Faraón habÃa dado la orden de eliminar cruelmente a los niños varones hebreos, lanzándolos al dios rÃo Nilo; para precaverse del nacimiento de quien serÃa el libertador de los hebreos.
Y sus súbditos acataron graciosamente sus reales designios.
Entre los hijos de Israel a los tormentos por la esclavitud se les sumó el de la desazón por estar imposibilitados de rescatar a sus hijos de las fauces de la desaparición; pero también la morbosa incertidumbre, que los obligaba a vivir perplejos, apáticos, al punto de preferir abstenerse de comercio carnal, de convivir familiarmente, por si acaso del amor, o la cercanÃa Ãntima, naciera algún hijo varón.
Faraón lograba en su paulatino proceso de esclavización de los israelitas un nuevo triunfo, como era el de desmembrar los lazos de unión, provocar la separación sentimental entre los miembros de las familias.
Asà conseguÃa no sólo descender el ritmo inmenso de crecimiento demográfico israelita, sino también debilitar, aún más, sus identidades "tribales".
Pero, una mujer (innombrada en la Torá, y que nuestros jajamim llamaron Iojeved) de la tribu de Levà (conocido por su fuerte carácter) se resiste a la perversión de Mitzraim, se eleva sobre la privación y obtiene la preñez de su reacio marido (según los jajamim merced a la inteligente intervención de una hija de ambos).
De esta relación nace aquel que nosotros conocemos como Moshé Rabeinu, que en aquellos tres primeros meses que permaneció oculto en casa de su madre aún no se llamaba asÃ.
Luego de esos tres meses, la madre consideró que no lo podÃa resguardar más en el precario cobijo de su morada, por lo que decide acostarlo en una canastita (que hoy en dÃa llamarÃamos moisés) embetunada, y colocarla sobre las aguas del rÃo Nilo.
Esta acción resulta a claras vistas ilógica.
¿Qué clase de salvación le proveÃa a su hijo en una canastita?
¿Cuál serÃa su alimento?
¿Quién lo cuidarÃa?
Tal parece que en realidad la praxis materna llevarÃa irrevocablemente a la extinción del bebe, que su gesto era una muerte retrasada, en definitiva, cumplir las órdenes siniestras de faraón, matando al niño en el rÃo Nilo. Por lo cual, todos sus empeños durante el embarazo y los tres meses de vida extrauterina serÃan vanos, algo asà como luchar contra molinos de viento imaginarios, o bravuconadas sin sentido.
Sin embargo, nuestros sabios consideran esta acción de Iojeved como plena de sentido.
Es conocido el popular dicho: "Mientras hay vida hay esperanza"; pues bien, algo similar pensó (según jaza"l) la madre del bebe: "Mientras haya un Dios que da la vida, hay esperanza".
Aparentemente ella confiaba en que su hijo serÃa protegido por la intervención de la Providencia, por lo que no estaba desamparado en una débil canastita, ni morirÃa de inanición o sed, puesto que alguien más grande que faraón se encargarÃa de rescatarlo.
Esta es la confianza ferviente de una madre que presencia el drama existencial de su hijo.
Es la lógica irracional.
Es una lógica no aristotélica, no cientÃfica, no demostrable.
Pero, no fue la lógica de un irresponsable.
El irresponsable asegura: "Dios me protege, asà que, ¿para qué voy a actuar yo?"
Esta mujer hizo, no dijo.
Hizo una canasta.
La embadurnó con brea, material impermeabilizante.
Hizo que fuera colocada en un cañaveral, dónde el flujo de la corriente no es intenso.
Aseguró la presencia de su hija en el lugar para vigilar el destino de la canasta que llevaba a su hijo.
En fin, tenÃa cierta ilógica lógica, como es la de esperar "el milagro"; pero seguro que sabÃa que el milagro para hacerse debÃa ser "ayudado" por la intervención propia…
Su confianza en el Eterno se vio recompensada plenamente, pues no sólo su hijo salvó su vida, sino que fue (paradójicamente) adoptado por ¡la hija de faraón!
Pero, su fortuna no quedó en esto, ya que además ella pudo seguir amamantando a su hijo, y hasta auxiliar en su crianza…
Las vueltas que tiene el "destino", dirÃa algún paisano…
¿"Destino"?
¿O la Providencia acompañando las acciones humanas?