El método para aprender

«Ahora, escribid para vosotros este cántico y enseñadlo a los Hijos de Israel.
Ponlo en su boca, para que este cántico Me sea de testigo en los Hijos de Israel.»
(Devarim/Deuteronomio 31:19)

Para educar no alcanza con que el libro esté escrito, por más maravilloso que sea su contenido.
Tampoco que sea enseñado, por más genial y empático que sea el maestro.

Lo que se precisa es una acción transformadora, que sea puesto el conocimiento en boca del estudiante, para que se transforme en cercano a su decir.
Que sea como un cántico, que se recuerda, que se repite, que se combina para llenar los espacios.
Que el aprendiz lo comente, lo hable, lo explique, lo pregunte, lo mastique y luego vuelva a decirlo.

No con la intención de crear una creencia que aprisiona, ni para que la palabra sea un dogma que somete.
Sino para que el estudiante sea experto en la materia, cosa que no se consigue con la sola lectura, ni tampoco con un par de repasadas. Se necesita integrar lo aprendido al propio sistema, que se le permita modificar lo anterior, que se le de autorización para que remueva lo innecesario y fortifique lo valioso.
Para eso es la acción activa y emprendedora del aprendiz lo indispensable.

Que no quede en letra escrita, ni leída.
Que no sea una palabra dicha al pasar.
Que no sea una memorización para demostrar aparente conocimiento ante otros.
Que sea una integración sustancial en la vida del que aprende.

Lo que aprendiste y forma parte de tu vida, muy probablemente haya sido porque hiciste algo parecido a esto.

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