podrá cambiar los términos de esta alianza entre los judíos y Dios.
    Recordemos que la Torá nos ha dicho, casi al principio de la misma, que existe el pacto de Dios con toda la humanidad, establecido con la salvación de Noaj y sus descendientes, y a través de ellos se transmite para todas las generaciones. Esa fue la primera y más básica alianza, que Él selló con toda la humanidad, por lo cual, cada persona debe hacerse responsable por conocer y cumplir con los siete mandamientos universales que Él ha dado. A esto lo conocemos como el Pacto Noájico.
    Luego está el pacto que Dios hizo con Abraham, y que fue ampliando sucesivamente hasta completarlo en este momento de la historia, cuando el pueblo de Israel está a punto de entrar a la tierra de promisión. Ya no hay vuelta atrás, ni manera de revocar el pacto.
    Informa nuestra parashá que no importa la cantidad de pecados que los judíos hagan, ni si le dan la espalda a Dios, o si aparece algún profeta (verdadero o falso) que declara que el viejo pacto de Dios con los judíos queda finiquitado y sobrepasado; pues, ha sido el Todopoderoso quien ha afirmado y confirmado que la sagrada alianza que Él cerró con el pueblo judío es eterna e irrevocable.

    Por ello, queda dicho en esta parashá que si el pueblo rompe su parte del pacto y por ello sirve a otros dioses, entonces Dios «esconderá Su rostro», pero que no romperá Su pacto con ellos. Explicita la Torá que esto significa que los castigará y los echará de la tierra, habrá exilio y miseria, pero el ocultamiento de Dios no es por siempre; pues, en el caso de que el pueblo de Israel haga TESHUVÁ, es decir, se arrepienta, deje a los otros dioses y regrese a servir exclusivamente a Dios tal como Él quiere; entonces, Dios volverá a manifestar Su Presencia, lo cual permitirá que el pueblo regrese a su tierra y se continúen las bendiciones para él.
    Ciertamente que hace menos de un siglo el pueblo judío comenzó su retorno masivo a la tierra de Israel, alcanzó su independencia política, se estableció como una potencia en medio de las dificultades que le provocan sus enemigos, es una demostración de que el proceso de TESHUVÁ ha iniciado y está siendo aceptado gratamente por el Creador.

    Moisés enfatiza que los mandamientos de Dios no son difíciles de guardar: no están en el cielo ni más allá del mar, sino muy cerca de cada persona, para que los conozca y los cumpla.

    Se deja bien en claro que la persona tiene libertad de elegir entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte; la recomendación que da la Torá es, por supuesto, elegir el bien y la vida.

    Cabe acotar que ésta es la parashá que antecede a Rosh haShaná, y no es casual, pues hay muchísimo de su contenido que encuentra un sentido evidente en el Iom haDín, así como en los días sucesivos que cargan con importantes conexiones espirituales.

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  • Hafatrá de Ki Tavó

    La haftará que acompaña a Ki Tavó es una profecía de consuelo para Jerusalén. Se nos afirma que los exiliados de Israel volverán a Jerusalén, los gentiles edificarán Jerusalén y honrarán a Israel, promesas de bendición y bien para Israel y en especial para su corazón, la eterna capital del pueblo judío: Jerusalén.

    Comienza con las famosísismas palabra: «kumi, ori»:

    «¡Levántate! ¡Resplandece! Porque ha llegado tu luz, y la gloria del Eterno ha resplandecido sobre ti.»
    (Ieshaiá/Isaías 60:1)

    Y finaliza con las también famosísimas palabras: «ve’ita, ajishena»:

    «El más pequeño equivaldrá a mil; y el menor, a una nación poderosa. Yo, el Eterno, a su tiempo la apresuraré.’»
    (Ieshaiá/Isaías 60:22)

    Debemos recordar que ésta es una de las siete haftarot de «nejamá», es decir, de consuelo.
    Resulta que, después del ayuno del 9 de ab, comienza un período de alegría y consuelo. Por lo tanto, en los siete sábados después de ese agónico ayuno, se leen haftarot que no están directamente relacionados con la parashá, sino con el consuelo por la destrucción y el exilio. Es por ello que estos sábados reciben el nombre de ‘Sheva denejamata’ (los siete del consuelo).
    Las porciones de profetas que están antes de la destrucción se toman de los libros de Jeremías e Isaías, pues hay durísimos fragmentos que anuncian la destrucción del templo y el martirio del pueblo judío. En tanto que estas siete haftarot de consolación son todas tomadas de Isaías solamente, con un tono apaciguador, cariñoso, que llena de esperanza pero también de compromiso.

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  • Dos montañas contrapuestas, de mladición y bendición

    Dos montañas se elevan cerca de Shejem, antigua capital de la tribu de Efraim, actualmente llamada Nablus por el imperialista usurpador de la tierra de los judíos, a ambos lados de la ciudad.
    El monte Guerizim está al sur de la ciudad y tiene aproximadamente 870 metros de altura, y el monte Eibal está al norte de la ciudad, y tiene unos 940 metros de altura. El primero de estos montes es fértil y verde, en tanto que el otro es árido.

    Al monte del sur se le llama ‘monte de bendición’, porque a los hijos de Israel se les ordenó realizar una ceremonia de bendición en él, bendición que es consecuencia por obedecer los mandamientos de Dios (Deuteronomio 11:29, 27:12), y al otro se le llama ‘monte de maldición’ (Devarim 11:29, 27:13).

    Por esas torpezas e indignidades políticas, a causa de la corrupción del alma del hombre, ambos montes están más allá de la nefasta «Línea Verde» y el acceso a ellos por parte de las personas de bien, es limitado.
    Los malandrines que usurpan la tierra de los hijos de Dios destruyeron importantes hallazgos arqueológicos que demostraban a las claras la veracidad de los relatos del Tanaj, así como la inalienable propiedad de los judíos de esa tierra.

    Algún día se hará justicia, que la maldición caiga sobre los enemigos de Dios es lo que el monte agobiado reclama; en tanto que el delicioso proclama las bondades para quienes son Sus amigos y siervos.

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  • Ki Tavó 5781

    Parashat Ki-Tavó comienza con dos mitzvot, que se practican solo en Eretz Israel. A este tipo de mitzvot se las llama «hatluiot baaretz», es decir ‘mitzvot que dependen de la tierra’. La primera mitzvá es traer las primicias, los primeros frutos, al templo. Se entregaba en el templo el canasto con las primicias y se recitaba el texto que se encuentra en nuestra parashá al respecto.
    Veámoslo:

    «Entonces hablarás y dirás delante del Eterno tu Elohim: ‘Un arameo errante fue mi padre. Él descendió a Egipto y vivió allí con unos pocos hombres, y allí llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos afligieron e impusieron sobre nosotros dura esclavitud. Pero clamamos al Eterno, Elohim de nuestros padres, y el Eterno escuchó nuestra voz. Vio nuestra aflicción, nuestro trabajo forzado y nuestra opresión, y el Eterno nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, con gran terror, con señales y prodigios. Nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra: una tierra que fluye leche y miel. Y ahora, oh Eterno, he aquí traigo las primicias del fruto de la tierra que tú me has dado.’ »
    (Devarim/Deuteronomio 26:5-10)

    En el mismo se describe brevemente una historia del pueblo de Israel: el origen idólatra, el descenso a Egipto, la esclavitud, salvación y la salida de Egipto por parte de Dios y la traída del pueblo de Israel a la tierra de bendición y prosperidad que nos fuera prometida.
    Nos podríamos preguntar el motivo para narrar este asunto cuando se traen los primeros frutos ante el Eterno, pues, no parece muy lógico comenzar hablando del antiguo pasado, de las vicisitudes que transcurrieron hace siglos, hasta que finalmente estamos aquí ofrendando estos frutos. Sería más evidente si sencillamente agradeciéramos por la oportunidad de trabajar la tierra, de obtener los beneficios de esa dura tarea, de estar conscientes de que todo funciona gracias a la bendición del Todopoderoso.
    Pero, no es lo que la Torá ordena, sino que nos da el texto antes mencionado.

    Podemos sugerir como una posible respuesta que el fruto de las primicias es un símbolo del resultado del enraizamiento y el crecimiento de la tierra. Fuimos una semilla errante y muy diferente al árbol y su fruto, fuimos enterrados y tapados por tierra y abono, pasó el tiempo y murió nuestra personalidad de idólatras para convertirnos en un árbol, con numerosas ramas y muchos frutos.
    Tal como si todo el proceso que nos entregó las primicias estuviera describiendo de cierta forma la historia de la formación del pueblo judío y su identidad sagrada, diferente a la de sus ancestros politeístas y pecadores.

    Otra respuesta posible es que miremos un poco más lejos y más alto que el mero hecho agrícola.
    No estamos flotando en un vacío, sino que somos producto de un pasado y también de las expectativas de un futuro.
    Este aquí y ahora, único e irrepetible, está fuertemente vinculado al pasado y al futuro, y tenerlo presente nos permite vivir con más poder este momento.

    Sigamos con la parashá.
    La ceremonia termina con la entrega de las primicias en el templo, junto a la confesión de todo bien.
    Pues así agradecemos al Todopoderoso por permitirnos cosechar el esfuerzo de nuestro trabajo, al mismo tiempo que reconocer que sin Su intervención nada es posible.

    La segunda mitzvá es dar cada tercer año diezmos de la cosecha al Leví, al extranjero, al huérfano y a la viuda.
    ¿Por qué?
    Pues, porque nuestra ganancia es nuestra, pero como tenemos al Socio que nos colabora, entonces no podemos dejar que el egoísmo nos atrape, sino que debemos aprender a despojarnos de una parte de lo que nos pertenece para ayudar al que más necesita.
    Siendo solidarios damos una mano al necesitado, por tanto beneficiamos a los individuos pero también a la sociedad en su conjunto. Además, esté en nuestro pensamiento o no, estamos nosotros también recibiendo ganancias con esta acción noble, beneficios en este mundo y en el eterno.

    La parashá continúa describiendo dos ceremonias que debían realizarse inmediatamente después de ingresar al país. La primera es la escritura de la Torá en piedras grandes y encaladas, en el monte Ebal, sobre la ciudad de Shejem (actual Nablus, ocupada por el régimen imperialista árabe-musulmán que pretende usurpar la tierra de Israel).

    El segundo acto ceremonial previsto, es la proclama pública de las bendiciones y maldiciones, que se llevaría a cabo en las dos montañas sobre la ciudad de Shejem: Guerizim y Ebal.
    En esta proclama se recitarán algunos de los mandamientos y luego se recitarán bendiciones y maldiciones.
    Las bendiciones son la recompensa, o consecuencia favorable, por cumplir las mitzvot y las maldiciones son el castigo, o resultado dañino, por no cumplirlas.
    La larga y dolorosa lista de las maldiciones se suele recitar en voz baja, en la lectura pública de la Torá, pues trae descripciones terribles de cosas que realmente padeció el pueblo judío en su milenaria historia.

    La parashá finaliza con las siguientes palabras de exhortación por parte de Moshé:

    «Guardad, pues, las palabras de este pacto y ponedlas por obra, para que prosperéis en todo lo que hagáis.»
    (Devarim/Deuteronomio 29:8)

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  • El error del traductor que nos enseña un fundamento espiritual

    Dice la Torá:

    «כִּֽי־יִקַּ֥ח אִישׁ֙ אִשָּׁ֣ה חֲדָשָׁ֔ה לֹ֤א יֵצֵא֙ בַּצָּבָ֔א וְלֹֽא־יַעֲבֹ֥ר עָלָ֖יו לְכׇל־דָּבָ֑ר נָקִ֞י יִֽהְיֶ֤ה לְבֵיתוֹ֙ שָׁנָ֣ה אֶחָ֔ת וְשִׂמַּ֖ח אֶת־אִשְׁתּ֥וֹ אֲשֶׁר־לָקָֽח
    : ‘Si un hombre ha tomado recientemente esposa, no irá al ejército, ni se le impondrá ninguna obligación. Estará libre en su casa durante un año, para alegrar a su mujer que tomó.»
    (Devarim/Deuteronomio 24:5)

    Al respecto traduce e interpreta el targum Ieonatán:

    אֲרוּם יִסַּב גְּבַר אִיתָא חַדְתָּא בְּתוּלְתָּא לָא יִפּוֹק בְּחֵילָא דְּלָא יֶאֱרַע עֲלוֹי כָּל מִדַּעַם בִּישׁ פָּנֵי יְהֵי בְּבֵיתֵיהּ שַׁתָּא חֲדָא וְיִחְדֵי עִם אִנְתְּתֵיהּ דְּנָסִיב

    Y sin embargo, Rashi es muy incisivo en declarar otra cosa y hasta poner en evidencia el aparente error del Ienoatán:

    ושמח. יְשַׂמֵּחַ אֶת אִשְׁתּוֹ, וְתַרְגּוּמוֹ «וְיַחְדֵי יָת אִתְּתֵהּ», וְהַמְתַרְגֵּם וְיֶחְדֵּי עִם אִתְּתֵהּ טוֹעֶה הוּא, שֶׁאֵין זֶה תַּרְגּוּם שֶׁל וְשִׂמַּח אֶלָּא שֶׁל וְשָׂמַח:

    Paso a explicar muy brevemente.
    El sabio intérprete Ieonatán era de los más encumbrados intelectuales de la espiritualidad en su época, uno de los alumnos del anciano Hillel. Su traducción al arameo es una poderosa herramienta de comprensión y estudio. Los académicos indican que se le atribuye a este maestro la traducción, siendo en realidad una obra de varios autores a lo largo de varios siglos y lugares.
    En el verso que estamos estudiando, el targum dice que el varón debía quedarse con su nueva esposa para alegrarse junto a ella.
    Esta manera de ver el texto no resulta de la literalidad de la Torá, pues allí pareciera expresar que no va a la guerra el varón porque su obligación está en alegrar a su novel esposa, y no en luchar una guerra contra el enemigo.

    Es entonces que el sabio Rashi que aquel que interpreta/traduce que el marido se alegra junto a su esposa, se equivoca, porque la Torá está diciendo que la ha de alegrar a ella, no alegrarse con ella.

    Este modo brusco de Rashi, muy poco frecuente en él, podría generar alguna rispidez, pues, ¿cómo se hubiera atrevido Rashi a decir lisa y llanamente que se equivoca uno de los ilustrados alumnos de Hillel hazakén?
    Los que concilian entre los maestros nos dicen que para Rashi está primero el buen sentido del texto, antes que ocultar los errores, aunque sean cometidos por grandes maestros. Pues, también los muy sabios pueden equivocarse, y lo hacen.
    Por tanto, Rashi tiene que decir con claridad que aquí hay un error, por su compromiso con la verdad más que con el ego de aquel que pudiera ofenderse.

    Sin embargo, si notamos con detalle nos encontramos que Rashi no está en realidad contradiciendo al targum Ieonatán. Sino que nos permite dar una mirada más profunda al asunto. Es el deber del marido hacer de su parte todo lo necesario para que su esposa esté satisfecha y pueda estar alegre, si eso se consigue, entonces él también estará alegre junto a ella.
    ¿Se entiende?
    No debemos poner el énfasis en el motivo de alegrarse egoísta del marido, sino que eso surge de forma espontánea por su conducta generosa y de entrega hacia su esposa, buscando el verdadero beneficio de ella sin esperar nada a cambio. Por ello, surge para él también la alegría, la sincera y saludable.

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