En el corazón de nuestras acciones y emociones se encuentran nuestras neuronas espejo, pequeñas estructuras en nuestro cerebro que parecen actuar como «espejos» de lo que vemos en los demás. Estas células no solo responden al movimiento físico de otras personas, sino también a sus emociones y estados internos. En otras palabras, cuando vemos una sonrisa o un gesto amable, nuestra propia mente tiende a «imitarlo», activando respuestas similares dentro de nosotros.
Desde un punto de vista científico, las neuronas espejo nos ayudan a comprender mejor cómo somos seres sociales que reaccionamos directamente a las emociones de quienes nos rodean. Esto tiene implicaciones profundas sobre cómo podemos construir relaciones saludables y promover un ambiente positivo. Si observamos conductas constructivas y amorosas, tendemos a replicarlas inconscientemente; pero si estamos rodeados de negatividad, corremos el riesgo de internalizarlo.
Desde una perspectiva psicológica, esto significa que nuestras interacciones diarias pueden tener un impacto mucho mayor del que imaginamos. Cada sonrisa compartida, cada palabra amable o acción solidaria puede crear ondas de bienestar que trascienden más allá de la persona involucrada. De hecho, estudios demuestran que el simple acto de practicar la gratitud o mostrar empatía puede elevar el nivel de felicidad tanto en quienes lo hacen como en quienes lo reciben.
Pero, ¿qué nos dice esto desde el punto de vista del judaísmo? El judaísmo siempre ha puesto un gran énfasis en el valor de la bondad, la amistad y el cuidado mutuo. Frases como «Amar al prójimo como a uno mismo» (Levítico 19:18) o «Quien salva una vida salva al mundo entero» (Mishná Sanhedrin 4:5) reflejan este principio fundamental. Desde esta perspectiva, nuestras neuronas espejo no son simplemente herramientas biológicas, sino también un recordatorio divino de nuestra capacidad para influir positivamente en los demás.
Si nuestras neuronas están diseñadas para imitar las emociones y acciones de quienes nos rodean, entonces tenemos una responsabilidad ética de asegurarnos de que nuestras interacciones sean inspiradoras y llenas de luz. Desde un punto de vista espiritual, podemos ver esto como una oportunidad para vivir de acuerdo con los principios de jesed (bondad) y midot tovot (buenas cualidades), donde nuestras acciones no solo benefician a los demás, sino que también nutren nuestra propia espiritualidad.
Por lo tanto, adoptar un enfoque positivo no solo mejora nuestra salud mental y física, sino que también fortalece nuestras comunidades y nos conecta con algo más grande que nosotros mismos. Al practicar la empatía, la paciencia y la bondad, no solo estamos haciendo un favor a los demás, sino también sembrando la semilla del bienestar en nuestro propio cerebro y corazón.
Recuerda que somos seres interconectados cuyas acciones tienen un poder transformador. A través de una conducta positiva y amorosa, podemos no solo mejorar nuestras propias vidas, sino también contribuir a un mundo más humano y significativo. Así como las enseñanzas del judaísmo siempre han enfatizado el valor del bien común, la ciencia moderna confirma que nuestra conexión con los demás es esencial para nuestra felicidad y crecimiento personal.
Por lo tanto, dejemos que nuestras neuronas espejo se sintonicen con las reglas sagradas que deberían guiar nuestras acciones hacia un futuro más luminoso, donde el positivismo saludable (no el tóxico) sea una fuerza poderosa que une a las personas y celebra la humanidad en todas sus formas.
Comparte este mensaje con tus allegados y anímalos a reflexionar sobre estos importantes temas. Involúcrate en iniciativas que promuevan la construcción de Shalom.
Sigue participan de este sitio sagrado, serjudio.com, y de nuestro canal https://www.youtube.com/@YehudaRibco.

https://youtube.com/yehudaribco