CUANDO LA INFAMIA TOMA FORMA DE LIBRO

Palabras entre el odio y la esperanza III

Por
Shaúl Ben Abraham Avinu

Cuando la infamia toma forma de libro

 

De acuerdo a una idea popular surgida entre cristianos y arraigada en el Islam – religión en la que varios pasajes de su libro sagrado, el Corán, así lo asegura- al pueblo de Israel es conocido como el Pueblo del Libro o el Am haSefer. Título adecuado si se alude con ello al Tanaj y por extensión hace referencia al amor, que en general, se profesa por los libros. No en vano, como lo muestra la historia, las primeras empresas industriales judías fueron imprentas, que con siglos de anterioridad fueron precedidas por las casas de traducción y de confección de los mismos que estuvieron en manos judías.

Tal es el gusto por los libros que hasta se han redactado hagadot (narraciones legendarias con fines educativos) que hacen del cielo una biblioteca cuyo administrador es nada más ni nada menos que el Ángel Metratón, el de los setenta nombres, el Príncipe del Rostro, que además de fungir como Escriba del Cielo se encarga de guardarlos en celestiales anaqueles luego de adelgazarlos mágicamente para qué no ocupen tanto espacio. Fantasía ilustrativa que sin duda alguna le sirvió a Jorge Luis Borges –quizás a través de su estimado mentor judío, Rafael Cansinos Assens – para imaginar que el Paraíso es una biblioteca.

No obstante y a pesar de lo anterior, no puede afirmarse que los judíos seamos librolatras, es decir adoradores de libros por ser libros en sí mismos. De hecho ni siquiera a la Toráh se le atribuye culto alguno salvo una reverencia muy especial por ser la “Carta” que nuestro Padre Celestial nos escribió, pero que corre el riesgo de volverse letra muerta si no aceptamos a su Autor y hacemos lo que ahí está escrito y lo vivimos conforme al espíritu de su Sagrada Tradición.

Hay un engaño sociocultural muy extendido que pondera al libro casi en su sustancia misma olvidando que lo importante en ellos no es el volumen en sí sino las ideas que estos pueden o no llegar a contener. Y ésta aseveración no carece de pruebas: los libros han sido sin duda alguna uno de los elementos culturales más atractivos e influyentes de la humanidad durante siglos: han servido para trasmitir ideas, para exponer filosofías, para dejar testimonios, para expresar la belleza y en general para dejar constancia del conocimiento.

Como sea, esa ausencia de total confianza hacia el libro por el libro mismo no nace de una adversidad infundada, tiene un prontuario bien arraigado en la historia del judaísmo que se remonta hacia todas las ideas antisemitas o judeofóbicas que una vez desarrolladas oralmente en la cultura popular quedan fijas cuando se imprimen y pasan a morar en un bello objeto que bien podría haber servido para la paz y la conciliación y sin embrago fue empleado para el odio aniquilador.

En este breve escrito me he propuesto hacer un listado infame en orden cronológico de algunas de estas “joyas” del rencor y la mediocridad, en la que se puede encontrar los siguientes tomos que aquí mencionaré y que ilustran, a mi modo de ver, como la supuesta racionalidad humana pierde los estribos cuando intenta defender el fanatismo ontológico del odio concentrado.

Empecemos por un libro famosísimo, el Nuevo Testamento, esa supuesta segunda parte de la “Biblia” hebrea que para edulcorarlo con palabras hebreas diversas sectas “judaizantes” lo han llamado Keter, Brit jadashá o Brit jadash, Tzofén Maljutí y demás títulos que no hacen sino empañar a un más lo que ya es en sí mismo turbio. ¿Y por qué inicio por ésta “Sagrada Escritura”? Por una sencilla razón: gracias al Nuevo Testamento fue que se comenzaron a proliferar cientos sino miles de panfletos y libros contra los judíos a lo largo de los siglos subsiguientes a su redacción. Con anterioridad a él se contaba con citas y fragmentos tendenciosos en el mundo griego y romano, pero no se contaba con doctrinas elaboradas con el único fin de dar fin al pueblo de Israel que es como se hace teológicamente en el Nuevo Testamento.

¿Cómo no incluirlo si muchos libros judeofóbicos aún citan sus pasajes para legitimar la matanza de judíos? ¿Cómo no incluirlo cuando ahí se acuña la expresión “Sinagoga de Satanás” para deslegitimar nuestros centros de encuentro comunitario? ¿Se necesitan más ejemplos? Daré un par de ejemplos más.

En uno de sus libros canónicos, el evangelio de Juan (8:43), se atribuyen las siguientes palabras al fundador de su fe: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, pues es mentiroso y padre de mentira”. Y por el versículo 47 del mismo capítulo se sabe que se está refiriendo a judíos, no de arameos, romanos, o babilonios. Más adelante en las llamadas “Cartas Paulinas”, Pablo, el apóstol entrometido, asegura en 1 Tesalonicenses 2:14: “Vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea, pues habéis padecido de los de vuestra propia nación las mismas cosas que ellas padecieron de los judíos. Estos mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron; no agradan a Dios y se oponen a todos los hombres” En esos pasajes ya se cifran gran parte de las acusaciones que durante siglos se nos imputaran hasta la sangre, hasta la masacre, el progrom y la persecución. ¿Quién puede defender éste libro de no ser judeofóbico hasta la médula?

A partir del Nuevo Testamento se generarían en el mundo cristiano una gran cantidad de literatura judeofóbica entre las que se destaca el Dialogo con Trifón de Justino “Mártir”, en el que Trifon parece una referencia a Rabí Tarfón, y en donde se expone sin más que las desgracias que sufrieron los judíos las merecían por ser el resultado del castigo divino al no haber aceptado al supuesto Mesías que proclamaban, siendo la base conceptual y práctica de la posterior teología del reemplazo, ese terrible ideario que se arraigó cultural e ideológicamente en la cristiandad y que repercutió sin duda alguna en la gestación de la judeofobia a nivel mundial y que sigue rondando como supuesto argumento aun hoy en día en las mal llamadas “redes sociales”.

Luego el mal de esta ignorancia se reproduciría como un virus y entre el año 200 y el siglo IV pulularon varios libros nefastos que coincidían en llevar el título general de Adversus Judaeos; así pues Tertuliano, Hipólito de Roma, Cipriano, Novatio, Diodoro de Tarso, Jacob de Seruah, Maximinio Ceáreo de Artes y el último vocero de la patrística occidental, Isidoro de Sevilla, escribieron sus respectivos tomos en el que de manera repetida, taimada y bellaca, sus sagradas plumas exponían su odio fundado en su amor cristiano.

Luego vendría el largo tiempo de las Bulas Papales de estirpe judeofóbica: Etsi non displiceat de 1205 a cargo de Inocencio III; In generali concilio de 1218, de Honorio III, dónde se exigía una vestimenta diferente a los judíos; Si Vera Sunt, de 1239, de Gregorio IX, que hostiga a la quema de libros judíos; Vineam Soret, de 1278, por Nicolás III en el que se ordena que se le predique a los judíos; Sancta mater ecclesia, de 1584, por Gregorio XIII, en la que se exige que en Shabat 100 hombres y 50 mujeres escucharan sermones en la iglesia; Cum nimis absurdum, de 1555 por Pablo IV, en el que se limita actividades y prohibía el contacto con cristianos; Hebraerum gens, de 1569 por Pío V, dónde se acusa a los judíos de hacer magia y otros males, además de ordenar su expulsión de los dominios papales; Vices eius nos, de 1577, por Gregorio XIII, dónde pide que no hayan más delegaciones judías en Roma.

Despues vendrían textos redactados por fuera de la iglesia, pero que seguían de cerca su doctrina esencial sobre el judaísmo, pero esta vez basados en leyendas populares y en los cuentos europeos de la época y no en la teología enfermiza. Así pues aparecen libros como Pugio Dei (La daga de Dios) de Raymond Martini, el mayor polemista, que atacó en época de Jaime I de Aragón al Talmud; Sobre los judíos y sus mentiras, de Martín Lutero (1543), libro que afirma, entre otras linduras que prefiguran a Hitler, que los judíos “son el Anticristo. Es más difícil convertirlos a ellos que al mismo Satán”; El Judío de Malta, de Cristopher Marlowe (1589), libro notorio ya que después de 3 siglos desde la expulsión hecha en 1290 por el rey Eduardo I en Inglaterra hasta su admisión hecha en 1240 se hizo burla de los judíos, siendo un ejemplo de lo que Daniel Pereknik denomina judeofobia de tipo permanente.

El mundo de los grandes intelectuales no fue ajeno a este ideario de prejuicio. Francisco de Quevedo, por ejemplo, en 1633 escribiría Execración por la fé católica contra la blasfema obstinación de los judío que hablan portugués y en Madríd fijaron carteles sacrílegos y heréticos, aconsejando el remedio que ataje lo que, sucediendo, en este mundo con todos los tormentos aún no se puede empezar a castigar, libro de largo título en el que tan insigne literato solicita, en medio de un odio visceral, un ataque directo a todo los elementos que él consideraba judíos como por ejemplo, “su oro por su escoria”, “su plata hediondez”, “su caudal peste”; justificándose en que, según él, “los judíos hacen lo que satanás le hizo a Cristo” y que además de malos, son “cada día peores”, y con todo eso Quevedo tiene tiempo para preocuparse y solicitar que no lo plagien, y de paso ofende a Luis de Góngora por su nariz judaica. ¡Y un genio de la literartura según dicen! Yo desde que supe que escribió semejante barbaridad no lo leo aunque me paguen, así como tampoco me compraría un automóvil Ford ni escucho a Wagner por más que lo recomiende Daniel Baremboim.

Luego aparecen libros que pretenden ser especializados en temas judaicos y se atribuyen supuestos descubrimientos a partir de dudosas investigaciones. Endecktes Judemthum (El judaísmo desenmascarado) de 1699, es un ejemplo de ello, libro en el que Johannes Eisenmenger asegura que estudió 20 años en una Yeshivá para aprender el Talmud y odiarlo; libro que será copiado, imitado y reeditado muchas veces y cuyas citas fraguadas y pesimamente traducidas se emplearón con fines claramente acusatorios por los judeófobos. Otro libro de éste estilo es L’Esprit du Judaisme (1770) de Paul D’Hollbach, obra en que se sostiene que el judaísmo es malo por naturaleza y presenta a Moisés como trasmisor de misantropía y parasitismo y al “Dios judío” como un sanguinario que promueve el genocidio, a los patriarcas como lascivos y mentirosos y a los profetas como fanáticos, al mesianismo como una locura colectiva y los judíos en general como un problema vil.

Cuando políticamente los judíos comienzan a encontrar una relativa aceptación en el mundo europeo y cristiano en el que vivían los libros escritos por antisemitas de profesión van a presentar a todo el judaísmo como una amenaza colectiva. Así aparecen obras como Nuestra Masa, de K.A Sesse (1815), un drama popular que ataca a la emancipación judía de Alemania. Die Jdenfrage (1843) de Bruno Bauer, obra en la que se ataca al “espíritu nacional judío” y entre otras cosas explica que el sufrimiento es causa de su exclusivismo, que al rechazar al cristianismo se negaron al progreso y al universalismo y que –según su palabras- son una religión estéril y que pronto desaparecerá. Los judíos, reyes de la época, de Alphonse Toussenel (1845), una obra en dos volúmenes, inspiró a la judeofobia rural conservadora que eventualmente devino en un movimiento de corte político; aquí el término judío es sinónimo de banquero y usurero, y por ellos aprueba las persecuciones. Hay que aclarar que también odiaba a los protestantes, pero nunca dijo que había que perseguirlos.

Después, y a medida que el mundo se iba empequeñeciendo gracias a los viajes y la dinámica mercantil aparecerán libros de corte conspirativo. Uno memorable por su autor fue La judería en la música (1850) de Richard Wagner, obra en la que segura que el odio y el reproche al judío es instintivo. Menos mal, como diría siglos después el ya mencionado Daniel Baremboim Wagner fue mejor músico que judeofóbo. Después aparecerían libros como La conspiración Judía contra España, de Robles Degano, dónde acusa a los judíos de cosmopolitas, demócratas y librepensadores. Journal d’un poéte (1856) de Alfred Vigny, libro en el que acusa a los judíos de ser superinteligentes, y de recibir premios en el estudio y de este modo usurpar a los franceses de dichas oportunidades. Lo que me recuerda esa extraña lógica de “si él no fuera el primero, yo lo seria”. Luego vendrían libros como El judío Talmúdico (1871) de Autust Rohling, profesor de la Universidad alemana de Praga, libro que es un refrito del texto de Johannes Eisenmenger, anteriormente mencionado, pero que cabe anotar influyó mucho a un tal Franz Holubek para organizar ataques judeofóbicos en Viena. Lo interesante es que en su época se demostró que Rohling no era ningún experto y que era incapaz de traducir una porción del Talmud. Lo triste es que este hecho no se recuerda pero los sofismas de su libro sí. Y así pasa con muchos otros que dicen citar al Talmud y no saben ni diferenciar entre un seder o masejet.

Por esos mismo años, hacia finales del siglo XIX, reaparecen temas de vieja estirpe antisemita expuesto en libros como Le mystere du sang chez les juifs de tous les temps de H. Desportes (1859), obra que pretendía demostrar los libelos de sangre, esa acusación medieval que afirma que los judíos bebemos sangre en Pesaj, como algo real y surge –que casualidad- en una época en que éste tema era revivido por toda Europa. El Talmud in der Theorie und Praxis de Konstantin C. Pawlikowski (1866), que copia las mismas supuestas citas de los libros predecesores. El discurso del Rabino de Hermann Goedsche (1869) una obra alemana primera entre los títulos conspirativos que contribuirían a la gestación del texto más famoso y pernicioso: Los Protocolos de los Sabios de Sión, espeluznante libro que trataré luego de manera independiente. El judío, el judaísmo y la judaización de los pueblos cristianos (1869) de Gougenot de Mousseaux, obra francesa que sigue la misma línea argumental de los anteriores. La Venida de los Judíos, (1881) de Fray Ángel Tineo de Heredia, un alegato contra la llegada de Judíos a España. Hace del término “liberal” equivalente al de judío y opuesto a la tradición, justifica los progromos de Rusia a los que considera una actividad contra-revolucionaria. Y no me puedo olvidar de La victoria del judaísmo sobre el Germanismo considerada desde un punto de vista no-religioso de Wilhelm Marr (1879), libro del autor que acuñó el término antisemitismo y en el que advertía del peligro que representaban los judíos en Alemania y como su asimilación a la cultura local constituía un peligro más patente que su religiosidad, para lo cual exponía y diseñaba el modo como los alemanes deberían desearse de ellos sin que se apelara a la religión.

Se destacan además, en esta lista de la infamia literaria, libros como La Prueba (1883) de Emilia pardo Bazán, un alegato racista contra los judíos. La Sinagoga y la Iglesia. Los judíos, su doctrina, asesinatos, tradiciones y demás crímenes del Francés M.L. Rupert, obra publicada en fascículos en la revista La Cruz de España; obra en la que defiende la reimplantación de la inquisición y ataca a los católicos sin interés por la judeofobia y los considerándolos laxos y prácticamente traicioneros a la causa cristiana. Las Columnas del César (1890) de Ignatius Donnelly, una novela donde relata como los judíos se toman el poder de los E.E.U.U para vengar los padecimientos sufridos durante siglos. España Judía (1891) de Pelegrín Casabó y Pagés, un católico ultraconservador que pedía que volviera la inquisición. Como acotación interesante Caro Baroja dijo al respecto del autor que es un “oscurísimo y poco hábil escritor”.

Finalizando el siglo XIX, aparecerían títulos que una vez más emplearían el sofisma de la riqueza judía para justificar su odio; así libros como La Bolsa de Julián Martel (1891), en el que se acusa a los judíos de causar la crisis financiera y de la clausura de la Bolsa de comercio; cabe anotar que el texto fue de lectura obligatoria en las escuelas, a pesar de los pocos judíos que había en Argentina en esos años. La última Posición del Pueblo Ario contra el Judaísmo (1892), de Hermann Ahlwardt, autor que decidió volverse judeófobo más por negocio que por una real convicción.

El siglo XX trajo a su vez, y gracias al interés por la evolución y temas naturalistas, nuevos conceptos y términos que podrían aplicarse con fines judeófobos, en especial apelando a sofismas economicistas y al esencialismo maligno adjudicado a los judíos en particular y en general. Ejemplo de ello es El Paso de la Gran Raza de Madison Grant (1916), donde se acusa a los judíos de volver mestiza a la población judía, como si todos y cada uno de los judíos obligaran a la gente a cruzarse entre sí. Se puede mencionar también El Kahal y Oro (1935) dos obras de Hugo Wast, un seudónimo de Martínez Zuviria, director de la Biblioteca Nacional, un germanófilo nacionalista que después fue ministro de educación en Argentina. Pasando por varios años del siglo XX, y omitiendo a muchos libros populares de judeofobia, paso a mencionar el Plan Andinia (1971) una patraña difundida por el profesor de Economía de la Universidad de Buenos Aires, Walter Bereraggi Allende, dónde afirma el complot de un rabino de Nueva York para desmembrar la Patagonia de Argentina y así crear otro Estado judío (hay una versión de este plan en Costa Rica, el Plan Sefardia, que se supone es un estado Socialista e Indigenista promovido por el Sionismo mundial).

Podría añadir más títulos y lo voy a hacer aunque no tenga mucho sentido, salvo el de ayudar a evidenciar como la ignorancia, el odio y el fanatismo pueden desquiciar personas que tristemente no emplearon su inteligencia para mejores cosas. Sigo pues con el listado de la infamia: El libro del Kahal, de Jacob Branfman, otra obra, para variar, conspirativa. Partes de este libro fueron incluidas en el libro En el Cementerio Judío de Praga de Biarritz de Goedsche, dónde se refiere a una reunión secreta y nocturna durante la fiesta de los Tabernáculos en las que delegados de las Doce Tribus de Israel planean una vez por siglo la toma del planeta. En 2010 algo de esta narrativa fue aprovechada por el escritor Italiano Umberto Eco en su libro El cementerio de Praga. Y viene ahora La conquista del mundo por los judíos de “Milinger”, alias Osman-Bey, en esta obra acusa a la Aliance Israélite Universelle de ser una Institución antigua de los Judíos, si bien todo demuestra que fue fundada en Francia en 1860, y los acusa como contrarios a todo tipo de nacionalismo. Quince años después el libro contaba con 7 ediciones. Judaísmo sin adornos, de Trofim Kychko (1963), publicado por la academia Ucraniana de Ciencia: es una diatriba contra el Sionismo. Desenmascarando el mito del Holocausto (1964) del francés Paul Rassinier, es una recopilación de escritos en los que básicamente asegura que el genocidio fue propaganda stalinista. ¡Cuidado, Sionismo! de Iury Ivanov (1969), la prensa soviética la consideró como una obra seria y fundamental sobre el tema.

Uf, respiremos porque esto sigue ya que en el siglo XX, como dice el tango “Cambalache”: “Todo es igual nada es mejor lo mismo un burro que un gran profesor”. Así pues continuo con Mi Patria Palestina. El sionismo, enemigo del pueblo (Alemania, 1975) de Ahmed Hussein, en resumen y diciendo lo mismo pero con otro lenguaje: el sionismo promueve la judeofobia para que se vayan a Israel. La Inflación Argentina (1975) del ya mencionado Walter Bereraggi Allende, en cuya tapa aparece crucificada argentina con una estrella de David por un judío estereotipado. La Guerra de Hitler, de David Irving (1977) un neonazi que aseguraba que Hitler nunca supo que los judíos estaban siendo asesinados en Europa. Sobre el uso de sangre cristiana por sectas judías con propósitos religiosas (1876) de H. Lutostansky, que tuvo varias ediciones (Rusia) y que por cuyo título ya sabrán que revive. La cuestión judía (1873) de Dostoiesky, obra cuya acusación es típica: los judíos un gran problema internacional. (Nota: con Dostoiesky a pesar de su judeofobia no puedo prometer lo mismo que con Ford, Wagner y Quebedo).

Y sigue, ¿hasta dónde se preguntarán? Hasta que se me acaben las referencias. Francia Judía de Edouard Drumunt (1886), donde se pretendía demostrar que Francia estaba dominada por los judíos, este libro alcanzó en poco tiempo centenares de ediciones. Su autor fue el fundador de la llamada Liga Antisemita en 1889. Al día de hoy los que dominan son otros y nadie les dice nada. Los Fundamentos del siglo XIX de Huston Chamberlain (1899), fue quien propuso la tesis ario-semita, según la cual los arios a través del rey persa Ciro cometieron un error al salvar a los judíos permitiendo de esta manera prolongara su estirpe y provocando así la maldición al mundo cristiano. El Auto-odio judío de Theodor Lessing, (1930) quien convertido al cristianismo ofreció sus servicios a los nazis en Austria. En esta obra defiende la tesis de una culpa metafísica del judío. Para que vean que no todos los judíos somos inteligentes, que es un mito. Argentina judía de Horacio Calderón, obra en la que menciona a los pocos judíos que estaban por entonces en cargos públicos y sobre esa ínfima base numérica asegura que ellos son los que dominan el país. El Talmud desenmascarado, de J. Pranatis, libresco que se publicó mucho en Rusia y tiene sus versiones españolas con nombres de otros autores. La que tengo yo la uso como matamoscas. La Matzá de Sión (1983) cuyo autor Mustafá Tlas fue ministro de defensa de Siria en 2001, libro en el que vuelve al libelo de sangre y que el delegado sirio recomendó a la comisión de Derechos Humano de la ONU, esa institución internacional que se encarga de enredarlo todo. Negando el Holocausto, de Deborah Lipstadt (1993), obra fundamental para entender el Negacionismo del Holocausto y que abrirá el camino para que textos semejantes pululen para contaminarlo todo.

¿Cuántos libros mencioné? Ni se ni me interesa, ya con escribir sobre ellos me basta, ya con mencionar sus molestos nombres me es suficiente. Por lo tanto “Day”. Todos basura, papel perdido y tinta mal gastada, pruebas directas de que un libro no es bueno por ser libro, y lo digo yo que tengo mi biblioteca repartida en tres casas: en la mía, en la de mis suegros, en la de mis padres y en el apartamento de una tía. Libros pangermanistas, ultranacionalista, comunistas, contra el Talmud, contra el judío estereotípico, contra el dinero “judío”, contra todo lo que sea judío en fin. Pero eso sí todas contra esa falsa imagen que tienen del judío, o mejor dicho con la imagen que se han formado deformando al judío real, que en últimas es al que han matado, perseguido, torturado, vilipendiado. El gran común denominador de todas esas obras (palabra que les queda grande a ese amasijo de hojas) es que en todas existe una plena ignorancia del judaísmo en todos sus sentidos, pues se basan en una nula experiencia con las fuentes y las personas.

¿Creen que todas esas ideas acumuladas en semejantes adefesios no penetró, no se instaló, no se asentó en miles de mentes incautas que buscaban justificar sus derrotas y sus fracasos culpando a alguien más en lugar de corregir sus propios caminos? ¿Creen que eso no ha influenciado psicológica y culturalmente a un odio contra el Estado de Israel? Pues claro, les fregó la inteligencia, les decapitó el cerebro. Como afirma un dicho jasídico muy popular: “la piedra que tira un tonto no la levantan cien sabios”. Y lo peor es que miles de piedras han lanzado los tontos y no hay sabios suficientes para intentar alzarlas. Sin embargo espero estar equivocado.

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Shaul Ben Abraham

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Yehuda Ribco

cuando el instrumento de vida se usa para la muerte, que terrible!
muchas gracias por tan extenso, sapiente y necesario trabajo!
para difundir y compartir!

Jonathan Ortiz

Hay libros que ni siquiera sirven de adorno, pero deben estar ahí como una muestra de lo bajo que el ser humano puede caer en su afán de darle peso a sus teorias.

gracias por el texto, gran trabajo.

julioaqui

De muy joven tuve la oportunidad de recibir un consejo del padre de mi mejor amigo, observa, analiza, no prejuzgues, leé mucho y asimila todo y vive lo más libre de cualquier influencia que puedas, a casi todo hice caso, solo no me pude resistir a ser influenciado por esa hermosa familia judía !
Saludos Sahul Ben Abraham, saludos querido Moré

Yehuda Ribco

lindo consejo. es bueno tener gente amiga que sabe y conoce y da una mano. saludos julio!

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