Paralizarte con la oscuridad… o triunfar?

Parashat Bo, que leemos esta semana, incluye la plaga de oscuridad paralizante. Se nos dice en la Torá que los egipcios estaban envueltos en una oscuridad donde “…una persona no podía ver a su amigo y nadie podía levantarse de donde estaban” (Éxodo 10:23). Puede considerarse que era una niebla tan espesa que afectaba la movilidad, o quizás eran terrores nocturnos que los paralizaban emocionalmente.

El rabino Harold Kushner escribe en su comentario a este pasaje: “Quizás los egipcios estaban deprimidos por la serie de calamidades que los habían golpeado” (Etz Hayim, p. 377).

Kushner continúa especulando que los egipcios podrían haber estado deprimidos ‘al darse cuenta de cuánto dependía su propia comodidad, de la esclavitud de los demás’.
Con el paso de los milenios, la enseñanza del judaísmo fue llegando a más y más lugares, haciendo que más conciencias despierten y se entienda que todos somos criaturas de origen divino y que tenemos derechos. No podemos estar indiferentes al sufrimiento del prójimo, al que debemos de amar como a nosotros mismos.
Sin embargo, es fácil comprender que ante la injusticia, podemos deprimirnos y, por lo tanto, quedarnos inmovilizados por la oscuridad que nos rodea.

Sin embargo, Kushner nos da una interpretación de una historia del Talmud que apunta a una salida. En Berajot 9b, encontramos un debate talmúdico sobre cuándo amanece. ¿Es cuando podemos distinguir entre un trozo de tela azul y un trozo de tela blanca? ¿Entre un lobo y un perro? ¿Un burro domesticado y uno salvaje?
El Talmud concluye que es cuando hay la claridad suficiente como para que podamos reconocer el rostro de un amigo a unos pasos de distancia.
Kushner amplía y profundiza esto para decir que llega el alba cuando podemos reconocer a cualquier ser humano como amigo.

Esto nos señala una salida de la oscuridad y el aislamiento que genera la negación del otro. Y, de hecho, muchos egipcios pudieron hacer esta transición dando a los israelitas regalos de oro y plata cuando salían de Egipto (Éxodo 12:35-36). Al compartir su riqueza con una población previamente esclavizada, crearon la base material para que esa gente sobreviviera en su inminente salida de Egipto rumbo a la libertad. Era también una manera de expiar por sus culpas y humillaciones de tantas décadas de maltratar a los hebreos.

Hay otro grupo de egipcios que van más allá. De hecho, se unen a los israelitas en su salida de Egipto. En la Torá se los menciona como “erev rav”, que se traduce generalmente como “una multitud mixta” (Éxodo 12:38).
Podemos especular que los egipcios que se unieron a los israelitas también tenían sed de libertad. Incluso, la tradición se menciona que la madre adoptiva de Moisés, la hija de Faraón, estaba entre los que salían junto a los israelitas. De hecho, hasta se dice que se convirtió al judaísmo, tomando entonces el nombre de Bitia o Batia.

Lo que nos sirve de ejemplo de aquellos que no solo se dan cuenta del prójimo, de sus necesidades, y los auxilian; sino de los que se identifican con el otro, con plena empatía y conectan para crear juntos una sociedad mucho más justa, digna, llena de Shalom.

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