Educación para la justicia

Al crear a la especie humana, Dios nos dio muy pocas instrucciones y reglas; tal como un padre hace con su hijo recién nacido, que va recibiendo educación por medio del vínculo más que por intermedio de palabras y reglas a seguir.

Con el paso del tiempo, el Eterno fue dando unas pocas leyes más, las básicas que permiten establecer una sociedad saludable y constructiva. Como un padre que suma a la educación de su hijo pequeño ciertas reglas fundamentales e indispensables para toda persona de bien.
A los mandamientos básicos para la humanidad se los conoce como Sheva Mitzvot deBenei Noaj – Los Siete Preceptos de los Descendientes de Noé. Son las herramientas esenciales que permiten diferenciar la conducta humana de la de un animal.
Con la aplicación de estos mandamientos y mientras el tiempo seguía transcurriendo, las sociedades humanas iban adquiriendo mayor madurez emocional e intelectual. Esto permitió que en cada sociedad fueran brotando más leyes y normas que aseguraran la vida e integridad de sus integrantes. A diferencia de los preceptos noájidas, estas leyes provenían de la mente humana, por lo que no siempre eran lo más justo y atinado. Tal como cuando niños de 7 u 8 años se reúnen para realizar ciertas actividades en conjunto, por ejemplo jugar, e inventan sus propias reglas que no siempre siguen la normativa dada por sus mayores, y que no siempre son muy coherentes con lo que se entiende por razonable.

Recién cuando la humanidad llegó a un estado de comprensión mayor, algo así como su ingreso a la juventud-madura (su bar/bat mitzvá), pudo ser considerada como responsable, y por lo tanto habilitada para recibir, de parte de Dios, un mayor número de leyes y de metas a cumplir. Tal como un padre y la sociedad hacen con los que dejan de ser niños y comienzan a ser tratados como personas maduras.
Estas leyes maduras que Dios entregó, son las mitzvot, los 613 mandamientos que se hallan en la Torá, y que es responsabilidad de los judíos reconocer y tratar de cumplir.

Los que aceptaron el compromiso, la “aventura” de crecer, los que adoptaron para sí el sistema maduro de legislación fueron los judíos, el pueblo judío en su conjunto.
El resto de las naciones rechazaron en su oportunidad la ocasión que Dios les brindaba para hacerse merecedores de tal estilo de vida arduo y lleno de exigencias.
Pero, ¿qué pasa con aquellos gentiles que tienen el anhelo de llevar una vida más difícil, más poblada de demandas, de severidades, de restricciones?
Para estas personas de entre las naciones hay tres opciones legales y válidas:

  • Reconocer que el sistema de vida noájico es perfecto en sí mismo, porque Dios lo ha dado desde Su Amor y Sabiduría, no queriendo perjudicar en modo alguno a las personas con estas leyes.
  • Sabiendo que los Siete Mandamientos Universales son raíces de los cuales se derivan numerosas normas de vida, costumbres positivas, reglas de crecimiento integral verdadero. Son siete los mandamientos, la exigencia que Dios tiene, pero son decenas, centenas, miles, las conductas maduras, constructivas, desarrolladas que el noájida puede adoptar para sí con amor y disciplina, sin por ello embaucar, ni usurpar el legado santo del judaísmo.
  • Para quien está dispuesto y es firme en su compromiso está entreabierta la puerta a la Familia Judía, exclusivamente a través de una verdadera conversión formal u legal al judaísmo, que implica aceptar el yugo de la Torá y de los 613 mandamientos de por vida. Por supuesto que esas malas parodias de los cristianos que se hacen llamar “judíos mesiánicos”, no tienen ningún valor positivo, no son conversiones al judaísmo, de hecho no tienen nada de judíos. Tampoco son válidas las escenificaciones de la rama “reformista” o sus similares, que no tienen ningún aprecio por la santidad del judaísmo ni por la divinidad de su esencia.

Así pues, tanto judíos como gentiles tienen el camino sagrado dispuesto para llevar una vida de crecimiento integral verdadero, la sacralidad necesaria para desplegar una vida de belleza en este mundo y en la eternidad.

Dios, en su infinita Sabiduría, dio también las instrucciones y utensilios para que cuando se precisara legislar o juzgar sobre lo no expresado en la Torá, se lo hiciera en base a lo que Él considera lo más acertado, y lo más apegado posible a Su Voluntad. Tal como un padre humano amoroso y responsable hace con su hijo ya adulto, al cual educó desde sus primeros momentos, al cual brindó los mecanismos para resolver situaciones personales que no están contempladas por las normas fijas.
Esto Dios lo hizo cuando declaró:

"Cuando te sea difícil decidir en un juicio en tus tribunales… te levantarás y subirás al lugar que el Eterno tu Elokim haya escogido.
Irás a los sacerdotes levitas y al juez que haya en aquellos días y consultarás. Ellos te indicarán la sentencia del juicio.
Harás según la sentencia que te indiquen en aquel lugar que el Eterno haya escogido, y tendrás cuidado de hacer según todo lo que te declaren.
Harás según la Torá [la instrucción] con que ellos te instruyan y según el juicio que pronuncien. No te apartarás de la sentencia que te indiquen, ni a la derecha ni a la izquierda.
"
(Devarim / Deuteronomio 17:8-11)

Esto significa que a partir de la entrega de la Torá, Dios mantiene Su Torá vigente, y permanece como Rey, pero ya no legisla para los humanos, sino que le dio la misión de elaborar leyes a los jueces, rabinos, sacerdotes cultos del pueblo judío.
Tal como un padre espera que su hijo adulto haga, conforme a los reglamentos existentes, a la razón, y al apego a la Ley.

Por lo tanto, desde el momento que Dios entregó a los Sabios de Israel el derecho a legislar; las sentencias y leyes emanadas de ellos tienen el respaldo de Dios, y cuentan con todo el peso legal como para ser consideradas leyes indirectamente ordenadas por Dios. Son leyes para el pueblo judío y para los habitantes gentiles del estado judío, pero no tienen carácter de obligatorio para el gentil que reside fuera del estado judío.
Sin embargo, los gentiles también tienen el mandamiento de legislar, de dictar jurisprudencia, de llevar una vida de justicia, es una de las exigencias que Dios impuso a los gentiles. Esto se consigue estableciendo poderes legislativo y judicial y deteniendo la anarquía y la corrupción que se derivan del EGO.

Toda ley que se presente como venida de Dios y que sea contraria a Su Torá, indudablemente no es de Dios sino de personas que se oponen a Su gobierno.
Toda ley humana que se pretenda como divina y que no haya surgido de la sentencia de los Sabios de Israel, es contraria a lo que el Eterno ha manifestado como Su Voluntad.

Es importante conocer esto, entre otras cosas porque así reconocemos la confianza que Dios deposita en la humanidad: nos tiene tanta confianza que nos da la oportunidad para conducirnos a nosotros mismos, y no ser marionetas en Sus manos, o como animales que son guiados por sus instintos, o como personas inmaduras que son juguetes de sus deseos pasajeros.
Pues Él nos ha dado las herramientas, nos facilita la materia prima, nos muestra la meta a alcanzar, y nos otorga la libertad madura como para convertirnos en trabajadores de nuestra propia edificación personal y colectiva.

Moré Yehuda Ribco

Relato a propósito del comentario

Cuenta el muchacho a sus amigos: "El día que me perdí en el bosque, se venía la noche y yo estaba desesperado porque tenía muchísimo miedo, y no encontraba ninguna pista que me trajera de regreso. Entonces, con todas mis fuerzas hice una tefilá -rezo- pidiendo a Dios que hiciera algo para salvarme y rescatarme de tan difícil situación."

Preguntan sus amigos: "¿Dios te respondió?"

Contesta el joven: "¡No!, ¡Nada de nada!
Ni bien terminé de decir la última palabra de mi tefilá apareció el guardabosques y me llevó inmediatamente al camino correcto…"

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