Tú lo pediste…

«Él les dio lo que pidieron, pero envió a sus almas debilidad.»
(Tehilim/Salmos 106:15)

Hay que aprender a pedir, porque a veces aquello que se nos da –en respuesta a nuestro deseo- no es precisamente lo más beneficioso, saludable, positivo.
¡Cuántos terminaron en abandono y miseria luego de ganarse unos buenos millones a la lotería!
Y sí, otros ante similar premio supieron aprovecharlo para ampliar el bienestar.
Por lo cual, no podemos saber con precisión qué es lo más adecuado para nosotros, solamente al final de la historia –personal, en el caso del individuo- tendremos alguna idea aproximada.

Para evitar contratiempos seguramente que lo más recomendable es llevar una vida de prudente disfrute de lo permitido, aquí y ahora, sin por ello arriesgarnos a despreciar lo que puede quedar reservado -o en desarrollo- para el futuro.
Agradecer lo que nos fortalece el alma, es decir, la vida terrenal.
Guardar, compartir, hacer fructificar, pero sin aferrarnos a lo que –en definitiva- siempre termina siendo perecedero, se marchita, desaparece, nos lo arrancan, se esfuma, muere, se termina.

Aprendamos a pedir, para lo cual es necesario aprender otras cosas antes.
Mientras tanto, hagamos nuestra parte como socios del Creador.

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