Estamos hechos y podemos rehacernos

Nuestro Yo Vivido se forma en buena parte por la impronta que los demás van dejando en nosotros, para bien o para mal, queriéndolo o no.
Nuestras experiencias nos marcan, nos forman, nos apartan o acercan a vivir de acuerdo a nuestro Yo Esencial (NESHAMÁ, espíritu).
Cuanto más lejanos estemos de esa identidad espiritual, más conflictos en nuestra vida, más sufrimiento, más pesadumbre, más impotencia, menos gozo verdadero. Es el exilio del ser. Tal como Israel ha vivido exiliado, apartado de su tierra y del santuario en su corazón; así cada uno de nosotros cuando estamos en el imperio gobernado por el EGO, desconociendo nuestra NESHAMÁ, llevando una vida ajena, a la espera (a sabiendas o no) de esa Era Mesiánica con sus promesas de redención y salvación.

No siempre, o casi nunca, tenemos control de esos mensajes formadores que provienen de nuestra interacciones con el medio social, con el otro. Lo que el otro hace o deja de hacer, no suele depender de nuestra voluntad, deseo o necesidad.
Incluso es sumamente limitado nuestro poder para detener en nuestro interior la formación de reacciones a partir de esas interacciones. ¡Es un proceso inconsciente e involuntario, en su mayor parte!

Podríamos tratar de vivir aislados, sin contacto con otros humanos, pretender la vida de los monjes ascéticos, esos ermitaños o yamabushi que se creían en un camino de santidad por vivir despojados de todo y todos; ¡pero eso sería renunciar a una parte sustancial de nuestra vivencia como personas!
Además, el contacto con el otro no tiene porque ser inmediato, cuando leemos algo, o recordamos sucesos vividos con otros, o disfrutamos de algún bien u objeto elaborado por otro, ya estamos introduciendo sus mensajes en nuestra forma de ser. Esas caras y voces del pasado, están presentes en nuestra memoria, no solo la que traemos al frente con el recuerdo, sino también en las marcas dejadas en el Yo Vivido. Por lo cual, hasta en una nave espacial a miles de millones de kilómetros de otro ser humano, de cualquier otro ser vivo visible a simple vista, igualmente estaremos enfrascados en conversaciones, disputas, pasiones, rechazos, abandonos, sometimientos, amor, alegría, compañerismo; porque cargamos al otro en nuestro ser, porque una de nuestras dimensiones es la social. De hecho, el idioma que usas para comunicarte, y para pensar, no es tuyo original, es propiedad de la sociedad.
Por otra parte, la cancelación de la interacción humana nos lleva al abismo de la alienación mental, es decir, enloquecer en la soledad. Me parece que el remedio resulta peor que lo que quiere curar.

Quizás podríamos limitar nuestros vínculos, sin llegar al encierro desesperante, para solo contactar en lo más indispensable.
Podría no ser tan mala idea, de hecho, es necesario aprender a filtrar nuestras relaciones, no solo con otras personas, sino también con objetos, acciones, sentimientos, etc.
No, no es mala idea.
Sin embargo, recordemos que no estamos en control del mundo y las interrelaciones se dan incluso cuando no las queremos, prevemos o esperamos. Por ejemplo, la brevísima relación que se establece con el conductor del bus que se retrasó y nos hizo llegar tarde al trabajo; la persona que nos pechó en la calle; aquel que se coló en la larga fila de espera; la ancianita que tropezó y ayudamos a levantar; la vecina que dejó el “regalito” de su perro en la acera delante de mi puerta; el que cruzó con la luz roja y estuvo a un segundo de pisarnos; tu hijo que perdió por enésima vez el carnet del club deportivo; como ves estamos, queramos o no, sometidos a miles de interacciones diarias, con gente cercana o no. Cada uno de esos encuentros van formando, deformando, conformando nuestro Yo Vivido.

Podríamos aprender a usar el filtro de otra manera, no esquivando el contacto con otros, porque como vimos es casi imposible; sino tomando conciencia de lo que está sucediendo y entonces desechar lo inservible, porque le damos su real valor en ese determinado momento. Es como ignorar lo innecesario, pero sin ignorarlo realmente. Porque cuando somos ignorantes, estamos a merced de lo que no sabemos; pero si somos conscientes y escogemos a partir de lo que evaluamos, estamos ejerciendo un poder cierto.
Por supuesto que no podemos tomar conciencia de todo, ni de evaluar todo, ni de hacerlo correctamente, ni de evitar las trampas del EGO, ni de dejarnos llevar por el hábito; sin embargo, ¿las dificultades excusan la total pereza y abandono?

Pero, están las situaciones ambiguas, las que no tenemos elementos para evaluar; o que en su contexto espacio/tiempo/situación ameritaban una catalogación, que resulta ser completamente otra en otro contexto. ¿Te pasó alguna vez? ¡Claro que sí!
Por tanto, ni siquiera el sobre analizar, la obsesión delirante por tener todo registrado y evaluado, tampoco es una manera saludable de vivir.
Una cosa no quita la otra: tomar conciencia, por supuesto que sí. Fanatizarnos por/para hacerlo sin pausa, eso no.

La idea, en resumen, es tomar conciencia, evaluar con bondad y justicia, seguir adelante.
Hacer el esfuerzo consciente por adquirir lo que nos mejora, que esta conducta se transforme en un hábito.
No dramatizar, no tomar a la tremenda, no guardar rencor, no desear la venganza, pero tampoco reprimir o negar lo que sentimos.
Sino, elaborar, construir con los instrumentos y herramientas que tenemos a disposición.

Por ejemplo, una historia real, cuyos nombres no recuerdo.
Estaba el discípulo junto al maestro a la salida de la festividad de Pesaj, festividad durante la cual los judíos procuran no comer jametz, es decir gramíneas que han fermentado (pan, galletas, fideos, tortas, etc.).
Había una larga cola de judíos desesperados por comprar pan recién horneado, humeante y sabroso. Bizcochos, masas, tartas, todo lo que durante una semana (o incluso un poquito más), aquellos judíos no degustaron.
El alumno entonces, con tono dramático y amargo, comenta a su maestro: “Mira maestro, qué vergüenza. No bien termina Pesaj y ya corren desesperados por comer jametz. Como si no hubieran aprendido nada de la festividad de la libertad”.
El maestro observa al atareada cola de consumidores, luego mira compasivamente al alumno y le dice: “Yo solo puedo elogiar a esta gente. Mira cuanto aman el jametz, como les encanta disfrutarlo. A pesar de ello, hicieron el tremendo esfuerzo por no consumirlo,ni poseerlo, ni siquiera verlo durante todos estos días. ¡Son dignos de todas las alabanzas, por su amor a los mandamientos del Eterno y su entrega desinteresada a vivirlos!”.

Como ves, el alumno tenía el hábito del EGO, el maestro… ¡por algo era maestro y no meramente un disertante o un compilador de leyes!

Platón , un maestro gentil, de los cuales hay mucho por aprender (pero NO de Torá), enseñó:  “Sé amable. Cada persona con la que te encuentras está librando su propia batalla”.
Pero que esa amabilidad no sea hacerse cómplice del mal, ni colaborar con el caos.
Sino más bien:eveh dan et kol adam l’kav zjut» – “juzga a toda persona para el lado del mérito” (Pirkei Avot 1:6).

De esta forma, tampoco interiorizamos las ofendas; ya que el otro no tiene el poder para dañarnos con sus palabras.
Comprendemos que grita, insulta, amenaza, protesta, se queja, murmura, chismorrea, etc., porque se siente impotente, porque no puede hacer otra cosa ya que siente que no tiene el poder de hacerlo. Entonces, le brota de manera automática el EGO con sus instrumentos.
¿Está bien eso negativo que está haciendo?
Claro que no, de ninguna manera lo malo es bueno, aunque la sociedad diga que sí.
Pero, entendemos que está sintiendo impotencia, por eso reacciona de esa manera oscura.
¿Nos duele? Probablemente que sí, pero no por ello habremos de reaccionar desde el EGO.
¿Vamos nosotros a someternos a su EGO, y por tanto esclavizarnos al nuestro?
¿O mejor lo juzgamos meritoriamente y le ayudamos a corregirse, si es que quiere hacerlo?

No entrar en los juegos del EGO, sino tratar de vivir bajo la LUZ de la NESHAMÁ.
Sabemos que no es posible al 100%, quizás ni siquiera al 50%; pero está en nosotros el tratar de lograrlo.

¿Cómo?
Construyendo SHALOM, con pensamientos/palabras/actos de bondad Y justicia, siendo leales al Eterno.
A veces para construir se precisa destruir, a veces la justicia debe sobrepasar en abundancia al amor; pero igualmente, la meta es construir SHALOM, no actuar bajo el imperio del EGO.

No seremos robots, insensibles, máquinas frías que responden a una programación; sino que sentiremos, nos enojaremos, tendremos miedo, inventaremos excusas, todo lo oscuro pasará por nuestra psique, pero estaremos entrenando para no actuar de esa manera nefasta.
Entrenar, ejercitar, repetir hasta que la conducta constructora de SHALOM sea un hábito, una segunda naturaleza notable en nosotros.

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Jonathan Ortiz
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Moré a la luz de estas enseñanzas entiendo que una gran tarea seria analizarse y ver que tanto de lo que somos va de la mano con nuestra esencia.

Me explico, aquello de «yo soy asi porque a mi me criaron asi», o «es que yo soy como mi mamá/papá», no muestra que nos referimos a actitudes o habitos aprendidos que en realidad no son parte original de quienes somos.

Gran tarea

Jonathan Ortiz
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Donde dije «no muestra» quise decir «muestra».

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