Berajá, la bendición

Berajá se traduce por bendición.
Es común asumir que esta palabra refiere a dos acciones que hacemos con respecto al Creador:

1- agradecerLe por algún bien o beneficio que obtenemos y vamos a usufructuar;
2- pedirLe autorización para hacer uso de ese beneficio.

De cierta forma ambas apuntan a considerar que eso que estamos por disfrutar o usar debe cambiar de estatus espiritual, pues pasa del plano de lo estrictamente santo, por pertenecer al Divino, al plano terrenal, ya que está a nuestro alcance y podemos deleitarnos con él.
Es decir, bendición y santidad son caras complementarias de la misma moneda, pero no son la misma cara.

Hay otra manera de considerar a la berajá:

3- desear el bien a una criatura, es decir, a un ser creado:
4- elogiar al Creador a través de la buena palabra.

De ahí que en español decimos “bendecir” o sea, “bien decir”.
Pero advirtamos una diferencia sustancial entre la 3 y la 4.
En la primera, el deseo de bienestar parte de nosotros hacia el Creador, para que sea Éste quien según Su Voluntad favorece a la persona receptora de nuestras buenas intenciones.
En la segunda, deseamos expresar nuestro amor por el Eterno, y desde nuestra limitación tratamos de “sumarLe” alguna cosa, tal y como si eso tuviera lógica o fuera de alguna forma posible. Sabemos que nada podemos darle, nada le falta, sin embargo se “deleita” con nuestra bien hacer, con nuestro amor.

Al respecto de esto último, prestemos atención al Talmud:

“Ribbí Ishmael ben Elisha, el Sumo Sacerdote dijo: Una vez, en Iom Kipur, entré en el santuario más íntimo, el Lugar Santísimo, para ofrecer incienso, y en una visión vi a Ekatriel-Ya, el Señor de los Ejércitos, uno de los nombres de Dios que expresaba Su máxima expresión de autoridad, sentado en un trono alto y exaltado (ver Isaías 6). Y él me dijo: “Ishmael, hijo mío, bendíceme”.
Le dije la oración que Dios reza: “Que sea tu voluntad que tu misericordia venza tu ira, y que tu misericordia prevalezca sobre tus otros atributos, y que puedas actuar hacia tus hijos con el atributo de la misericordia, y que puedas entrar delante de ellos más allá de la letra de la ley”.
El Santo, Bendito sea Él, asintió con la cabeza y aceptó la bendición.
Este evento nos enseña que no debes tomar la bendición de una persona común a la ligera. Si Dios pidió y aceptó la bendición de un hombre, tanto más para que un hombre debe valorar la bendición de otro hombre.
(Berajot 7a)

Por supuesto que ésta ha sido una visión producto de la imaginación del Sumo Sacerdote, no una vista real de la Divinidad hecha carne.
En su imaginación ocurre este diálogo, que es el mismo lo que realmente nos importa estudiar ahora.
Vemos cómo en la visión el Sumo Sacerdote, en ese día, momento y lugar todos tan sagrados, recibe la orden/pedido de bendecir a Dios.
Como un padre que nada precisa del hijo, pero igualmente le pide su ayuda para que sea el hijo quien se sienta valorado, que se eleve por sobre su nivel actual y alcance uno más alto.
Es el poder de la bendición, revelarnos nuestra conexión sagrada e inquebrantable con el Padre.

Al bendecir estamos abriendo canales a través de los cuales la LUZ se revela y es descubierta en este plano material.
Es como tener un tanque de agua en medio del desierto pero que nadie se aprovecha del líquido, pues ninguno tuvo la idea de abrir la canilla que permite fluir el agua por la cañería.
Pronunciar una berajá es abrir el paso al agua de lo alto, derramar la LUZ en nuestra existencia terrenal.
La LUZ está, pero permanece oculta hasta que la persona bendice.

Nosotros no creamos la LUZ, no establecemos tampoco la cañería, ya que todo está provisto por el Creador.
Pero como el nos quiere como Sus socios, nos deja a nosotros la tarea de movilizar el bienestar a través de la oración, de la berajá.

Al saber esto nos resulta más fácil entender que berajá tenga una profunda relación con “brejá” (piscina, pileta, fuente).
Porque es la bendición la que moviliza el contenido de la fuente del Eterno y la distribuye en nuestras vidas.
Cada vez que bendices, estás trayendo el bien.
Poniendo en evidencia la conexión sagrada.
Tomando conciencia de tu identidad verdadera, que es ser chispa de la Divinidad.

Para finalizar, la palabra “berej”, rodilla también está íntimamente relacionada con el concepto que estamos analizando.
Te diré al menos tres vínculos de acuerdo al contexto histórico cultural que dio lugar a estas palabras:
– denotaba relación de autoridad y sumisión;
– representaba lo que da y sustenta la vida;
– simboliza la posibilidad de conectar el plano espiritual con el terrenal.

Si este estudio te ha sido de bendición, nunca mejor dicho, compártelo y colabora para que podamos continuar trabajando en la difusión de las verdades sagradas de la Torá, gracias: https://belev.me/apoyo

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