Categoría: CTerapia

  • Tratando de entender a los progresistas que apoyan a los terroristas

    El impulsado por su Yo Esencial, por su Neshamá, puede llegar a hacer enormes sacrificios para favorecer a otros.
    Entonces, puede ser que el individuo decida sacrificarse por el bien de muchos.
    Por ejemplo, el soldado que sale a defender a los habitantes de su país y llegado el caso tendrá que destruir propiedad de otros, o hasta dañar la salud o quitar la vida del enemigo. El soldado no está solamente arriesgando su vida o integridad física, sino también la emocional, pero, está obligado por un criterio superior a ponerse en riesgo con tal de salvar al inocente, a los inocentes. Quizás en su noble y justiciera lucha hiera a inocentes, lamentable resultado de las guerras. En esta situación, aquel que es movido por la ética, por la voz de la Neshamá, no está ansioso porque ello ocurra, sino ansioso por evitarlo, tal como ocurre con el Ejército de Defensa de Israel, que hace hasta lo increíble para proteger a los inocentes del bando de sus enemigos. Tristemente, también mueren o sufren inocentes del lado enemigo, pero no por placer o ventajismo de los israelíes, sino por esos incidentes que no pueden ser evitados, o que los terroristas de Hamás adrede provocan. Pues, el terrorista (tal como los de Hamás) salen a provocar el daño en inocentes (propios y ajenos). Si tienen que usar niños propios como escudos, lo harán. Si tienen que asesinar personas que proclaman su deseo de paz, lo harán. Si se esconden en escuelas, mezquitas u hospitales para lanzar desde allí miles de bombas voladoras contra inocentes en Israel, lo harán. Porque para ellos lo que importa es adornar su EGO, adorar su vileza, destruir para prevalecer aunque sea un ratito.

    Es así que, aquel que es movido por el EGO, por sus impulsos primarios y fuera de foco con la eternidad, estará dispuesto a sacrificar a los demás, dañar a los muchos, con tal de obtener ventajas para sí.
    Estos son los típicos villanos de las películas y novelas, o los terribles terroristas que mencionamos líneas más arriba.
    Sin embargo, los encontramos a diario, por todas partes, en las situaciones más habituales y menos dramáticas.
    Pues, recordemos que el EGO sigue siendo el dios principal de la humanidad, disfrazado como los miles de dioses que la gente suele adorar.
    Así pues, si nos tomamos un ratito para observar el entorno, y también a nosotros mismos en un acto de reflexión sincera, tal vez encontremos algunas cuestiones que sería necesario mejorar, para que con el deseo de obtener ventaja no hagamos el mal al otro.
    Aunque, tengamos en cuenta que el egoísmo tiene una faceta positiva y necesaria, y que en ocasiones el éxito de uno implica la pérdida para otro.  Por ejemplo si A y B se presentan para un mismo puesto empresarial, uno de los dos será el que reciba el trabajo. El vencedor no tiene por qué regalar su nuevo puesto, o sentirse un hereje por recibirlo. Si ha actuado dentro de los parámetros de la ley, si es todo legal, no hay motivo para sentirse un esbirro del EGO. Pero, si el cargo fue conseguido con trampas, con cualquier astucia que no es legal, es allí donde el ventajismo está sacrificando a inocentes para obtener ganancias innobles.
    Yo me pregunto si así ocurre con esos «progresistas» de occidente que se afilian con los terroristas fanáticos de Hamás y similares, ¿será que buscan satisfacer de alguna manera bizarra su vocación egoísta y por tanto se oponen a Dios y Sus emisarios, para ponerse del lado de los hijos de la muerte y la corrupción? ¿Habrán sido adoctrinados en el odio, pero con disfraz de progresista amor, y por ello detestan todo aquello que clama por el camino ético y realmente espiritual?

    Por otra parte, en otro caso diferente, puede pasar que una persona que no esté mareada por la droga del EGO también cause daños a los otros, pero de forma involuntaria. Eso suele suceder cuando se actúa movido por las «buenas intenciones», pero se carece de conocimiento sobre la materia actuada o no se cuenta con suficiente equilibrio emocional.
    Entonces, el ignorante bien intencionado, queriendo hacer un favor a los demás, o a sí mismo, pero no es modo egoísta, termina provocando más perjuicios que si se hubiera quedado quieto.
    O mejor aún, sería maravilloso que acompañara sus buenas intenciones con un buen criterio emocional y una alta carga de precisión intelectual.
    ¿Será esta la situación de los progresistas? ¿Se creerán informados y con capacidad para discernir, pero no dejan de ser ignorantes, verdaderos pozos negros, y por tanto lanzan consignas y se afiebran alineándose con el enemigo de la paz, movidos por su deseo de hacer cosas bien intencionadas?
    ¿Será que le falta información al progresista occidental que es ciego ante los miles de cohetes que caen sobre la población civil de Israel, sin provocación? ¿Será que le comieron la neurona con lemas infantiles y mentirosos y por eso cree que Israel es una potencia colonialista imperial y genocida?

    Lo que no me cabe duda es que (en general) NO están siendo movidos por la consciencia espiritual, ni por el clamor de que haya SHALOM, sino por el EGO. Sea para obtener alguna ventaja egoísta, o sea porque son carne de cañón de los corruptos que los comandan.

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  • El humano es un ser de conflicto

    Somos NESHAMÁ, es decir espíritu, chispa Divina, una parte del indivisible Eterno.
    Eso es lo que somos, que no se modifica ni se destruye.
    Esa personalidad única, pero al mismo tiempo unificada a la Unidad Cósmica.
    Somos Yo Esencial.

    Cuando venimos a nuestro tránsito por este mundo, portamos una identidad genética, una herencia que nos programa y construye con determinados patrones.
    No tenemos control sobre esta realidad, que nos permite o cohíbe la expresión de nuestra NESHAMÁ.
    Así pues, en parte somos Yo Auténtico.

    Mientras ocurre el pasaje por este plano terrenal, vamos construyendo nuestra personalidad, asentando ciertas conductas hasta convertirlas en hábitos.
    Vamos petrificando creencias, de manera inconsciente en su mayor parte, hasta haber formado un Sistema de Creencias, con elementos que nos imponen socialmente, con rasgos que fabricamos como podemos, con elementos ambientales que nos pautan y delimitan a la vez que permiten canalizarnos.
    Nos vamos disfrazando y adjuntando máscaras, que pretenden representar esa cara que es el Yo Auténtico, aunque la mayoría de las veces lo que hacen es taparla, ocultan la cara, la niegan, la evaden, hasta que nos olvidamos de que en verdad somos Yo Esencial y no este Yo Vivido que abroquelamos como vamos pudiendo.
    En combate con nuestro EGO, pero por lo general adoctrinados por él, amansados por él, sirviéndole y adorándole como una deidad.

    Así pues, ahí tenemos uno de los meollos del conflicto de cada ser humano.
    Porque somos Yo Esencial y nos construimos a partir del Yo Auténtico, pero nos identificamos fundamentalmente con el Yo Vivido, que no es otra cosa que una montaña de creencias, caretas, falsedades, patrañas y alguna que otra inspiración reveladora.

    En este incesante conflicto es que debemos encontrar la forma de despertar la conciencia espiritual, sin caer en supersticiones ni religiones. Debemos surfear infinidad de olas para poder Ir conociendo algo de nuestro Yo Esencial y con los recursos que tenemos a mano ir direccionando nuestro Yo Vivido para que sea el mejor reflejo posible de lo que somos en esencia.
    Enorme tarea que no termina nunca, aunque la mayoría de la gente la abandonó poco tiempo después de nacer y permanecen en agobiado olvido hasta que parten de este mundo para reencontrarse con sus memorias terrenales cuando ya no tienen más cuerpo ni materialidad. Cuando es el momento de toparse nuevamente con ser Yo Esencial en un mundo fuera del espacio y tiempo, de espiritualidad.
    La tarea más espiritualmente inteligente que podemos asumir, es no permitir que perdamos la huella que nos lleva a hacer del Yo Vivido el reflejo terrenal del Yo Esencial.

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  • Volver del exilio

    En la parashá Nasó encontramos el siguiente verso:

    «נָשֹׂ֗א אֶת־רֹ֛אשׁ בְּנֵ֥י גֵֽרְשׁ֖וֹן גַּם־הֵ֑ם לְבֵ֥ית אֲבֹתָ֖ם לְמִשְׁפְּחֹתָֽם:
    ‘Haz también un censo de los hijos de Guershón , según sus casas paternas y sus clanes.»
    (Bemidbar/Números 4:22)

    Otra forma de traducirlo correctamente, podría ser:

    «Eleva también a los pertenecientes a Gershón, por sus casas paternas y por sus familias».

    Ambas traducciones son adecuadas, siendo la del censo la más apropiada al contexto en el cual se da el texto, pues se está tratando acerca de censos.
    La segunda forma de leerlo tiene la ventaja de ser más literal en su cuidado del sentido de acuerdo a la lengua original.

    Cuando buscamos más allá del texto y del contexto, cuando nos adentramos en el conocimiento del PARDES, nos encontramos con una enseñanza muy interesante y provechosa para nuestra vida diaria.
    La Torá nos está diciendo que todos los que son pertenecientes a Gershón, literalmente «los exiliados»,  es decir a los desterrados, a los que son o se sienten extranjeros, deben de ser elevados por Moshé, para que de esa forma ellos también se sientan pertenecientes al pueblo.
    Sabemos que hay una mitzvá que declara que los judíos han de tener especial consideración por los extranjeros, por los que de lejos vienen a habitar junto a nosotros.
    Por tanto, la interpretación profunda de este verso viene a reforzar el sentido de ese mandamiento.

    Pero, podemos ver un poco más allá y darnos cuenta de que todos en realidad somos extranjeros en este mundo, pues somos realmente NESHAMÁ (espíritu), que por un rato viene a pasar por la realidad material. Encarnamos, nos limitamos a una vida terrenal, sin dejar de ser la NESHAMÁ que somos. Estamos en tránsito, siendo extraños, en exilio.
    La Torá propone darnos cuenta de esta verdad y no desanimarnos, sino que por el contrario, elevar nuestra mira, apreciar nuestra verdadera identidad, que es la espiritual. Las limitaciones de este mundo nos hacen sufrir, estamos sumergidos en un océano de impotencia que nos angustia, pero no dejamos de ser espíritu. Así pues, en vez de dedicarnos a la queja, al llanto, a la crítica que no aporta, al deseo que corroe el corazón, a la adoración del EGO, podemos elevarnos por sobre lo que estamos siendo y por sobre nuestras circunstancias materiales.

    Dios nos avisa que tengamos confianza, que actuemos con integridad, que aspiremos a llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos, sin desesperar. Probablemente tropezaremos infinidad de veces mientras andemos por este mundo. Tendremos montón de penurias, pero ello no debe quitar nuestra certeza de que finalmente, en este mundo o en el de la eternidad, podremos sentirnos de nuevo de regreso al hogar. El exilio tiene fin, hay siempre una vuelta a la casa.

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  • Para cuando te venza el desánimo

    Hay veces que te encuentras ante la magnitud impresionante de lo que está en tu contra, sea cierto o no, y te descorazonas.
    Decae tu ánimo, ya no tienes ganas de seguir.
    Te das cuenta de lo limitadísima que es tu vida.

    Bueno, es cierto, es muy limitada, pero no solamente la tuya, sino que la de todos los seres vivos.
    En nuestro pasaje terrenal debemos sufrir innumerables veces de esta realidad, que no es cruel, pero que igualmente nos mortifica.

    Lo interesante es que no somos esto que estamos siendo, no somos el ser limitado.
    Por el contrario, lo que somos es NESHAMÁ, es decir, chispa de Divina, parte de la eternidad.
    Por tanto, nuestra vivencia de limitaciones es comprensible en cuanto seres terrenales, pero eso no afecta a nuestra esencia eterna e infinita.

    Date cuenta de esa otra realidad, la verdadera y no la verídica pero pasajera.
    Ponte de pie y mira con confianza a tus desafíos, porque si bien puedes tropezar cien veces y fracasar mil, el final del camino es siempre de LUZ.
    Depende de ti qué tanto de positivo te llevas de tu viaje mundano.

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  • Pues cambia

    Hace mucho tiempo una persona me preguntó como hacía para cambiar, la respuesta fue breve, directa, típica del Moré: «pues, cambiando».
    No hay más ciencia, y podría terminar este post acá.
    Pero lo extenderé unas pocas líneas.
    Para bañarse, hay que mojarse.
    Para pasear al perro, hay que salir a la calle (parque, jardín, etc.).
    Y así podría seguir con un millón de acciones que se acompañan de habituales circunstancias.
    No podemos pretender que el cambio se produzca por milagro, a través de algún ritual religioso o amuleto supersticioso. Ni deberíamos tener el tupé de esperar que venga Dios, rodeado de una mágica nube, para transformar nuestro alrededor según nuestro deseo.
    El cambio comienza por nosotros y en nosotros.
    No es digitando el cambio en los demás, ni esperando a que sea el otro el que cambie según nuestro criterio o parecer.
    Ni debemos desperdiciar nuestro sagrado esfuerzo y valiosos recursos diagramando planes imposibles, cuando lo que tenemos que hacer es dar el primer paso.
    Por supuesto que tampoco es lanzarse al agua sin revisar antes las perspectivas de lograr nadar. Por lo cual, un poco de análisis, de valoración, de planificación, de corrección de lo planificado, de aceptar consejería cuando la hemos requerido, además de confianza en Dios y en nosotros mismos. Para luego sí, dar ese primer paso, el que suele resultar el más, o uno de los más difíciles.
    Dar el paso y avanzar en la dirección del cambio.
    El resultado final no depende nunca de nosotros, como individuos, porque no somos todopoderosos y por tanto las limitaciones múltiples condicionan nuestro avance y resultado.
    Pero el paso dado en alcanzar el cambio, es lo que estamos precisando justo ahora.
    Así pues, si quieres realmente cambiar, lo haces cambiando.

    Puedes empezar ahora y hacer un cambio enorme aportando a esta noble y santa causa de espiritualidad:

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  • Peleando con tus oportunidades

    Habría que llegar a comprender que cada obstáculo es una oportunidad para aprender, pero no solo, sino también para fortalecernos y encontrar una nueva y mejorada identidad propia.
    Cada tropezón está para que seamos mejores al reincorporarnos; pero tristemente hay gente que se deja derrotar y lo convierte en fracaso.
    Cuando sería mucho más ingenioso aceptar que si bien pudo haber alguna pérdida, adelante queda la victoria y hemos dado un paso atrás para impulsarnos con más fuerza y poder hasta alcanzarla.

    No debemos pues pelearnos más con esas oportunidades, esos aprendizajes potenciales.
    No rechacemos el tropiezo, tampoco lo busquemos adrede. Cuando se dé, aceptémoslo y usémoslo a nuestro favor.
    Así no seremos vencidos sino vencedores.

    Al aceptar la realidad, sin negarla, sin disfrazarla, sin justificarla; al aceptarla como es, interpretándola con ecuanimidad, entonces estaremos aportando a nuestra causa, a nuestro éxito.
    Sentiremos que se nos drenan las energías, que el agujero está abierto para comernos y llevarnos al olvido oscuro, pero no le demos opción a la oscuridad de vencer.
    Usémosla para que resalte mucho mejor la claridad.

    No hay ocasión que no pueda ser usada a nuestro favor, hasta el más terrible golpe en contra tiene ese potencial de ser usado favorablemente.

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  • El maravilloso y evitado arte de pensar

    Pensar no es una conducta corriente y habitual, aunque muchos crean que es el uso de la facultad mental un sinónimo.
    Pensar en realidad es quebrar el mandato que impone el Sistema de Creencias, al menos en algún grado, aunque sea mínimo.
    Es dejar de repetir ideas, regresar a viejas y gastadas consignas.
    Es permitir a la creatividad dirigir, al menos por un rato, el flujo mental.
    Es quebrar el muro que divide la mente del espíritu y el que separa de las emociones.
    Pensar, es un acto valiente.

    Pero no, no suele ser corriente ni habitual.
    Muchos se mueven por el influjo del momento, sean influencias, estímulos sensoriales, mandatos internalizados, decretos inconscientes, programación subliminal, evaluaciones acomodaticias y otras estrategias de supervivencia, pero que no hacen al acto liberador de pensar.

    Quien piensa abre su mente, permite el conocimiento y con ello reconocer su ignorancia.
    Al pensar no se busca tener la razón ni demostrar el poder sobre otros, sino estimular un acercamiento al infinito a través del contacto con lo finito.

    Pensar es decirle no a los condicionamientos y acomodamientos, por eso aquel que piensa es temido, es perseguido, es silenciado.
    Porque pensar es un acto rebelde, revolucionario, evolucionario, en una sociedad marcada por el encierro en celditas mentales.
    Donde se adora al EGO, en sus diversas caretas, y se usa su lenguaje que se contrapone al idioma de la NESHAMÁ.

    Pero no, pensar no es ser el loquito que se rebela por todo, o quien quiere romper con los moldes, porque eso es lo que se supone hacen los rebeldes.
    Quien actúa así, no piensa, repita, gesticula, hace mímicas, actúa un papel que no hace justicia a su realidad patética.
    Quien piensa tampoco tiene porque ser genial, ni descubrir revelaciones impresionantes que cambien su vida o la del entorno. Con el modesto acto de no seguir la programación y tener una llamarada de acción mental divergente, ya se está pensando.

    Pero, estamos llenos de opinólogos, de todólogos, de sabelotodos que no suelen pensar más que los que están en silencio acatando las órdenes del EGO que los mantienen en la celdita mental.
    Está lleno de criticones, pero que se abstienen o no pueden criticar realmente, pues la verdadera crítica ciertamente es pensar.
    A veces pensar puede llevar a contradecir la revelación espiritual, preferir la palabrería académica a la sencillez de los sabios. Pero para quien se hace frecuente el ejercicio de pensar, de a poco se le puede ir allanando el camino que lo conecta a la conciencia espiritual. Si es que no cae en la torpeza solemne del académico patético, que es otro burro cargando montón de libros, memorizando pomposas frases, haciendo malabares para no pensar haciendo de cuenta que piensa.

    Es hora de despertar la conciencia espiritual también en esto, es lo que el Eterno nos pide desde el primer día que estamos en la tierra.
    Es lo que reclamaron incesantemente los profetas, los de la Verdad.

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  • Una nueva entrada

    El ser humano por su propia naturaleza es limitado, muy restringido.
    Solamente su dimensión espiritual es la que está por completo sumergida en lo infinito, pues es una chispa de la Divinidad.
    Luego, su dimensión mental le permite servir como una especie de puente, de nexo, de interfase, pero siempre desde la lejanía infinita que significa ser humano con respecto a lo Divino.
    En palabras simples, cuando nutrimos y ejercitamos la dimensión mental con buenas orientaciones e instrucciones que provienen de lo espiritual, entonces podemos evitar en cierta medida el profundo caos debilitador de ser limitados.

    Pero, por ser humanos estamos condenados a las fallas, miedos, errores, pecados, ignorancia, ineptitud, incomprensión, inestabilidad emocional, carencias materiales, amargura, creencias apabullantes, descrédito, desarmonía, desvalorización, y muchas otras manifestaciones de la limitada existencia que llevamos.
    Todo ello es normal, es esperable, a veces evitable e incluso subsanable.

    Pero siempre, todas nuestras limitaciones deben ser consideradas como oportunidades para aprender, para mejorar, para perfeccionar.
    Que no sirvan de excusas para la mediocridad.
    Que no sean validaciones de lo que está mal, y por tanto se contradice al código espiritual.

    Que tus «no puedo» se transformen en «voy a hacer mi mejor esfuerzo».
    Que tus «ya intenté y fracasé» se conviertan en «está vez lo voy a hacer con mayor empeño, inteligencia, equilibrio, etc.».
    Que tus «soy un incapaz» se borre y pase a ser un «soy un ser Divino en un viaje de limitación terrenal».
    Que tus «nadie me quiere» se traduzca en «voy a amar al prójimo como a mí mismo, porque eso quiere Dios, sin esperar nada a cambio».
    Y así con todas las creencias de limitación que te niegan la verdad de una vida bendita.

    No te menosprecies, no aumentes la carga con palabras y pensamientos de negatividad.
    Aprende a valorar el presente, a agradecerlo y a disfrutar del camino.

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  • La buena mirada del buen corazón

    Encontramos en Pirkei Avot (2:8) lo siguiente:
    «Él solía decir:
    Si todos los sabios de Israel estuvieran en un platillo de la balanza y Rabí Eliezer ben Urkanos en el otro platillo, él inclinaría la balanza a su favor.
    Aba Shaul, decía en su nombre: Si todos los sabios de Israel estuvieran en un platillo de la balanza, incluyendo a Rabí Eliezer ben Urkanos y en el otro, Rabí Elazar ben Araj, inclinaría él solo la balanza a su favor.
    Les dijo una vez: Salgan y busquen, cuál es el camino correcto al que debe apegarse el ser humano.
    Rabí Eliezer dice: Un buen ojo.
    Rabí Iehoshúa dijo: Un buen amigo.
    Rabí Iose dijo: Un buen vecino.
    Rabí Shimón dijo: El que es previsor.
    Rabí Elazar dijo: Un corazón bueno.
    Les dijo a ellos: Veo apropiadas las palabras de Rabí Elazar ben Araj por sobre la de ustedes, pues en sus palabras están contenidas las de ustedes.
    Volvió a decirles: Salgan y busquen, cuál es el mal camino del que debe ajarse el hombre
    Rabí Eliezer dice: Un ojo malo.
    Rabí Yehoshúa dijo: Un mal amigo.
    Rabí Yose dijo: Un mal vecino.
    Rabí Shimón dijo: El que pide prestado y no paga…
    Rabí Elazar dijo: Un corazón malo.
    Les dijo a ellos: Veo apropiadas las palabras de Rabí Elazar ben Araj por sobre la de ustedes, pues en sus palabras están contenidas las de ustedes.»
    El otro día estaba en la rambla de Montevideo, donde hice alguno de esos pequeños videos que subo a mi canal (https://youtube.com/yehudaribco). Era un precioso día de otoño, pero que casi rozaba con el verano. Aún estamos padeciendo la pandemia, por tanto trato de mantener bastante distancia con el resto de los paseantes y si estoy cerca siempre intento tener bien puesto el barbijo. En eso veo a un niñito, que evidentemente estaba en el arranque de su carrera como caminante. A los tumbos andaba de un lado para el otro, a veces con pasitos rápidos, como para mantener el equilibrio a fuerza de impulso. Otras lentamente, como marinero en una barca zarandeada por la tormenta. En ocasiones parecía que estaba por comer tierra, pero cual equilibrista recobraba la postura. Aunque una que otra vez, sí que se caía de la enorme altura de sus ¿50 cms.?  que separa su punta de la cabeza de la tierra.
    Pero en todo momento se reía, un tipo feliz este pibito.
    A poca distancia estaban sus papás, sonrientes también, cuidándolo, asegurándolo, pero dándole la suficiente libertad e independencia como para que se aventure a crecer, a experimentar, a conocer el mundo y a ser un participante y no un mero espectador.
    Qué gran trabajo el de esos padres, y que enorme el esfuerzo y el disfrute del niñito.
    Incluso en las caídas o en los tropiezos los padres sonreían, transmitiéndole confianza, seguridad, ganas de comerse al mundo y no dejarse derrotar por los pequeños, o grandes, contratiempos.
    Toda esta reflexión me hizo acordar a ese pasaje de la Mishná, que quiero compartir ahora con ustedes.
    Tal vez alguno de ustedes también entienda qué me llevó a vincular esa escena de crianza saludable con esta enseñanza inmortal de los padres del Saber.

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  • El juicio justo

    Hay gente que llevada por sus creencias religiosas, que no son del ámbito espiritual, dicen con mucha seguridad: «no hay que juzgar»; o también: «solo Dios juzga».
    Evidentemente que no es una creencia relevante para aquel que quiere seguir el verdadero sendero del Creador y Rey de reyes, pues Él nos ha dicho en Su bendita Torá:

    «»No harás injusticia en el juicio. No favorecerás al pobre, ni tratarás con deferencia al poderoso. Juzgarás a tu prójimo con justicia.»
    (Vaikrá/Levítico 19:15)

    Por si fuera poco, lo repite y amplía pocos versos más tarde:

    «»No haréis injusticia en el juicio, ni en la medida de longitud, ni en la de peso, ni en la de capacidad.  Tendréis balanzas justas, pesas justas, un efa justo y un hin justo. Yo soy el Eterno, vuestro Elohim que os saqué de la tierra de Egipto.»
    (Vaikrá/Levítico 19:35-36)

    Por supuesto que prefiero atender lo que Dios me dice y no los que los atontados por sus creencias religiosas proclaman como verdad.
    Por tanto, evidentemente que está en nuestra potestad juzgar, pero con ciertos límites para no caer en injusticia.
    Ante todo, debe ser un juicio justo, en donde prime el equilibrio y no el favoritismo de ninguna especie.
    Luego, lo necesario es aprender a juzgar los hechos de una persona y no a la persona en sí misma.
    Por último, aunque obviamente hay muchísimas reglas más para ser justos en nuestros juicios, ser prudentes en no juzgar cuando no nos compete o no tenemos la información adecuada y necesaria.

    Al respecto, quiero recordar una de las frases célebres de Víktor Frankl, que no fue una autoridad en el ámbito espiritual, pero sin dudas fue muy sabio en cuestiones psicológicas y de vida:

    “Ningún hombre debería juzgar a menos que se pregunte con absoluta honestidad si en una situación similar podría no haber hecho lo mismo”.

    Lo cual en realidad no es una invención de este moderno sabio, sino que proviene del milenario saber de la sagrada Tradición, cuando dice:

    «No juzgues a tu amigo hasta que estés en su situación»
    (Avot 2:5)

    Seamos cautos y prudentes, cuando no nos agrade la acción, la palabra o el pensamiento del otro, no corramos a criticarlo, pero sí tomemos el tiempo y la atención para recabar información, para comprender lo que dijo y lo que quiso decir, para ver qué lo lleva a actuar así, es decir, comprender a la persona y su situación.
    Cada uno carga una historia personal inmensa, compleja, y solemos no saber ni entender las circunstancias por las que el otro está pasando o lo que ha vivido. Por supuesto que eso no es justificación para conductas criminales, o un pase libre para el libertinaje, ya que el otro quizás pobrecito ha sufrido mucho y se comporta así porque esa acción negativa es la que aprendió y sabe hacer.
    ¡No! No es disculpar el mal, pero sí es ser mesurados, cuidadosos, atentos, para que no seamos injustos o perversos con la intención de ser juiciosos.
    ¿Estamos seguros de cómo actuaríamos nosotros si estuviésemos en la posición del otro?
    ¿Es que alguien alguna vez puede estar realmente en el lugar del otro?
    Por tanto, por supuesto que sí debemos juzgar lo que dice, hace o manifiesta el otro y tener cuidado para que no nos perjudique; no podemos esperar a que sea Dios el que haga nuestro trabajo.
    Pero que ese juicio sea considerado, como hemos explicado en este post.

    Para finalizar, es un hecho que la Torá habla a los jueces, para que aquellos con la potestad social de juzgar actúen de la manera correcta.
    Para que hayla Mishpat y Tzedek, juicio y justicia, ambas cosas.
    Pero también es cierto que es un imperativo ético para cada uno de nosotros.

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  • Salir del ciclo negativo de repetir sufrimiento

    Tenemos la predisposición a repetir lecciones que no hemos aprendido.
    Por ello, amargos momentos del pasado se actualizan a similares situaciones actuales, también amargas.
    Mientras no encontremos la clave para zafar de ese loop, de ese círculo vicioso, estaremos atrapados en él.

    ¡Atención! No es por una misteriosa maldición mística.
    Tampoco es a causa de un innoble dios agresor que se regodea con nuestro padecimiento.
    Si no que nosotros mismos vamos escogiendo inconscientemente las puertas que nos abren a experiencias traumáticas similares, esperando poder resolverlas.

    Es como  hemos sido creados, es nuestro diseño, nuestra naturaleza.
    Repetir las escenas no resueltas, cerrar las heridas que dejamos abiertas, para que podamos avanzar.
    No hay que buscarle misteriosas connotaciones ni claves cósmicas mágicas que nos persiguen.

    Por eso es importante esto que ahora te recuerdo: no es un destino inexorable lo que está en tu pasado y no resolviste, ya que tienes la posibilidad de cambiar el ciclo del retorno de lo oscuro.
    Solamente tienes que aceptar aquello que no puedes cambiar; aquello que no puedes dominar debes dejarlo fluir para poder hacerte cargo de lo que sí realmente puedes controlar.
    Pon tu confianza en el Padre Celestial y comienza a escoger otros caminos, acepta tus errores, enmienda lo que está a tu alcance, realiza un proceso sincero de TESHUVÁ para que entonces todo tu ser esté en una nueva y mejor sintonía.
    Aplaude tus logros, agradece lo que recibiste, ponte a trabajar sin esperar milagros, pero no dejes de rezar pidiendo por ellos.
    Perdona y deja de buscar el pelo en el huevo, sin por ello de ser precavido y atento.
    Suelta lo que hace daño, no te abraces a ello.
    Deja de justificar lo que te maltrata, aprende a construir SHALOM en pensamiento, palabra y acción.

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  • La poderosa alegría

    Una gran verdad es la que dice que la alegría es un poderoso vitaminizante, para todo momento.
    La verdadera alegría, no aquella risotada boba, ni la burla cruel, ni la insensibilidad provocada por vivir en la fantasía, ni la que deriva de sustancias que dejan perpleja la mente.
    La alegría que brota espontánea y sincera, sin estar siendo actuada ni parodiada.
    Una alegría simple, que puede aparecer hasta en los momentos más dramáticos de nuestra existencia.
    Una que nos conecta con la espiritualidad sin por ello desconectarnos de nuestras vivencias terrenales.
    La alegría que surge de la mirada amable, que se corre del lugar de víctima, que aprende a reírse de nosotros mismos sin por ello caer en lo grotesco o burlón.
    La alegría que es un foco de luz hasta en la noche más cruel.
    Que se permite esbozar una sonrisa en el día de luto, no por el placer de la muerte o sus recompensas viles, sino por estar convencido de que todo en este mundo es pasajero y nos espera una realidad eterna, de comprensión, de justicia, de misericordia, de paz.
    La alegría que se contagia y no perjudica.
    Una que no precisa del chiste, ni del gesto cómico, y mucho menos de hacer escarnio de alguien.
    La alegría que no puede realmente ser descrita, porque es un sentimiento y por tanto queda por fuera de las descripciones racionales.
    Pero que aquel que la ha sentido, sabe de qué estamos hablando.

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